LA SEMANA DE JOSÉ ANTONIO EN LA RADIO NACIONAL

   CONFERENCIA DE JOSÉ ANTONIO JIMÉNEZ ARNAU

 (Día 19 de noviembre de 1.938. III Año Triunfal)

 

Sobre la tierra salada que guarda, los restos de José Antonio, podrían escribirse el epitafio que hizo esculpir sobre el mármol de su tumba aquel poeta húngaro enterrado cerca de las aguas del Balatón: " Sólo el cuerpo."

 Sólo el cuerpo fue tocado aquella madrugada de noviembre. Las balas pudieron romper aquella amplia y noble frente; pudieron destrozar aquellos ojos melancólicos y luminosos; entraron por la boca, de la que salió tantas veces la norma y la profecía; se clavaron en las manos, agresivas unas veces en la lucha viril de la Falange callejera; generosas otras en el caer sobre el hombro del camarada que sentía en aquel peso la mejor recompensa del servicio prestado; las balas, en fin, pudieron morder las piernas cansadas de andar todos los caminos de España, en aquella predicación que durara tres años, ya acabada cuando el cumplía los 33..., pero sólo el cuerpo cayó ante el crimen. Lo que no pudieron las balas, ni la sentencia arrancada por la violencia de una pistola a un jurado hundido en la duda por la elocuencia del defensor de sí mismo, lo que no pudo ni el crimen, ni el plomo, fue rozar el espíritu del Fundador de la Falange Española.

No fue éste, de dar su cuerpo a la muerte, el mayor sacrificio de los que José Antonio hiciera a España. Dar la muerte es quizá más fácil -más corto por lo menos- que dar la vida. Y él había dado. Él -amante como pocos del silencio fecundo- había ido a la calle, a la tribuna y a la popularidad, sólo porque España lo pedía. Él, enamorado de su profesión de abogado, para la que su temperamento y formación clásicas le hacían un elegido, salió a vivir en otros ambientes, en que, en lugar de togas, había chaquetas claras de socialistas en traje dominguero; dejó el discutir profundamente en la rigurosa seriedad del Foro, para lanzarse al escenario sofista y chabacano de un Parlamento en el que sus palabras eran escuchadas con un silencio nacido más de la incomprensión que del respeto.

Él, que deseaba ardientemente ver proyectadas su sangre y su carne en su propia descendencia, tuvo que renunciar a tener otra que la de aquellos hijos del pensamiento. Y una vez que, por conocerlos, los amó, aún tuvo que cumplir para España el duro sacrificio de írselos entregando.

Había renunciado por España a su vocación, a su vida privada, a su silencio y a sus mejores camaradas. Pero España necesitaba aún más y él lo exigió una mañana de noviembre en Alicante, sin ninguno de los mínimos consuelos que, en los demás casos, podrían darse. Murió sin saber lo que pasaba fuera de los muros de su prisión, sin saber si su sangre podía servir para salvar a España, sin saber siquiera si su cuerpo, tras la descarga, iba a caer sobre tierra viva de la Patria, o si la misma Patria era ya un cadáver sobre el que el suyo caía.

Murió en otoño. Nos lo había dicho: " Sea cada uno de vosotros un aguijón contra la somnolencia de los que nos circundan. Esta común tarea de aguafiestas iluminado nos mantendrá unidos hasta que el otoño otra vez nos congregue junto a las hogueras conocidas. El otoño, que, acaso, traiga entre sus rupturas la dulzura magnífica de combatir y morir por España. "

Y el otoño vino. Y había hogueras en España. Desde las posiciones andaluzas que se asomaban al Mediterráneo, hasta aquellas otras de Motrico, o de Orduña o de Aguilar de Campóo, frente al Cantábrico. Había hogueras de guerra en Oviedo y en Huesca. En tierras castellanas de Soria y en la carne misma de Madrid, donde aquel día se tomaba el palacete de la Moncloa. Y había la dulzura de combatir y morir por España. Para que la profecía fuese más cierta, él mismo caía aquella mañana del día veinte.

