«Las sacas de los presos»

 

Del libro Madrid, bajo el terror, págs. 248-252
 por Adelardo Fernández Arias
.


... Desde el primer día de prisión, a diario, iban a las cárceles grupos de milicianos capitaneados por un "jefecillo" y pertenecientes a diversas organizaciones de izquierda, reclamando "un determinado preso", pero ¡uno! a quien sacaban para fusilarle.

Aquel goteo de presos era regular. Todos los recluidos se habían acostumbrado a presenciar diariamente la desaparición de uno de los compañeros de la cárcel. Y todos estaban persuadidos de que el final "en las últimas horas rojas de Madrid" sería trágico.

Los días pasaban escapándose entre la angustia de quien sabe que va a morir, sin poderlo evitar.
Y todos confiaban ¡solamente en Dios!

Llegó el 7 de noviembre.

Nuestras gloriosas tropas nacionales ocuparon los Carabancheles. En Madrid todos creyeron que el Ejército libertador desfilaría por la calle de Alcalá al día siguiente. El pánico se apoderó de los "rojos".

A las cinco de la mañana se hizo la primera "saca" de presos en las cárceles de Madrid. A la una de la tarde la segunda. Al anochecer la otra.

Aquel día se "sacaron" de las cárceles de Madrid "para ser trasladados a la prisión de Alcalá" ¡Mil seiscientos presos! Salieron de la cárcel Modelo 970 hombres. De la cárcel de San Antón 175. De Ventas -la cárcel de mujeres nueva habilitada para hombres-, 200, y otros 200 de la cárcel de la calle General Porlier.

A la cárcel de Alcalá llegaron solamente 300 presos. Desde Madrid hasta la prisión de Alcalá desaparecieron aquel día 1.300 hombres.

En las "sacas" trágicas del 7 de noviembre hubo una característica de una importancia fundamental.

No fueron solamente "milicianos" los que efectuaron aquellas "sacas" espantosas. La mayoría de los verdugos de esa fecha tristemente memorable fueron guardias de Asalto; es decir: "Agentes del Gobierno".

Los guardias de Asalto y Agentes del Gobierno eran, por lo tanto "representantes de la autoridad constituida". Y como las autoridades "rojas" ¡el Gobierno! que el día 7 de noviembre estaba todavía en Madrid, no censuró públicamente ni castigó, poco ni mucho, a sus agentes, quiere decir que, de lo que ellos realizaron, fue responsable indiscutible el Gobierno de Largo Caballero.

Está perfectamente comprobado que en la cárcel Modelo los guardias de Asalto, al entregar la lista de los presos que querían "sacar", pidieron ayuda a los "milicianos" diciéndoles:

¡Venid con nosotros a echarnos una mano, porque hay mucho que matar en poco tiempo.

En los camiones de los guardias de Asalto, hermanos gemelos de aquel siniestramente inolvidable "número 17" en el que Calvo Sotelo fue asesinado; rodeados por "milicianos" armados hasta los dientes y guardias de Asalto, de expresión feroz, emprendieron los presos de las cárceles de Madrid su peregrinación fatal. Calle de Alcalá arriba. Plaza de Manuel Becerra, Las Ventas, La carretera de Guadalajara. El Puente de San Fernando.

El trágico convoy se dividió en tres. Uno, mínimo, siguió hasta Alcalá, otro se detuvo en Torrejón de Ardoz, y otro en Paracuellos del Jarama.

El de Alcalá depositó en la cárcel los presos que conducía. Los de Torrejón de Ardoz y Paracuellos del Jarama regresaron a Madrid sin los presos.

Dos días después de aquellas "sacas" feroces, realizaron una excursión; primero a Alcalá, donde comprobaron la existencia de los trescientos únicos presos que llegaron y luego a Torrejón de Ardoz y Paracuellos del Jarama: el delegado de la Cruz Roja Internacional, que había ido desde Ginebra a Madrid precisamente para informar sobre los asesinatos rojos, doctor H. Henny; el encargado de Negocios de Noruega, doctor Schlayer, y el Encargado de Negocios de la Argentina, doctor Pérez Quesada.

Lo mismo en Torrejón de Ardoz que en Paracuellos del Jarama, los tres diplomáticos hicieron una información completa. Hablaron con varias personas de los dos pueblos testigos presenciales de lo que había ocurrido.

