La pedagogía del esfuerzo

 

Coordinador: Eugenio Rey Veiga

 “La formación de una voluntad firme, a través de una continua
superación  del cansancio, la inercia y el desánimo”

 “…lucha consigo mismo para vencer egoísmos, mezquindades, impulsos,
y lucha con la naturaleza para que el camino, la ascensión,
el bosque, nunca llegue a vencernos”

 (Del  primer Plan de Formación de la OJE, 1964)

 

 El porqué de este tema

 Seguro que todos guardamos en nuestra memoria  recuerdos de marchas y campamentos  de nuestra infancia y juventud en la OJE. Han sido cientos, miles quizás, los momentos en que, con la mochila al hombro, nos hemos lanzado a la andadura, a la ascensión, a la aventura de la naturaleza. Y seguro que hemos tenido toda suerte de experiencias: frío o calor, sed, cansancio, obstáculos naturales, nieve, granizo… En ocasiones, hemos regresado al refugio o a la tienda de campaña calados hasta los huesos, con los pies hechos polvo o con hambre de lobos. En  otras ocasiones, en cambio, la marcha transcurrió plácidamente, sin dificultades, por terrenos sencillos y con abundantes fuentes en el camino.

Es curioso que recordamos con más ilusión las primeras que las segundas y que, en las tertulias con los camaradas, evocamos con más alegría la dificultad vencida que la placidez: cuando alguien nos ayudó con el peso del macuto y cuando compartimos una exigua cantimplora con otro tan sediento como nosotros; cuando el terreno era abrupto y la dificultad, al parecer, insalvable; cuando aquel mando ejemplar se puso al frente en un paso difícil y nos ayudó a superarlo. Entonces es cuando aprendimos.

La comodidad atrae al principio, pero termina por producir tedio. La dificultad puede asustar en el primer momento, pero constituye un  acicate y se agradece a la larga.

La marcha que todos recordamos es símil de nuestra propia vida. Fuimos educados en la exigencia y en el esfuerzo en el seno de la Organización Juvenil Española y, quizás por ello, aquí estamos, sin arrepentirnos ni dar el paso atrás ante las dificultades, las que corresponden a cada edad, a cada momento de la existencia y a cada circunstancia de la historia.

Cada generación tiene su impronta e, incluso dentro de ideas comunes, su talante ha de ser distinto por fuerza: han cambiado las sociedades y han cambiado las personas. No se trata de menospreciar o renegar del pasado ni pretender que otros lo repitan; cada uno acometerá su vida “con su paso y su luz”. Pero tampoco se debe menospreciar la experiencia de nuestros mayores, que deben ofrecerla, sin obligación de aceptación ciega. Ni “contar batallitas” ni echar en saco roto.

Por otra parte, la OJE ya es un movimiento social e intergeneracional, del que todos, cada uno en su ámbito y función, formamos parte ilusionada. Este Foro de Veteranos, celebrado en el Albergue leonés “Ángel Fernández Córdoba” es nuestra aportación al resto de la Organización, especialmente a quienes corresponde el papel de educadores: los mandos y los dirigentes. Si las conclusiones de estos días pueden ser aprovechadas en alguna medida, habremos cumplido un servicio más.

 Documentos iniciales para su estudio

 

1-     “El esfuerzo, una cuestión de actitud “, de Eugenio Rey Veiga.

2-     “Psicología del esfuerzo”, de Javier Moreno Oliver.

3-     “Esfuerzo y voluntad”, de Manuel Parra Celaya.

 

El esfuerzo, Una cuestión de actitud

 Eugenio Rey Veiga

 ¿Qué tienen en común Thomas Alva Edison, Isaac Newton, Niels Bohr, Albert Einstein, Max Planck, Heinrich Hertz, Karl Friedrich Gauss, Pierre Fermat; Miguel de Cervantes, Francisco de Quevedo, Rubén Darío, Gustavo Adolfo Bécquer, Calderón de la Barca, Ramón del Valle Inclán, Lope de Vega, Sócrates, Platón, Aristóteles, René Descartes, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Velázquez, Kepler, Copérnico, Galileo, Santiago Ramón y Cajal, Alexander Fleming, Ludwig van Beethoven, J. Sebastian Bach o Wolfgang Amadeus Mozart?

Personajes de distintos períodos históricos que destacaron por su aportación al Conocimiento. Físicos, ingenieros, astrónomos, literatos, filósofos, matemáticos, médicos, músicos….Investidos unos, de una formación e inteligencia excepcional, dotados, otros, de una curiosidad innata por avanzar un paso más, tratando en todo momento por responder a la eterna pregunta  ¿Y si?....Pero, común a todos es la perseverancia. De la satisfacción que de ella se obtiene, el escritor francés André Gide (1859-1951) señala que “el secreto de mi felicidad está en no esforzarse por el placer, sino en encontrar el placer en el esfuerzo.” Y en esta línea, que denota la vehemente convicción de su autor, el gran Beethoven (1770-1827) recomienda a cada uno “haz lo necesario para lograr el más ardiente deseo, y acabarás lográndolo”, mientras que el pensador y posterior político indio, padre de la actual Unión India, Mahatma Gandhi (1869-1948) sostenía que “la recompensa, tanto individual como colectiva se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”.