Horas después, la noticia recorrió España como un estremecimiento. Y junto a las hogueras hubo lágrimas. Llegaron a José Antonio, no sólo los que le siguieron en el fiel apostolado de aquellos tres años, sino también quienes le conocieron después del 18 de julio, a través de los cálidos retratos hechos por boca de Viejas Camisas. Le llegaron todos: el que le había seguido como el que le había llorado; el de corazón tierno, como aquel que había jugado cien veces la vida a cara o cruz por las calles hostiles; el que combatía al aire limpio, como el que, escondido o encarcelado en la zona roja, parecía haber apurado el límite posible de padecimiento humano. Llegaron los hombres y las mujeres, en un llanto sordo, que apagaba la voluntad de no creer la noticia o de querer otra vez la resurrección de Lázaro.

Desde el Pirineo al estrecho, de la prisión de José Antonio, entre limones y palmeras, hasta la misma agonía del Tajo, entre vides y olivos, las lágrimas calladas de la nación que perdió a su héroe, rezaban de nuevo los mejores elogios de la lengua de Castilla:

“ ¡Qué amigo de sus amigos!

“ ¡Qué Señor para criados y parientes!

“ ¡Qué enemigo de enemigos!

“ ¡Qué maestre de esforzados y valientes!

“ ¡Qué seso para discretos!

“¡Qué gracia para donosos!

“ ¡Qué razón!

“ ¡Cuán benigno a los sujetos!

 “¡Y a los bravos y orgullosos un león!”

El cuerpo había cedido a las balas criminales de los narradores de España. Pero su espíritu seguía vivo. Sigue vivo. Lo notamos dentro de nosotros mismos en ese íntimo descontento que cada noche nos acompaña. Ese descontento constructivo que nos acusa el fallo diario, la debilidad o la negligencia que los venciera a través de una jornada.

Su espíritu sigue vivo. Es el que, ante la tentación demagógica, repite la frase honrada y exacta: " El jefe no debe obedecer al pueblo. Debe servirlo, que es cosa distinta: servirlo es ordenar el ejercicio del mando hacia el bien del pueblo, procurando el bien del pueblo regido aunque el pueblo mismo desconozca cuál es su bien; es decir: sentirse acorde con el destino histórico popular, aunque se disienta de lo que la masa apetece. "

Es su espíritu el que, ante el miedo humano a tirar por un camino honesto que puede conducir a la imputación de traición advierte así: " Los días de un movimiento revolucionario tienen obligación de soportar, incluso, la acusación de traidores. La masa cree siempre que se la traiciona. Nada más inútil que tratar de halagarla, para eludir a la acusación. "

Es su espíritu el que, ante la fatiga, afirma: " Nos ha correspondido un destino de guerra, en el que hay que dejarse sin regateos la piel y las entrañas. "

Es su espíritu el que nos manda no sestear en el camino y avanzar siempre, el que nos manda adivinarla, que no copiar ley; el que nos lega algo más, mucho más que un programa; nos deja un modo de ser, una manera de entender la vida, al lado de unos imperativos concretos, que claman la unidad de España, en la tierra y en el hombre, en el pan y en la justicia.

Por eso fracasaron los engendros aquellos que, al romper la vitalidad, la juventud y la promesa de José Antonio, creyeron enterrar con él el signo más destacado de la revolución pendiente.

Francisco Franco lo tiene en sus manos y España lo tiene en su voluntad. Nos quitaron el hermano mayor que sabía hacer de padre y de confidente y de guía, pero su espíritu, el más grande que hace tres siglos conociera España, continúa vivo y operante.

Sobre su tumba pudiera escribirse: " Sólo el cuerpo ", que su espíritu escribirá otras cosas, grandes cosas, en el largo y fértil futuro que la sangre de los Caídos conquistó a tan duro precio.

Por eso, camaradas de España, en el eterno renovar de nuestro llanto, el 20 de noviembre de cada año, pensad que llegamos a la muerte de un cuerpo. El alma de José Antonio sigue impasible peregrinando por los campos de España. Y así ha de continuar por siglos, llenando páginas gloriosas de nuestra Historia y ganando las mejores batallas, como Rodrigo Díaz después de la muerte de su cuerpo.

   De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1.939. Págs. 46 a 48.