«¿Traslado? ¿Terror?»

 

Del libro Los presos de Madrid, págs. 175-179
 por G. Arsenio de Izaga
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¡Siete de noviembre!... LLevamos dos largos días chapados. El avance del enemigo dicta a nuestros carceleros esa medida, no se si como represalia o como precaución...

¿Cuándo nos sacarán éstos al patio, que tanto apetecemos y aún necesitamos los reclusos? ¿Cuándo sobre todo, se decidirán los soldados de España a romper los barrotes que nos aprisionan?... En estos y otros pensamientos análogos, siempre dirigidos a la salvación nacional; con estas y otras esperanzas parecidas, constantemente polarizadas hacia la redención de nuestro amargo cautiverio, distraemos la mente y esparcimos el ánimo en aquellas horas monótonas, inquietantes, agotadoras...

Más de súbito corta el hilo de estas meditaciones el estrépito característico de los cerrojos que descorren sin solución casi de continuidad entre el primero y el último, gracias a la habilidad de los ordenanzas obtenida en una dilatada práctica. Miro al reloj. Son las tres y media de la tarde.

Abrense las puertas de todas las celdas y se nos manda que nos asomemos a la barandilla. Obedecemos en el acto; pero, dado el número de los recluidos, solo consiguen la extensa balconada los más próximos, los más hábiles o los más diligentes. Los demás nos apretujamos en el corredor, en la entrada de las habitaciones o pegados al muro. Los del piso de abajo se alinean a lo largo de las paredes laterales o se asoman a la puerta de las respectivas celdas. Los mil detenidos en la galería, sorprendidos, preocupados, llenos de sobresalto y zozobra, estamos pendientes de lo que va a ocurrir.

En la plataforma que da acceso a la rotonda o centro hay varios milicianos armados de fusiles. Entre ellos se advierte la presencia de dos sujetos desconocidos para nosotros. Tienen en sus manos gran cantidad de cédulas amarillentas. Pertenecen al fichero de la cárcel...

Silencio... no sería tan absoluto el de un cementerio. Lo rompe una voz áspera. Escuchamos... Se nos pide atención. Se nos ruega que estemos callados unos instantes. Luego se nos dice -esta vez por medio de bocina- que va a leerse una relación de presos y que los interesados, a medida que oigan sus nombres, recojan todo lo suyo, bajen a la galería y se coloquen en fila siguiendo rigurosamente el orden en que sean llamados.

Empieza. Un oficial de Prisiones, auxiliado por un ordenanza, procede a la lectura de las fichas. Imagínense el espectáculo. Y la emoción. La de todos: La de los que oyen sus nombres y la de los que nos tememos que suenen los nuestros de un momento a otro.

Los primeros vuelven a sus celdas, recogen y lían su ajuar, se despiden precipitadamente de sus vecinos y descienden
-unos por una escalerilla de hierro, otros por la escalera interior- con sus mantas, con sus talegos, con sus maletines, según el haber carcelario de cada uno...

Un paréntesis... Entran más fichas... Se leen como las anteriores...

Mientras suben a nuestros oídos nombres, y nombres, y nombres -dos centenares, cuanto menos-, los que se alejan no pueden reprimir los íntimos sentimientos que de su corazón afluyen a sus labios.

Unos se preguntan:

_¿A donde nos llevan?

Otros como si respondiesen a presentimientos sombríos, exclaman:

-¡Dios nos tenga de su mano!

-Algunos, creyendo en la completa e inmediata evacuación de la cárcel, se despiden:

-Hoy, nosotros,; mañana, vosotros; en un par de días, todos.

Muchos se santiguan y van a ocupar su sitio absortos en muda oración. No falta quien pretende infundirnos alientos y nos grita con potente voz de arenga:

-¡Ánimo compañeros! ¡No os apuréis!... ¡Arriba España!*

Ha terminado la relación. En el piso bajo forman los que han sido llamados. Los demás tornamos a nuestras celdas. Se nos chapa de nuevo. Consternados ante lo incógnito, fijamos toda nuestra atención en lo que sucede fuera... sordos murmullos... voces agrias de los que dirigen la expedición... ruido del lento desfile de los que se van... eco de bultos que se dejan caer al suelo...

