Madrid, 1936:
Como fue salvada la imagen de la Virgen de la Paloma

Fotos, 19 de agosto, 1939
José Montero Alonso

 
 

     

El cuadro de la Virgen de la Paloma, en el lugar donde fue escondido,
es besado por los fieles madrileños.

 

En esta farmacia de la Glorieta de San Bernardo, estuvo escondido
durante la guerra civil el cuadro de la Virgen de la Paloma.

Desde esta tarde de agosto en que la Virgen de la Paloma ha vuelto a su altar en el templo madrileñísimo, las mujeres podrán, como antes, traer aquí de nuevo a sus hijos, para que reciban en el comienzo de sus vidas la mirada de la Soledad y para que Nuestra Señora tutele sus días futuros.

Entre un entusiasmo que la emoción llenaba de lágrimas, ha desfilado la Virgen por las calles del Sacramento, Mayor, de Toledo, de Calatrava. Era ya de noche cuando la Paloma, entre vivas infatigables y clamor de campanas, entraba en su templo, aromado de incienso. Y allí, en el gran altar mayor de donde estuvo ausente durante tres años, quedaba otra vez. Ya podían rezar ante ella las novias de Madrid, y las madres podrían ofrecerle a sus hijos, para que les protegiese, para que les guardase.

EL FUSILAMIENTO Y LA DESTRUCCIÓN DE LAS IMÁGENES DEL TEMPLO.

Una certera previsión salvó el cuadro ante el que han rezado millares de corazones. Había sido cambiado por otro, exactamente igual y esta copia ha podido ser salvada también. Alguien trasladó este segundo cuadro a la iglesia de San Francisco el Grande, donde un zapatero, devoto de la Paloma y creyendo que el cuadro era el auténtico, lo recogió y escondió.

Como tantos otros, el templo de la Paloma fue asaltado e incendiado. Sus imágenes destruidas. A los lados del altar había dos imágenes de los Sagrados Corazones de Jesús y María, que contemplaban el feroz asalto a la iglesia y la destrucción de las tallas restantes. La talla del Corazón de María fue brutalmente destrozada a golpes; a machetazos. Se iba a hacer lo mismo con el Corazón de Jesús, pero el sacrílego que se disponía a destrozar la imagen se clava
Un puñal en el vientre y muere.

La horda, entonces, decide atacar desde lejos y forma, a unos cuantos metros de distancia, un piquete de ejecución, que hace varias descargas cerradas sobre la escultura. Quedó ésta acribillada a balazos.

No se volvieron a ocupar de ella, y así ha podido salvarse. –La única imagen que lo logró– y llegar a nuestros días con la huella del fusilamiento en la talla.

El templo en ruinas fue convertido en depósito de aceite, de víveres y de vino, y en albergue de ganado.

Esto fue la iglesia madrileñísima de la Paloma, hasta que las Banderas de España volvieron a ondear sobre Madrid.

LA SALVACIÓN DE LA VIRGEN DE LA PALOMA

«Se forró y limpió esta imagen de la Soledad de la calle de la Paloma en el año 1863, siendo rector don Ruperto Gómez». Así dice, como testimonio de la autenticidad del cuadro, una inscripción que hay en la parte posterior de la pintura, sobre una tela de saco que sirve de forro.

Esta es la imagen ahora salvada y trasladada, entre el fervor de la multitud, al viejo templo, tras el cautiverio que la guerra impuso. Se ha salvado, también, la corona de la Virgen, que había sido escondida entre las tablas de la puerta de un armario de madera. El cuadro de la Paloma ha vivido y sufrido horas inciertas y azarosas. A la previsión del presidente de la Junta parroquial de la Paloma se ha debido su salvación.

Era en los preliminares de la guerra, cuando todo en España hacía ya prever el desencadenamiento inmediato de la gran catástrofe. Habían empezado los incendios en Madrid. El templo de San Luis había sido pasto de las llamas y había ardido en él el Cristo famoso de la Fe. La ola de barbarie, de fuego y da crimen amenazaba extenderse. La iglesia de la Paloma podía correr peligro, y la horda no se detendría ante la imagen madrileñísima.

Por esto el presidente de la Junta parroquial, don Ramón Labiaga, con el secretario don Luis Cardenal y con el párroco del templo don Gregorio Álvarez procedieron al traslado y la ocultación de la imagen. Descolgaron el cuadro, le quitaron el marco –era regalo de la duquesa de Fernán Núñez, estaba valorado en veinticinco mil pesetas y fue robado y destruido después – y sacaron la imagen de la iglesia

Ya grupos marxistas rondaban entonces los templos madrileños. El cuadro fue sacado envuelto en una capa; para despistar a los que posiblemente hubiesen podido ver sacar la imagen de la iglesia, el coche en que ésta era transportada estuvo bastante tiempo dando vueltas por Madrid, A las dos y media de aquella noche de mayo, el coche se detenía ante una casa de la calle de Toledo, en la que vivía el doctor Labiaga, presidente de la Junta parroquial de la Paloma,

Allí quedo, como un lienzo más, el cuadro de la Virgen, en el recibimiento de la casa. En el altar del templo fue colocado otro cuadro, que reproducía exactamente el verdadero. Empezó la guerra y la iglesia fue asaltada. Las imágenes, convertidas en astillas, se vendían para leña a una peseta con cincuenta céntimos
el kilo.

DE NOVIEMBRE A LA LIBERACIÓN

La familia Labiaga, se traslada desde la calle de Toledo a la de Altamirano. Y lleva con ella, naturalmente, la valiosa reliquia. El cuadro queda en el recibidor de la casa, junto a otro del Crucificado.

Registros, interrogatorios...

La guerra ha empezado ya, y para mayor seguridad, el cuadro es ocultado en la cama de los señores Labiaga, Son los días da noviembre de 1936. Las tropas nacionales a las puertas de Madrid.

Aquella familia ha de salir precipitadamente de su casa, situada ya a muy poca distancia del frente. Se trasladan a una farmacia de la Glorieta de San Bernardo en la que vive la madre política de don Ramón Labiaga, Al día siguiente, vuelven por la imagen que quedó allá, en la calle de Altamirano. –No tengo dónde dormir... Estoy sin cama... Tengo que recoger la mía... – dice la señora de Labiaga a los milicianos que intentan cerrarla el paso.

Consigue la señora entrar en la casa y recoger el tablero de la cama en que ocultó el cuadro
de la Paloma. Los soldados se quedan asombrados de que aquella buena mujer, al salir, sólo lleve consigo el tablero de la cabecera de la cama. —¡Eh..! ¡Que se ha dejado usted el colchón…!

Pero la buena mujer en su coche, corre ya hacia el centro de Madrid.

Allí, en la cueva de la farmacia, estuvo escondida la imagen de la Paloma todo el tiempo de la guerra. En sitio aparte, la corona. Hasta que un día Madrid se llenó de Banderas Nacionales, y la imagen pudo salir de su escondite, camino del Obispado.

Ahora en una tarde de oro, la Virgen de la Paloma ha vuelto a su Templo, entre el fervor, mojado de lágrimas, de un pueblo arrodillado al paso de la imagen madrileñísima.