 Tú te lo mereces. Una cuestión generacional

“Los jóvenes se han tomado demasiado al pie de la letra el eslogan de L’Oréal: porque yo lo valgo. Muchos se sorprenden de que el mundo, o simplemente en su puesto de trabajo no se los considere el centro del universo”. J. Plyce-Jones, escribía en las páginas de la revista “Personnel Today” para explicar una de las principales, -quizás la principal- causa del comportamiento en el entorno profesional de una gran mayoría de la generación Y (término aplicado a los nacidos entre la década de los 80 y 90). Esta generación, también denominada “quinta de los derechos”, son los descendientes directos de su predecesora de finales de los años 60 y principios de los 70, (la conocida en el entorno anglosajón como “baby boom”) que, concluido con éxito su tránsito por la Universidad acaban de ingresar al mercado laboral.

Uno de los principales rasgos diferenciadores de la nueva promoción respecto de la de sus padres radica en ser la primera que ha adquirido una clara conciencia temprana de sí misma y sus posibilidades de futuro, y que se manifiesta de forma clara antes incluso de llegar a la adolescencia. Mientras sus padres no comenzaban a plantearse su lugar en el mundo hasta que eran adultos, estos jóvenes han sido educados en la era de la autoestima: “quiérete a ti mismo”, “cumple tus sueños” y “te mereces lo mejor” son los mensajes que habitualmente les han dirigido sus padres. Unos mensajes muy diferentes al que ellos, los hijos de la generación precedente, conocieron. Sus padres fueron los que disfrutaron del confort del hogar, del estado del bienestar y los que vivieron el cambio social de los años sesenta y la Transición en España. Son la generación que ocupa ahora los puestos de mayor responsabilidad en el mundo empresarial y que hasta la llegada de la presente crisis ha desarrollado su carrera en un marco de optimismo permanente.

En España, se catalogó rápidamente a estos jóvenes, de forma despectiva, como la generación “ni-ni”. Ni trabajaban, ni estudiaban. Una concepción que en muchos casos olvidaba un factor determinante: que la llamada generación del Milenio ha sido educada en una cultura, valores y creencias muy concretos que hoy en día se encuentran en desaparición en el entorno laboral, y que suelen conducir a la insatisfacción por no ver cumplidas las expectativas que sus padres les habían ofrecido. El gran reto para dicha generación es ser capaces de compatibilizar la alta consideración de sí mismos con la incorporación a un mercado y a una sociedad en crisis.

 Una diferencia

Una de las características que diferencia a la generación Y de sus padres, pertenecientes a la generación X, es su fórmula del éxito: mientras los segundos tuvieron que labrarse su propio camino en un contexto económico expansivo, en el que la experiencia adquirida y la reputación personal obtenida a base de tiempo y esfuerzo era su tarjeta de presentación, la llamada generación Y ha considerado que un alto salario y el respeto profesional se obtiene nada más salir de la Universidad. Es, paradójicamente, una herencia de la visión de sus padres: si en los sesenta y setenta la educación superior era la llave infalible para el éxito profesional, la masificación de la Universidad ha provocado la devaluación de la misma. Pero no sólo esto.

Una evolución tecnológica uniformemente acelerada surgida en paralelo a la globalización sistemática de la economía, -iniciada en los albores de la década de los 90- y la automatización de los procesos productivos, intensivos de capital pero reductores de masa laboral, ha originado en los últimos años inestabilidad en el mercado laboral. E inseguridad. Y aquélla ha provocado que la lealtad de la generación Y respecto a su lugar de trabajo sea mucho menor que en generaciones precedentes. Consecuentemente, ante una perspectiva errante por el mundo laboral con cambios frecuentes de empresa, en una cultura empresarial como la española, caracterizada hasta la fecha por el arraigo a causa de contratos indefinidos, y por un entorno económico razonablemente estable, la lógica dictada por una reacción de justa y legítima reciprocidad, pueda llevar a planteamientos poco proclives a la fidelidad a la empresa y sí a uno mismo, lo cual es signo evidente de individualismo.

 La sobreprotección, un mal negocio

Si hay algo que también destaque en las diferencias generacionales podría localizarse en la necesidad de asesoramiento continuo, que se encuentra en consonancia con el papel que los padres de la generación Y han desempeñado en su educación. Sobreprotegen a sus vástagos, a diferencia de lo que sus padres hicieron con ellos. Por su inveterada voluntad de retirar todos los obstáculos del camino de sus retoños a estos progenitores cabría denominarlos allanadores o desbrozadores. Esta pauta de conducta se ha visto acentuada a finales del pasado y principios del presente milenio con la intromisión de los padres –vía APA- en los asuntos escolares y/o académicos de sus pupilos, más allá de la natural preocupación por el progreso de los hijos. Esta injerencia podría explicar, en parte, la pérdida de la autoridad del personal docente, que tiene un origen político. El buenísimo autocomplaciente de la autoridad académica, generado por una visión cortoplacista de los responsables políticos favorecedores del establecimiento de posturas acomodaticias, carentes de un mínimo esfuerzo por sortear las dificultades curriculares y favorecer la promoción automática sin la base necesaria, flaco favor han prestado –y salvo excepciones, siguen prestando- a la instrucción de los futuros profesionales, también ciudadanos. Y no sólo en lo que respecta a los contenidos, sino también, y muy especialmente, en lo relativo a inculcar la satisfacción del progreso por la vía del esfuerzo y la superación personal.