En Torrejón de Ardoz, uno de los testigos, el más culto, dijo:

-El día 6 vinieron unos "milicianos" de Madrid, y escogieron a todos los hombres hábiles del pueblo; nos obligaron a abrir una zanja, ancha y larga. No sabíamos para que era.

-¿De que profundidad era la zanja? -preguntó el doctor Schlayer.

-De unos dos o tres metros.

-¿Y de que anchura? -añadió el doctor Pérez Quesada

-De unos tres metros aproximadamente -respondió el interpelado- Pero tenía más de cien metros de larga. ¡Si estuvimos trabajando todo el día y hasta bien entrada la anoche lo menos treinta hombres! Además, ustedes mismos pueden darse cuenta. Vengan. El testigo presencial les acompañó hasta la zanja trágica que estaba en las afueras del pueblo. Efectivamente la tierra, en una gran extensión, estaba movida y un característico olor a cadáver impregnaba el ambiente. El doctor Schlayer, activo, inexorable, removió personalmente, con una pala que se hizo traer, la tierra, encontró el cadáver de un militar cuyo uniforme fangoso mostraba entre la tierra cuajarones de sangre coagulada.

Continuó el testigo su relato:

El día 7 vimos llegar varios camiones de la Dirección de Seguridad. Se detuvieron a pocos metros de la zanja abierta. Bajaron de ellos "milicianos" y guardias de Asalto. Apuntándoles con pistolas y encañonados por fusiles, hicieron bajar a muchos presos. Entre ellos había algunos uniformes. Acudió mucha gente. Todas las mujeres de Torrejón de Ardoz se agruparon para presenciar el espectáculo. ¡Yo no se que les ha pasado a nuestras mujeres en este movimiento! pero les gusta ver fusilar a la gente y gozan cuando ven morir a las criaturas humanas que otros semejantes suyos asesinan fríamente. Con voces de mando bruscas, brutales, feroces, obligaron a los presos a ponerse en fila ¡junto a la zanja! de espaladas a ellos; mirando a la zanja, que iba a ser su fosa. Algunos se volvieron, diciendo valientemente: "Quiero ver vuestras caras de asesinos cuando me tiréis". Todos estaban enteros, resignados, conscientes de que iban a morir. En los labios de todos vibraba una oración. Los milicianos y los guardias de Asalto, alineados a poca distancia, les apuntaron con sus fusiles. Uno que parecía ser el jefe, dio la orden de ¡fuego! una descarga cerrada atronó el espacio. Cayeron a la zanja pesadamente aquellos cuerpos que hasta entonces tuvieron vida. Algunos, aunque malheridos, no habían muerto. Y entonces sucedió algo horrible. Los milicianos nos obligaron a los que estábamos allí presentes a echar paletadas de tierra sobre los cuerpos caídos al fondo de la zanja. Como yo vi que allá en el fondo algunos se movían y, con os ojos abiertos imploraban un "tiro de gracia" me atrevía a decir: ¿Por qué no rematáis a esos que todavía tienen vida? Y me respondió un guardia de Asalto amenazador: "Si no te callas, vas a ir a hacerle compañía al fondo de la zanja". Callé y seguí echando paletadas de tierra convencido de que estábamos enterrando vivos a muchos hombres. Cuando estuvieron cubiertos aquellos cuerpos, se ordenó a los presos, que desde los camiones y esperando su fatal destino habían presenciado el asesinato de sus compañeros, que se alinearan junto a la zanja, en otra cantidad que cayó a la fosa por el mismo sistema bárbaro. Y luego otros. Y así todos. Cuando ya no quedaron más se marcharon los verdugos. Iban riendo. Comentaban cínicamente los detalles de los asesinatos. Recuerdo que uno decía: "Oye, has visto a aquel militar, con las cruces, lo tranquilo que estaba? y otro le respondió: Si, como que estaba rezando, yo le apunté a la boca para terminarle la oración con un "amen de plomo".

En Paracuellos del Jarama contaron, testigos presenciales, a los diplomáticos que, al acercar los presos a la zanja abierta, los hicieron descalzarse, tirando los zapatos al camión para llevárselos después y ataron los presos de dos en dos, por los brazos, para que al caer a la zanja el que muriera antes o el de más peso arrastrase al otro. También en Paracuellos del Jarama los testigos aseguraron que fueron enterrados vivos muchos hombres.

Los tres diplomáticos, después de constatar personalmente los detalles trágicos de aquella infamia, enviaron a sus Gobiernos respectivos informes detallados de lo que supieron y que, de no haberlo comprobado ellos, les hubiera sido muy difícil creer.