Rumores cada vez más débiles, mas intermitentes, mas remotos... Luego nada... Más tarde, silencio y sombras... quietud en el ambiente... zozobras en el alma.

¡Se han ido!

¿Quiénes? No lo se. Las fichas que se han sacado y se han leído no responden a un previo criterio de selección, que pudiera fundarse en las profesiones, en los años, en las responsabilidades de los nombrados. Entre ellos hay militares y hay paisanos. Hay sacerdotes y hay seglares. Hay ancianos y hay jóvenes... cada uno recuerda a sus amigos o a los expedicionarios de más significación religiosa o castrense, política o social: don Juan Viniegra Aréjula, don Fernando del Toro Saldaña, don Juan Velasco Nieto, don Juan Ruiz Gauna, Ricardo de la Cierva Codorniú, Pedro Maldonado, Cámara, Delgado, Vergara, Pombo, Solache...

¿A dónde van? Aquí hierven los comentarios y discrepan las apreciaciones. Sin fundamento. Unos exponen lo que vino rodando por celdas, galerías y patios en días anteriores, pues ya se adivinaba algo de lo que ha sucedido; otros se dejan llevar de sus propias imaginaciones, haciendo tétricos vaticinios, que en gran parte habían de cumplirse. Quien dice que se trata de un traslado a cárceles más alejadas del frente, en vista de la entrada de los nacionales, que se ansía o se teme en cuestión de horas; quien asegura que no salen de Madrid y que, abarrotadas las prisiones de esta capital, se les conduce a cines, a teatros y a otros edificios capaces de la misma; éste aseguran que los transportan a los más comprometidos sectores de la guerra como parapetos humanos para contener el ímpetu de los facciosos o para que, en otro caso, perezcan allí ametrallados por sus libertadores, aquél sostiene que los sacan para asesinarlos, con fusiles o ametralladoras , en lugares dispuestos de antemano.

Palabras... conjeturas... fantasías... La verdad -¡verdad terrible!- no la conocimos entonces los reclusos (**). Fue revelándosenos poco a poco. Gradualmente. Y ello sin esos caracteres de certidumbre que desvanecen la duda. Mejor. Así pudimos conllevar la tensión de espíritu que para muchos, conociendo todo el horror de la tragedia hubiera sido irresistible (***)

Aquella noche apenas pudimos conciliar el sueño. la escena de la tarde encendía con rojas interrogaciones todos los cerebros. Se había entendido, además, la voz de que antes de la madrugada estaría evacuada la cárcel, y en previsión de los sucesos, nos acostamos vestidos... ¡Que tormento el de permanecer insomnes esas horas interminables de angustia sobre el colchón, sobre el petate o sobre el suelo, que jamás nos pareció, ni tan incómodo ni tan duro, ni tan espantoso!... Procusto no hubiera inventado lecho mas cruel para las victimas de sus expoliaciones.

(*) Estas fueron las últimas palabras que oí al simpático joven Pedro Maldonado Antón, aventajado estudiante de Medicina, que atendió a los compañeros enfermos de su galería con la competencia de un Galeno y la abnegación evangélica de un San Juan de Dios. ¡Presente en nuestros recuerdos, en nuestros afanes y en nuestras plegarias!...

(**) Ni la mayoría de los que fueron al martirio. Hubo más de uno que, por esta ignorancia absoluta de sus destino, llevó a la muerte al hijo o al hermano, al pedir y lograr que lo acompañase. ¡Creían que los iban a llevar consigo a otra prisión y los hundieron con ellos en horrenda tumba!

(***) Como se indica en el texto, en los demás pabellones lo mismo que en la enfermería, se desarrolló escena muy semejante a la que se ha descrito aquí. Salió un número casi igual de cada uno de los primeros y unos cuantos de la última. Todos corrieron la misma suerte: los enfermos como los sanos, si pudo estarlo alguno después de sufrir el penoso régimen de la cárcel en estos días acerbos de estrecheces y zozobras.