Todavía joven

 

José Utrera Molina

Diario ABC, 20-11-1986

Se cumplen hoy cincuenta años del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera. Fue también la suya una muerte anunciada desde el preciso instante en que aceptó el riesgo de un peligroso magisterio. Pienso que este espacio de tiempo nos proporciona distancia y perspectiva suficiente para tratar de ahondar con serenidad y sosiego en la necesaria y precisa valoración de su figura.

Hay primeramente un dato a tener en cuenta. La muerte que pulveriza y abate concede en raras ocasiones, a quien señala, el privilegio de vivir en la historia con una inmarchitable juventud. Por e/ que fuera fundador de Falange Española han pasado los años sin que su imagen conociera ni la decrepitud ni la vejez.

Es cierto que este español de excepción ha sido objeto en el pasado de una glosa innumerable, pero no es menos verdadero el hecho del secuestro a que ha estado sometido al mismo tiempo, a través de visiones fragmentarias, parciales o insuficientemente instrumentadas por la inconsciencia de panegiristas exaltados, quienes, desfigurando su pensamiento, han falseado las características de su identidad, confundiendo su talante vital, atentando a la precisión y transparencia de sus ideas y principios y deformando sus categorías conceptuales, reducidas a meras invocaciones líricas o a formalidades rituales contingentes.

La vida de los hombres que han hecho historia aparece frecuentemente envuelta en circunstancias múltiples y complejas; unas son fruto del azar, ajenas por tanto a la voluntad del sujeto que las soporta, y otras son la resultante de la propia personalidad o de las modalidades de su carácter. Estimo que preferentemente las primeras se constituyeron en imponderables presididos por el destino histórico que José Antonio no eludió por una exigencia de dignidad y por un imperativo de deber estricto.

José Antonio, al margen de la doctrina que sirvió hasta su muerte, incorporó a la vida española un nuevo sentido de entender la política, concibiéndola como misión dotada de transcendencia y, fundamenta/mente, como servicio realizado con riesgo, con fatiga, con dolor y también con alegría. No padeció la servidumbre del rencor ni la intransigencia del fanatismo y no estuvo jamás alojado en la soberbia de los dogmatismos irrevocables, entre otras cosas porque supo que la realidad humana era históricamente evolutiva y que cada época tenía su afán, su exigencia y su melodía. Nunca creyó que la fuerza fuese un derecho, y frente a la pereza repetitiva antepuso el esfuerzo de la imaginación creadora.

Jamás se inclinó hacia patetismos desgarradores y a veces su ironía, sin acidez, constituía la inteligente traducción de una actitud nada solemne que estaba por encima de interpretaciones maniqueas. Era dialogante y no empecinado, rehuyó la zafiedad y ejerció una disciplina dialéctica rigurosa enfrentada a la irracionalidad del grito. Quiso servir inequívocamente un código de certezas últimas que vertebraron la firme voluntad de alterar el tejido y la urdimbre de la sociedad española, superando las viejas y lamentables fracturas del alma nacional. Enamorado de la norma, no cayó en la idolatría de considerarla un valor absoluto.

Su patriotismo fue crítico y dolorido y estuvo lleno de amor y de crudeza. Frente a los pesimismos decadentes que hablaban de desventuras irremediables, confió en los valores singulares del pueblo español, al que creía merecedor de intervención soberana en los hechos sociales. Creyó en el hombre como señor de su destino. Fiel a su tiempo, su modernidad estuvo nutrida de clasicismo. Prefería las sombras luminosas del Partenón a los resplandores sombríos del romanticismo.

Pudo ser un soñador, pero acertó con impecable rigor intelectual a concebir a España como síntesis indivisible sin desconocer su rica y fecunda pluralidad, muy distante de angosturas aldeanas. De haber vivido se hubiese opuesto a mimetismos deformadores de la verdad que sirvió. Desgraciadamente muchos copiaron de él lo que era moda y contingencia y olvidaron, por el contrario, lo que era modo y autenticidad.

Tenía José Antonio un indiscutible proyecto vital. Me resisto a creer que el afán de morir sea el síntoma más evidente de la energía del hombre. José Antonio no tuvo vocación de héroe y apetecía más la mano amiga que el laurel en la frente. He recordado en muchas ocasiones las líneas que escribió pocas horas antes de su muerte dirigidas a Rafael Sánchez Mazas: «Me impresiona -decía sentir ya el trallazo de las balas. Me horripila morir describiendo en el aire una macabra pirueta. Me hubiese gustado morir rodeado de caras conocidas, en casa y cama propia, con el rito y la ternura de la muerte tradicional" Profundamente humano, José Antonio confesaba que tenía la dosis de valor necesaria para evitar la Indignidad.

Desde la bruma azulada del tiempo, sumergido en la niebla del recuerdo, más allá de la luz y del viento, viene hoy a muchos de nosotros el ejemplo de su vida y el testimonio conmovedor de su muerte. Ahora que hay que atravesar una cordillera de silencio para redescubrir la gran verdad de su vida, ahora que vivimos un tiempo de cinismo triunfante, de simulaciones espectaculares y de cambios delirantes, donde incluso alguien ha podido escribir con injusticia y crueldad que José Antonio murió «haciendo literatura tópica", conviene recordar el último y patético deseo de que fuese la suya la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Yeso lo dijo quien murió frente a un pelotón de ejecución a los treinta y tres años, en esa edad espléndida y prometedora en la que los recuerdos aún no han derrotado la esperanza y el futuro es todo lo que se tiene por delante.