Desde un plano sociológico, este celo protector podría obedecer a factores demográficos, atribuibles quizás en el  primer mundo al descenso de hijos por pareja, al margen de otros por descubrir desde una vertiente de la psicología que supuestamente provoca un mayor foco de atención en cada uno de los retoños respecto de la progenie de generaciones precedentes. Bruce Tulgan, fundador de la empresa, Rainmaker Thinking, de New Haven, EE UU, señala la paradoja que define la generación Y. “Es verdad que crecen muy rápido: a los doce años parecen comportarse como si tuviesen diecinueve. Pero por otro, parecen encontrarse amarrados a sus padres a partir de los veinte”. Es muy diferente a lo ocurrido con la generación de sus progenitores, que vivían una infancia más prolongada pero abandonaban el hogar a una edad mucho más temprana. Tulgan concluía señalando que es consecuencia de que “sus padres se propusieran crear una generación de superniños, acelerando su infancia, pero llevándolos a retrasar su madurez”.

 “Habéis sido mimados y consentidos: ninguno de vosotros es alguien especial”

“Vuestro planeta no es el centro del sistema solar, vuestro sistema solar no es el centro de la galaxia y vuestra galaxia no es el centro del universo”. En estos términos se expresaba recientemente un profesor en un discurso de graduación en un centro de bachillerato del estadounidense Estado de Massachussets. “Al contrario de lo que vuestros trofeos de fútbol y vuestro brillante certificado de notas sugieren, a pesar de lo que os diga la loca tía Sylvia, no importa cuántas veces vuestra madre haya aparecido para salvaros; no tenéis nada de especial”.

Como una llamada de atención a la generación del Milenio, sobreprotegida por sus padres y que aún no ha tomado contacto con el mundo real: “Habéis sido consentidos, mimados, adorados, protegidos y embalados en plástico de burbujas”, recordaba el profesor a su audiencia, en un mensaje que señalaba a sus progenitores como los auténticos causantes de la situación.

"La vida plena, distinta, la que merece la pena ser vivida, es un logro, no algo que caerá del cielo porque sois buenas personas o vuestros padres lo encargaron a los grandes almacenes. Os daréis cuenta de que los Padres Fundadores [de EE UU] sufrieron para garantizar vuestro inalienable derecho a la vida, la libertad, la persecución de la felicidad –qué verbo tan activo, “perseguir”–, algo que deja, quiero pensar, poco tiempo para vaguear viendo loros en monopatín en YouTube”, continuaba el preceptor.

El docente sugiere con sorna que sus antiguos alumnos tienen una percepción desmedida de su lugar en el mundo, amplificada por las redes sociales y la inmediatez de la red. “Miles de personas suspiran a cada tweet vuestro”, señalaba antes de recordar cuál debería ser su motivación. “Subid a una montaña no para plantar vuestra bandera, sino para superar el reto, respirar hondo y disfrutar la vista. Hacedlo no para que el mundo os vea, sino para ver el mundo.

El tribuno concluía recordando que debían “ejercitar el libre albedrío y el pensamiento creativo e independiente, no sólo por las satisfacciones que traerán a cada cual, sino por el bien que se hará al resto de 6.800 millones de habitantes del mundo, y a los que vendrán después”.

A modo de conclusión

Una vez más, la economía se erige como motor del cambio social. La crisis presente, no sólo en España, sino en buena parte del llamado Primer Mundo, sugiere un radical cambio de modelo, y que, a diferencia de las crisis recientes, como la de principios de los 90, la presente es más aguda, de mayor extensión y prevalencia. Porque es una crisis sistémica.

Las medidas de restricción en lo económico tendrán un fuerte impacto en lo social muy en breve, lo que sugiere que la sociedad actual será forzada a ser más austera que la de Diógenes, el cínico filósofo griego, y dejar casi en chasis al Estado del Bienestar, pero el problema de fondo, que motiva esta trilogía de trabajos desde distintos planos, seguirá ahí.

Lo que podría interpretarse como una especie de “ley de la Naturaleza”, una necesidad inserta en la lógica de las cosas, no es más que el producto de al menos dos décadas de ideas fracasadas, que, de tan cercanas, resultan familiares.

El panorama de un individualismo basado en el autoconformismo que se ha inoculado, muestra un nivel de autoexigencia al nivel del bono-basura, que cuando se redacta este trabajo, entronca desgraciadamente muy bien con las calificaciones de nuestra deuda soberana que a España otorga la agencia Moody´s. La instalación en la aparente comodidad de la autocomplacencia hasta la fecha ha cumplido generosamente su función de facilitar a la población una ideología de consumo lo suficientemente simplista como para facilitar un borreguismo generalizado. Y del que no se puede esperar más que estupidez, estulticia y decadencia.  

Muchas de las personas que han logrado grandes descubrimientos o logros no tenían un especial talento, sólo eran personas ordinarias con una extraordinaria actitud de superación por la vía del esfuerzo.

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Jamás el esfuerzo desayuda a la fortuna

Fernando de Rojas (1465-1541) Escritor español autor de La Celestina.

