José Antonio 1971: arrebatar banderas (II)

 

Ricardo de la Cierva

El Alcázar, 30 de noviembre de 1971

 


Muchas de las lecciones inéditas de José Antonio Primo de Rivera para el futuro de España -de esta. España, la nuestra, la que depende de nosotros- resultan definitivamente sugestivas para la juventud de hoy; al exponerlas y al vivirlas penetraba él de tal forma en la entraña de su tiempo y en la entraña de las cosas que, a través de las décadas, esas lecciones siguen para nosotros impregnadas de modernidad. Así, la que puede ser sexta lección en medio de esta síntesis: José Antonio, como introductor de la autocrítica en medio de la turbia e hinchada política española de su tiempo. En aquella España se contaban con los dedos los marxistas dotados de un conocimiento profundo de las obras de Marx -más o menos, como sucede hoy-, Y sólo dos o tres profesores más o menos descartados de la política activa -como hoy- eran capaces en 1935, dentro de las filas marxistas, de exponer teóricamente las aportaciones específicas de Federico Engels después del acto de la Salle Petrelle. Seria, por tanto, inútil exigir al equipo de semianalfabetos que dirigía el partido comunista de España en los años 30 una somera idea de lo que suponía la autocrítica dentro de la metodología marxista, aderezada por los agentes de la Komintern ad usum nostrorum tantum; para Pepe Díaz y compañeros, la autocrítica se identificaba con la triste palmodia que casi todos elos -Dolores Ibarruri incluída- debieron entonar a partir de la depuración del "grupo sectario", ordenada tras 1932 por Moscú, a través de Thorez y Togliatti. No fueron, pues los marxistas quiénes introdujeron el sentido autocrítico en la política española; porque el clima de guerra civil interna, alimentado diariamente por los socialistas desde la primera defenestración de Julián Besteiro en el verano de 1933, sonaba a desgarro y a suicidio, no a crítica constructiva interna. Para un observador atento e nuestros años 30, el sentido y la profundidad autocrítica de la mas pura ley nacen en las intervenciones parlamentarias de José Antonio Primo de Rivera en el invierno de 1935. Sus invectivas sobre el "straperlo" y a propósito de la denuncia Nombela -aquellas palabras, vivas aún, del 8 de diciembre- son claro ejemplo de autocrítica en su más puro y noble significado, porque se dirigen contra la degeneración de un sistema y de un régimen, pero estrictamente desde dentro, desde el corazón de España, desde el mismo centro de la responsabilidad política nacional. Aire parecido conservan todavía las comunicaciones entrecortadas carentes casi siempre de información básica, que se filtraban desde la Modelo de Madrid o desde la prisión provincial de Alicante, y hasta los recuerdos y testimonios incompletos que nos han llegado de las reuniones de trabajo de José Antonio con sus colaboradores inmediatos. Hay en José Antonio, visto ya con plena perspectiva histórica, posibilidad de desenfoques, de errores, de apasionamientos; pero lo que resulta inconcebible para su figura es imaginarle desahogando sus frustraciones personales y políticas por medio de artículos publicados en "Les Temps", que era, como saben mis lectores, el inmediato antecedente de ese monstruo sagrado de la objetividad europea que se titula hoy "Le Monde".

La Iglesia de España, antes, en y después de la guerra civil, no comprendió a José Antonio Primo de Rivera. Un ilustre político español, que hoy ha cambiado de título nobiliario, justificó su violento abandono de la Falange por el carácter católico marginal -es un decir- del movimiento: pero si compulsamos ahora la doctrina joseantoniana sobre las relaciones Iglesia-Estado, con la situación en que, al menos hasta el próximo viraje de la Historia alimentan determinados sectores influyentes de la Iglesia, deberíamos considerar a esa doctrina como la profecía de un precursor. Cuando el Cardenal Don Pedro Segura -ese colosal celtíbero que sigue esperando todavía a su Pío Baroja o por lo menos a su Valle-Inclán partícular- se oponía a que el nombre de José Antonio presidiese uno de los muros de su catedral sevillana ignoraba, en su santo celo, dos cosas importantes: primera, que él había podido regresar a una sede española, aunque no fuese la suya, en gran parte gracias a José Antonio; y segunda, que al negarse a inscribir el nombre de José Antonio en el muro sagrado y recobrado no hacía otra cosa que aplicar la más pura doctrina joseantoniana. No es raro que coincidan a cabezazos contra los muros seculares, diciendo en el fondo todos lo mismo, los grandes hombres de esta España, los grande hombres de esta España insólita. Alguien recordó algo con motivo de la última Asamblea conjunta, virgen aún para el comentario histórico, ya que no para el triunfalismo pseudocanónico: pero nadie dijo entonces que alguna serie de apresuradas conclusiones merecían -no todas, claro- música de "Cara al Sol". Con la diferencia de que el "Cara al Sol" se compuso y se entonó a tiempo.