 
Cualquier esfuerzo resulta ligero con el hábito

Tito Livio (59 AC-64 AC) Historiador romano.

  

Psicología del esfuerzo

 Javier Moreno Oliver

 La persona eficaz sabe gestionar sus capacidades dedicando a cada objetivo el tiempo y los recursos necesarios, consiguiendo lo que se pretende.

Hay una serie de atributos personales que nadie desdeñaría: buena imagen física, inteligencia, salud, optimismo, autoestima, cultura, habilidad en las relaciones sociales, éxito en el trabajo...pero se nos olvida algo: ser eficaces, esto es, conseguir lo que nos proponemos sin recurrir a esfuerzos o medios distintos o superiores a los previstos. Entendemos por eficacia la capacidad de alcanzar objetivos, siempre que estos sean razonables y resulten coherentes con nuestra manera de ser y del contexto en que nos movemos.

¿Cuántas veces hemos pensado que nos merecemos tener un mejor trabajo, unas relaciones personales más fértiles y satisfactorias o una vida emocional más intensa o equilibrada? Pues eso es la eficacia, la capacidad de conseguir lo que se halla a nuestro alcance. Nuestra vida tiene más sentido si se articula siguiendo las coordenadas de nuestro propio proyecto, en el que se contemplan no sólo las metas, sino también los recursos con que contamos y las amenazas y oportunidades que van a entorpecer o facilitar el proceso. La habilidad de quien quiere crecer y ser eficaz parte de la identificación de los obstáculos a afrontar y de los recursos a gestionar. Suena a los rigores propios de un esquema laboral, pero previsión, cálculo y esfuerzo devienen imprescindibles en la tarea de dotar de eficacia nuestra vida.

 Eficacia y autoestima son inseparables

Ya que desarrollar la autoestima no es otra cosa que aplicar la convicción de que somos competentes para vivir. Hablamos de una competencia que no puede basarse en sensaciones y autoconvencimientos sino en la realidad y en el esfuerzo y constancia que requiere alcanzar los objetivos. La persona eficaz sabe gestionar sus capacidades dedicando a cada tarea u objetivo el tiempo y los recursos necesarios, consiguiendo lo que se pretende. El beneficio no sólo consistirá en la consecución del objetivo, sino también en el refuerzo que recibimos al asentar y potenciar la confianza en nosotros mismos. Esa base de confianza personal genera una seguridad imprescindible para la autorrealización. Desenvolvernos desde esa confianza ha de suponer que somos conscientes y responsables de nuestros actos. La conciencia tiene que ser una luz permanente en nuestra vida, pero estará guiada tanto por nuestra inteligencia "intelectual" como por la inteligencia emocional.

No podemos hablar de eficacia si no somos conscientes de lo que queremos conseguir, de qué medios vamos a emplear, de las circunstancias en que operamos, y si no sabemos anticipar las dificultades con las que nos podemos topar. Tendremos que ser conscientes de nuestro momento emocional, de nuestros recursos y del apoyo exterior con que contamos.

La inteligencia "intelectual" nos permitirá discernir entre la forma de pensar racional y la distorsionada. Los pensamientos distorsionados ocultan, ignoran o disfrazan la realidad y harán estériles nuestros esfuerzos para conseguir lo que nos proponemos. Son pensamientos distorsionados los filtrantes (se toman los detalles negativos y se magnifican), los polarizados (por maniqueos -blanco o negro-, impiden ver los matices), las generalizaciones (se extrae una conclusión general de un simple incidente), las visiones catastróficas (se espera el desastre) las personalizaciones (todo lo que la gente hace o dice es en relación a nosotros), las interpretaciones y sobreentendidos (creemos saber qué sienten y quieren los demás y por qué se comportan de la forma en que lo hacen), la culpabilidad (los demás son los responsables de nuestro sufrimiento, o al revés, nos culpamos de los problemas ajenos), los "deberías" (manejamos normas rígidas sobre cómo deberían actuar los demás e incluso nosotros mismos), el razonamiento emocional (lo que sentimos tiene que ser verdadero automáticamente), el tener siempre razón (nuestro objetivo principal es tener la razón frente a los demás), la falacia de la recompensa (esperamos "cobrar" algún día nuestro sacrificio y abnegación. El resentimiento puede ser dañino cuando se comprueba que la recompensa no llega).

Implica la atención y manejo adecuados de nuestras emociones y sentimientos. Tan importante como hacer un análisis racional de la realidad, es ser conscientes de nuestro momento personal y de los recursos emocionales que podemos desplegar para conseguir el objetivo que nos hemos propuesto.

Inteligencia y utilizar bien las propias habilidades

Hemos de parar y darnos cuenta de cuáles son los sentimientos que emergen en nosotros en relación con ese objetivo o con la circunstancia emocional en que nos encontramos, y denominarlos por su nombre aun cuando sean de rabia, vergüenza o envidia. Y reconocer que forman parte de nuestra vida y que lo terrible no es sentirlos sino quedarnos enquistados en ellos, paralizados y sin capacidad de reacción. Ser inteligentes emocionalmente exige asumir esos sentimientos y hacernos responsables de ellos, calculando en qué medida pueden interferir en nuestras respuestas; en algunos casos, bloquearán la fluidez de nuestra acción y reducirán nuestra eficacia.