Hay una fantástica frase de José Antonio que preside, desde un enorme marco, la mesa de juntas en esta etapa de Editora Nacional; una frase que se pronunció en las Cortes Españolas a principios del año 1935 y que consta en el Diario de Sesiones por si alguno de mis lectores sigue sin creérsela. Es la lección inédita número ocho de este incompleto cómputo y que supone otro gesto precursor. Nada menos que una anticipación genial del peligro canceroso de la burocracia en el Estado moderno; un peligro enunciado en frase ágil, modernísima, a la que no puede hacerse mayor honor que la simple transcripción sin comentarios:

"Las normas aplicables a los funcionarios puntillosos no son siempre aplicables a los elefantes".

Aquel hombre de España que declaró su incapacidad absoluta para caudillo fascista por la conciencia íntima y jubilosa de su sentido del humor nos dejó una lección perenne -la novena- en su capacidad de reacción positiva y de corrección de rumbo en cuanto tomaba conciencia de sus defectos y de sus errores. Baste recordar la reacción de José Antonio al recibir, tras regresar de una cacería aristocrática, la noticia de su promártir Matías Montero; baste evocar aquella noche de verano entre los riscos de Gredos, en el momento cumbre de la historia de la Falange, en el instante histórico en que la Falange, sin saberlo nadie, ni siquiera José Antonio, se configuraba como movimiento nacional en el sentido que estas palabras tuvieron después del verano siguiente. José Antonio, cuya vida sentimental acababa de de sufrir, en el salón del parador creado por Alfonso XIII, el golpe mas rudo de su vida, cruzó como una sombra por aquella noche detrás de las águilas -no es metáfora- y amaneció con una profundidad nueva en medio de su vacío personal. Al día siguiente, la Falange se incorporaba a la gran conspiración contra un Frente Popular que renacía casi a la vez en otro frío, pero no de monte, sino de llanura y estepa; no de España, sino del extraño escenario donde se reunía el séptimo congreso de una organización internacional para la que España no era mas que un simple e ignorado peón de intercambio estratégico.

Hay un hecho capital en la última de las grandes lecciones de José Antonio, la lección de su muerte. La mejor descripción de la muerte de José Antonio está en el libro de uno de sus enemigos, Julián Zugazagoitia. La más profunda nostalgia por las posibilidades políticas de José Antonio a la República está dispersa en los prólogos de uno de sus enemigos, don Félix Gordon Ordás, jefe de uno de los gobiernos republicanos en el exilio. Cuando Rafael Borrás Betriú quiere cerrar su denso prólogo a su libro sobrecogedor "Los que no hicimos la guerra", elige para ello el último deseo que José Antonio formuló en esta vida.

Puede, por tanto, resumirse con cierta facilidad toda esta gama alucinante de lecciones vivas joseantonianas en una: arrebatar banderas. José Antonio no hizo otra cosa en su vida y murió abrazado a una bandera que en 1936 no era de nadie: la bandera de la reconciliación. Los españoles de la posguerra hemos vivido en la seguridad y en la incertidumbre, pero hemos caído en el lento y lamentable error de alejarnos mayoritariamente de las banderas. ¿Quién vive hoy en la paz y en el futuro anticipado de esta España distinta, a la sombra de una bandera? Parece como si una dilatada infiltración de propaganda confusa hubiese relegado las banderas al rincón de los extremismos. Es increíble como los epígonos más o menos vergonzantes del comunismo español ostentan cínicamente banderas que no son suyas: revolución, y son reaccionarios antifascismo, y son totalitarios; democracia, y son traductores serviles de la más descarada aristocracia de la historia; juventud , y son viejos inmovilistas, anclados en fórmulas cansadas. La propaganda de ese "enemigo que está dentro" solamente puede ser peligrosa ante nuestra propia inercia y nuestra propia dejadez.


Este es el resumen de la vigencia de José Antonio para todos los españoles de hoy: arrebatar banderas. Hay una inmensa excepción institucional española a esta hora de las banderas incógnitas: hay una gran institución silenciosa que sigue, como siempre, a la sombra de las banderas de siempre. Quizá por eso he podido notar en los contactos con nuestra juventud militar de hoy un enorme interés redoblado por la auténtica figura y la auténtica historia de José Antonio Primo de Rivera, el hombre que inspiró a la inmensa mayoría del Cuerpo de Oficiales en 1936- Porque de otros amigos de José Antonio merece la pena hablar menos; aunque algunas veces esos amigos, hoy en otras vías divergentes, nos ofrezcan un testimonio truncado, y quizá trucado, si bien no menos capital. Estoy pensando, concretamente, en las palabras profundas y retorcidas de Dionisio Ridruejo en el asombroso fascículo que "La Actualidad Española" acaba de dedicar a la evocación histórica de José Antonio Primo de Rivera; ese fascículo que, con sus virtudes y sus defectos, me parece la contribución más importante al conocimiento de José Antonio, después de la edición de sus obras completas. Ante Pilar Primo de Rivera, inspiradora de esa edición, dije hace hoy quince días que acepto como un honor y un reto la lejana sucesión -a través de las décadas- de Dionisio Ridruejo al frente de la Editora Nacional. De ese Dionisio, noble y errante, seguramente sin fuerzas, no sin tentaciones, para otra inflexión dolorosa; de ese amigo de José Antonio vencido otra vez por la nostalgia, empeñado una vez más en interpretar con técnicas neoclásicas el arrebato poskantiano de una sintonía incompleta.