Tan imprescindible como ser inteligentes es utilizar bien nuestras habilidades sociales o de comunicación, que comprenden una escucha abierta (existen opiniones diferentes a las mías), empática (sé colocarme en el lugar de la otra persona y así comprendo mejor lo que hace, dice o siente), incondicional (no utilizo etiquetas ni juicios de valor hacia mi interlocutor) y respetuosa.

Obtener logros y ser eficaces requiere, además de un correcto análisis de la realidad, de tener en cuenta quiénes somos y en qué momento personal nos encontramos, una buena dosis de esfuerzo cotidiano y constante que respete ese ritmo que hemos establecido por ser el que mejor se adapta a nuestras posibilidades reales.

Las variables

Pero no todo depende de nosotros: variables externas pueden conducirnos al fracaso o a no conseguir plenamente nuestros objetivos.

No obstante podemos terminar dando algunas orientaciones para potenciar el resultado del esfuerzo ante elquehacer cotidiano:

  •  Saber encajar el fracaso, total o parcial, y desarrollar una tolerancia optimista y positiva sobre la decepción es una parte del aprendizaje para conseguir ser más eficaces.

  • La asertividad es otra de las claves: una conducta asertiva es la que manifiesta de forma directa y sincera nuestras opiniones y deseos, se proyecta sin miedo ni ansiedad y no recurre a planteamientos punitivos o amenazantes frente a los demás.

  • Es necesario manejar positivamente nuestra agresividad, usar la crítica constructiva y buscar la resolución de los conflictos.

  • Hemos de manifestar destreza a la hora de definir las etapas de que constan las actuaciones en que nos hallamos inmersos para alcanzar nuestro objetivo. Y aplicar en cada etapa las acciones adecuadas.

  • Ser eficaces desde el punto de vista de la personalidad es optimizar, gestionar con eficiencia, nuestros recursos de cara a crecer en nuestro desarrollo personal.

  • Tiene que ver con la claridad de objetivos en la vida y con la habilidad para eliminar los obstáculos que nos impiden caminar hacia las metas que nos hemos propuesto.

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Voluntad y esfuerzo

 Manuel Parra Celaya

 El concepto de esfuerzo está íntimamente unido al de voluntad, que es una de esas palabras que han ido desapareciendo  de los manuales de educación y –lo que es peor- de la práctica. Otras palabras proscritas son “deber”, “disciplina”, “responsabilidad”, “norma”…, todas ellas  también  vinculadas  a la idea del esfuerzo. Y, en cambio, se han puesto en el candelero  “estímulo”, “motivación”, “realización”…, que no están nada mal, pero que resultan insuficientes sin las desaparecidas.

Ante cualquier reto o aventura –de la naturaleza, de la vida- bien está la motivación y los estímulos, pero nada se podría conseguir si no se dispone de la suficiente dosis de voluntad que empuje a aplicar el esfuerzo necesario para superarlos.

Da la impresión de que se nos quiere vender la imagen de que la vida humana funciona según el esquema estímulo-respuesta del comportamiento animal. El origen de esta interpretación tal vez se halle en la filosofía de J.J. Rousseau, pues a este pensador le horrorizaba, como buen prerromántico, cualquier alusión al esfuerzo disciplinado y prefería dar prioridad a la vena espontánea y al instinto. A esta influencia lejana se une la praxis de la Sociedad del Bienestar actual, que ha promovido ese carácter indolente del individuo, al que le da la impresión de que todas las tendencias espontáneas, los deseos y aspiraciones, tiene una rápida e inmediata  satisfacción, sin esfuerzo.

El filósofo y educador José Antonio Marina emplea un bonito símil náutico: “Navegar es una victoria de la voluntad sobre el determinismo”; de forma que “sobrevivir, navegar, elegir rumbo son los decisivos niveles éticos”; por ello, propone “recuperar la voluntad” para el siglo XXI; pero esta voluntad ya no se considera una facultad innata, como se creía en otras épocas, sino que requiere cuatro habilidades aprendidas: inhibir el impulso, deliberar, decidir y mantener el esfuerzo.

El procedimiento resultante implica una serie de factores que se deben trabajar desde la educación: ser capaz de control sobre uno mismo; estudiar racionalmente la situación; aplicar los elementos prácticos (estéticos, deportivos, ideales, técnicos), y desarrollar la capacidad de constancia en el esfuerzo; de este modo actúa la voluntad libre.

Es decir, la voluntad es potencial y, a través del aprendizaje, el hombre puede convertirla en acto; del ejercicio repetido se  creará el hábito y la personalidad se habrá robustecido con el ejercicio.

Es tarea del educador contribuir a formar en el esfuerzo y desarrollar la voluntad de los educandos, proporcionándoles retos que pongan en juego las cuatro habilidades mencionadas. El concurso externo del educador  -en el caso de la OJE, del mando y del dirigente-  se unirá el concurso interno y, poco a poco, el niño y el joven –el flecha, el arquero, el cadete, el guía- aprenderán a ser “navegantes”, que dice Marina, o ese “asceta de la vida” del que hablaba Max Scheller.

No está de más finalizar estas líneas introductorias con una cita de W. James, de la clásica “Formación del carácter”:

“Practica un poco de heroísmo y ascetismo sistemáticamente y con el fin de fortalecer tu voluntad. Cada día (…) haz alguna cosa sin más razón que la de que preferirías no hacerla, de manera que cuando sobrevenga la hora terrible del apuro no te encuentres sin energía y sin preparación para la prueba”.

           

Cuatro enfoques  acerca del esfuerzo

Dimensión psicológica

La persona busca la eficacia en el logro de sus objetivos vitales, pero, para ser eficaz, habrá que aplicar unos elementos indispensables, que son la constancia y el esfuerzo. Con ello se actuará no sólo de cara al objetivo exterior, que se hará más palpable y visible, sino como refuerzo interior, que acrecentará la confianza en nosotros mismos y en nuestras posibilidades, es decir, que reforzará la imprescindible autoestima. Los inevitables tropiezos y fracasos serán asumidos, incluso, con más tolerancia.

Todo este proceso vendrá guiado no solamente por los aspectos puramente intelectuales de la inteligencia humana, sino que entrarán en juego lo que se ha venido en llamar la “inteligencia emocional” –que permitirá distinguir entre realidades y distorsiones cognitivas- y la “inteligencia social”, que tenderá a desarrollar en el sujeto una conducta asertiva (equidistante de las conductas inhibida y agresiva), necesaria  para la convivencia y el trabajo en común.

Dimensión axiológica

Este proceso de búsqueda de objetivos vitales debe estar presidido por un conjunto de  valores de todo tipo: religioso o trascendente, ético, estético, social, político… que se configuran como metas últimas y razón de ser de la persona. Los objetivos estarán en función de estas metas, que actuarán a modo de horizontes a los que tendemos idealmente para irnos situando, con esfuerzo, en los diversos hitos del camino.

Sin valores o con “valores erróneos”, los objetivos serán parciales y cortos de vuelo; también, careceremos de la suficiente fuerza interior para acometer las dificultades. Corremos el riesgo de equivocarnos al elegir objetivos o detenernos en un hito parcial que se nos quede insuficiente.

Dimensión sociológica

La generación actual se ha ido desarrollando en la placidez de lo dado por las generaciones anteriores; además, ha sufrido una especie de “superprotección”, que la ha incapacitado a menudo para aplicar la dosis de esfuerzo necesario para sobrevivir en dificultades. Se considera merecedora por sí misma de todos los derechos, pero es parca a la hora de cumplir con las obligaciones.

La adolescencia  -fenómeno social a diferencia de la pubertad, que es biológico- se ha prolongado extraordinariamente en sus características en los jóvenes de esta generación, que se ven “inmaduros” en sus vidas, aunque exigen el papel de adultos que le ha venido “otorgado”.

No debe descartarse que desde el sistema político se haya propiciado este “infantilismo” real de la sociedad votante, escasamente crítica. Al proponerse objetivos mediocres se ha conseguido una sociedad juvenil mediocre.

Dimensión educativa

La Educación Formal ha caído en picado en España; no se sostiene el tópico de que “tenemos la generación mejor preparada” (por ejemplo, se puede observar en el informe PISA). El motivo es que ha tendido a facilitar, no a exigir.  El llamado “fracaso escolar” no es más que una de las evidencias de la crisis educativa, que arranca de la  Primaria, se evidencia en la Secundaria y llega hasta la Universidad, que, junto a una especialización técnica superdimensionada, ha perdido su característica esencial de “alma máter” del saber humano y de la cultura. Se ha perdido la “cultura del esfuerzo” en las aulas, con la pretensión de que ello iría en detrimento de los alumnos con más dificultades de aprendizaje. Los niveles educativos han descendido pavorosamente y de ello se hacen eco todos los ámbitos educativos no sectarios.

La Educación No Formal, por su parte, ha seguido la misma tónica. Los padres, las familias, han rehuido todo aquello que pudiera suponer un “esfuerzo” para sus hijos o cualquier forma de compromiso, eligiendo lo puramente extraescolar, para distraer los ratos de ocio. Se ha olvidado, así, la razón de ser educativa y los métodos basados precisamente en el esfuerzo de los primeros movimientos juveniles, con el escultismo a la cabeza; muchos de ellos se han convertido en caricaturas de sí mismos, en simples “guarderías” fuera de las horas escolares.

 

Desiderata  para nuestra Organización Juvenil Española

Inmersa en un mundo de grandes transformaciones históricas y sociales, la OJE no debe sucumbir a la inercia social; por propia definición, no puede prevalecer en ella la tendencia a la comodidad, a rehuir el esfuerzo como método y como resultante de una formación integral. Debe seguir proponiendo lo exigente frente a lo fácil, lo elaborado con esfuerzo y tesón frente a lo espontáneo, lo bello frente a lo ”bonito”, lo difícil frente a lo manido, lo aventurero frente a lo plácido.

Nos podría ocurrir, de lo contrario, que, tras unos primeros momentos o actividades de aceptación amable (un “más de lo mismo” de otras entidades de tiempo libre), no se obtuviera ningún eco ni se imprimiera huella alguna, sin conseguir ningún impacto educativo basado en nuestra Promesa y en nuestra Usía. El afiliado pasaría fugazmente por Hogares sin un recuerdo especial de su corta afiliación.

La negativa a desarrollar una pedagogía del esfuerzo, como se ha comprobado en otras entidades, a menudo viene dada, no por las apetencias, intereses o elección de los propios afiliados, sino por los “complejos” de los adultos, que trasladan a otras promociones de jóvenes sus obsesiones por no apartarse de “lo que se lleva”.

Partimos de la Promesa

La Promesa es un punto de partida y razón de ser de la Organización, ya que en ella se contienen las grandes afirmaciones, los ideales, los valores que justifican su existencia. No mantenerse fieles a ello supondría la desnaturalización de la OJE, es decir, apartarse de su propia naturaleza y ser “otra cosa”. La plasmación de esta Promesa en las actitudes del afiliado, su interiorización, conforma el  Estilo, y su adecuación al aquí y ahora de España es la Usía. De este modo, Promesa, Estilo y Usía son la triada axiológica connatural a la esencia de la Organización Juvenil Española, que es dinámica por ser juvenil y vivir en una sociedad humana y cambiante,  para mejorar, en lo contingente. Lo que no se altera es la  esencia.

 La formación de los educadores

La amable y bella metáfora –como tal metáfora, posiblemente exagerada- de Daniel Pato Movilla  “semisuma de Atenas y de Esparta”, para definir la formación, podría orientarnos acerca del ideal de dirigente y de mando juvenil. Es de desear que todos ellos configuren una especie de “aristocracia” y no conformarnos con que sean “uno de tantos” dentro del mundo del asociacionismo juvenil, tanto en su vida personal como en su ejercicio en nuestras actividades; personas identificadas con las ideas-fuerza de la Promesa e impregnadas del Estilo que emana de ella. Se trata de buscar la calidad antes que la cantidad y, dentro de aquella, aplicar en la formación de educadores esa pedagogía del esfuerzo en los cursos correspondientes. El mando y el dirigente deben seguir siendo el espejo en  que se mire el afiliado.

 Las actividades

Lo que dio una impronta decisiva a los grandes movimientos juveniles, con el punto de partida en el Escultismo, fue la utilización de la naturaleza para la finalidad educativa, lo que, en nuestro ámbito, se podría sintetizar en la práctica del Aire Libre y del Montañismo, cuya valoración formativa es sobradamente conocida por todos. No hace falta recordar que la vida en la naturaleza ofrece el marco ideal para la pedagogía del esfuerzo, tanto en el ámbito individual como en el trabajo en equipo, además de fomentar el ingenio.

Si partimos de la idea de que el afiliado es el sujeto activo de nuestra pedagogía y no un mero receptor pasivo, es de sumo interés que insistamos en este tipo de actividades, bien preparadas, dosificadas y adecuadas a cada grado. Las actividades de supervivencia en los grados mayores y, en general, todas aquellas que supongan una dosis de “aventura” en todas las edades, han probado ser las más adecuadas para la formación del carácter.

No por ello deben subestimarse el resto de gamas de actividad, pero siempre rehuyendo el “enfoque escolar”, de “aula”, y buscando la innovación cuando se precise y la aplicación del esfuerzo, ya sea este intelectual (Estudio y Formación), estético (Culturales) o físico (Deportivas). Con respecto a este último apartado -el “Citius, Altius, Fortius” de los Juegos Olímpicos -el espíritu deportivo podría ser muy adecuado, tanto para la propia actividad interna como para la proyección de la OJE en ámbitos escolares.

La tónica de las actividades podría ser “una exigencia exterior para conseguir una exigencia interior.

Un aspecto que no debe soslayarse es aquella actividad que precisamente se basa en el servicio a la colectividad; en este sentido, sugerimos la recuperación de las llamadas “Misiones Juveniles” allí donde se hayan olvidado, que tendrían un doble efecto educativo: de cara al afiliado que participa en ellas y hace realidad su “Vale Quien Sirve”, y de cara a otros niños y jóvenes, que percibirían a nuestra Organización en su propia esencia y razón de ser.

 Otros aspectos formativos

Ya sabemos que nuestros medios formativos son el ambiente, la actividad y la palabra. Queremos insistir con respecto al primero, ya que, también con su dosis de esfuerzo y constancia, desarrolla cualidades de orden, limpieza, aseo y belleza, y con respecto al tercero, la palabra, que quizás ha perdido protagonismo por falta de recursos, y es imprescindible en toda labor educativa para sugerir, desarrollar, hacer pensar y sintetizar.

Tanto en la Usía como en el vigente Plan Nacional de Formación aparecen interesantes sugerencias para su puesta en práctica. Estos documentos básicos corren el riesgo de quedar como mera “decoración” de estanterías, cuando su aplicación en toda España permitiría una unificación de esfuerzos y un acercamiento de “sensibilidades”.

Proponemos que se intensifique un sistema de seguimiento sistemático de objetivos del Plan de Formación, llegando incluso a un diseño de evaluación mensurable desde la Secretaría Nacional de Formación. Supondría un nuevo requerimiento de esfuerzo y exigencia para todos.

 Difusión exterior y marketing

Es necesario uniformar la información de nuestra Organización en las redes sociales, en la línea que  -según nos informan- se está llevando a cabo desde la Secretaría Nacional de Formación.

Lo importante es que nuestra imagen sea la propia, y, como tal, sugestiva  y actual, pero sin “complejos” de ningún tipo, que, insistimos, no vienen dados por la mentalidad del afiliado ni de las familias, sino del educador adulto. Nuestra imagen juvenil, dinámica y moderna debe ser acorde con nuestra personalidad en todos los aspectos, empezando, claro está, con las afirmaciones de religiosidad y españolidad que encabezan los puntos de la Promesa. Como dijo el poeta: “Nosotros somos quien somos…”  Es indudable que ello también requiere un  esfuerzo en un marco social en el que, como es lógico, caben otras opciones dispares con la nuestra, legítimas sin duda, pero a las que no debemos “contentar”.

Captación

Representa otra aplicación del esfuerzo sin duda. Relacionándolo con  el punto anterior, hay que acertar con el segmento de población que pueda coincidir con nuestros planteamientos, pues siempre habrá oferta para otros.

La endogamia presente en muchos núcleos representa un problema, pues el crecimiento se limita al número de antiguos afiliados o simpatizantes que puedan existir. Los recursos clásicos (salir a la calle para formar escuadras naturales a partir de los propios afiliados) tendrán eficacia si las actividades y ambientes que ofrecemos corresponden a expectativas infantiles y juveniles “sorprendentes”, en la línea que hemos propuesto de aventura, esfuerzo y belleza. Estos recursos pueden muy bien coexistir con otros novedosos, basados en el “estudio de mercado” y aplicación de técnicas modernas. Ninguno es desdeñable.

Opinamos que un sector que podría ser receptivo a nuestros planteamientos (y a nuestros valores) podría ser el de los ámbitos de inmigración hispanoamericana.

 El deporte y el Aire Libre en los colegios, las bandas de música y los “campamentos de iniciación” serían igualmente otras posibilidades.

A riesgo de ser reiterativos, creemos que una OJE más atractiva sería aquella que propusiera una serie de retos constantes basados en la superación y en el esfuerzo: para acceder a la condición de afiliado, para pasar de grado, para efectuar la Promesa, para obtener una especialidad… Como se ha insistido en el apartado de actividades, serían más sugerentes aquellas que implicaran una aventura diaria y no aquellas que repitieran esquemas escolares o extraescolares o vinieran a ser una imitación de las que ofrecen otras entidades juveniles de tiempo libre.

 Signos externos distintivos

Se puede constatar a diario que, en algunos ámbitos de nuestra Organización, se practica una especie de “reserva” ante los signos externos que puedan caracterizarnos o distinguirnos: actos solemnes, uso de uniforme.

Junto a la necesaria actualización que todo ello precise en una entidad que es dinámica, conviene también no dejarse llevar por acomplejamientos en estos puntos. El uso del uniforme, por ejemplo, además de un derecho reconocido en los Estatutos, debe ser motivo de orgullo para todo aquel que se sienta identificado con la OJE, independientemente de la opinión de otros sectores sociales que, con uniforme o sin él, nunca vendrían a nosotros. La realidad es que al niño y al joven le gustan los uniformes, y a la evidencia sociológica nos remontamos; otra cosa es el mundo “adulto”, pero no precisamente el de los padres de los segmentos de población cercanos.

Por otra parte, nuestros actos solemnes, presididos por la bandera de todos los españoles, deben seguir teniendo el sentido profundo que los define; son, además, excelentes instrumentos formativos de cara al afiliado. Es preciso, asimismo, que los actos se ajusten en toda la OJE a las mismas normas que marque la Presidencia Nacional y que las innovaciones sean previamente autorizadas por ésta cuando lo estime pertinente. En este caso, estamos hablando, a lo mejor, de un esfuerzo de disciplina.

En todo caso, el uso de estos símbolos constituye una forma de esfuerzo: primero, de que el afiliado conozca su significado y lo asuma; segundo, de mostrarnos tal como somos, como muestra de afirmación, consecuencia entre hechos y palabras y gallardía.

 Ofrecimiento de los veteranos de la OJE

En ningún caso, los Veteranos aspiramos a convertirnos en “Baden Powell“ redivivos de una organización juvenil. No es nuestra tarea, aunque, para una mayoría de nosotros, sí lo fue en épocas pretéritas: ahora les toca el turno a otros. Representamos las huellas del ayer “que hoy tuyas serán”.

En algunos lugares, las circunstancias han exigido del veterano un paso al frente insospechado: para hacer nacer núcleos de la OJE allí donde había desaparecido, para suplir la existencia de mandos o dirigentes, para asesorar a educadores bisoños… Pero esta no es nuestra tarea, insistimos, allí donde la Organización tiene su propia dinámica. Lo contrario sería una intromisión.

Este ofrecimiento desinteresado, movido únicamente por el amor a la OJE, nuestra identificación con sus Ideales y nuestro acuerdo con su proyecto educativo, va dirigido a toda la estructura, especialmente a mandos y dirigentes. Que sepan todos que allí donde se nos precise y requiera estaremos sin esperar protagonismo alguno.

Las sugerencias de este foro campamental son aportaciones a toda la Organización y si hemos conseguido llevar al ánimo de todos la necesidad de aplicar esta pedagogía del esfuerzo estarán bien empleadas las horas dedicadas a este estudio en tierras leonesas.

                                                    En Valdepiélago, a 15 de agosto de 2012

 

Vale Quien Sirve