POR DISTINTOS CAMINOS, HACIA LA MISMA
META
por José María de Oriol y Urquijo
Eran los tiempos difíciles a en que a
raíz del triunfo del Frente Popular, en las elecciones de febrero, las
juventudes de España, con ese buen sentido que siempre les caracterizó,
esperaban, con verdadera ilusión el momento de poder encontrar la oportunidad
de combatir en el terreno que les convenía, a la demagogia que se encerraba en
el Parlamento, hijo de la Constitución republicana, consecuencia de la aplicación
de los principios liberales al gobierno de nuestra España.
En aquellos días estuve en la cárcel
modelo de Madrid para visitar a José Antonio. Tras la reja de la celda
reservada, en donde la oportunidad nos facilitó el que pudiésemos hablar a
solas, oía yo, carlista convencido, a aquel hombre que sabía acaudillar a las
juventudes de la Falange. ¡Qué bien se podía contemplar en él al que un día
escribió: " El jefe no debe obedecer al pueblo; debe servirlo, que es cosa
distinta. Servirlo es ordenar el ejercicio del mando hacia el bien del pueblo,
procurando el bien del pueblo regido, aunque el pueblo mismo desconozca cuál es
su bien; es decir, sentirse acorde con el destino histórico popular, aunque se
disienta de lo que la masa apetece. " Ya que cuando llegamos en nuestra
conversación a pensar en el día en que España se lanzase al Movimiento (fuese
golpe de Estado, guerra civil, pero evidentemente acto de fuerza),
al hablar de la posible conveniencia de tener un acuerdo para ese
momento, él veía los dos campos distintos de actuación que hasta la hora del
triunfo teníamos: Carlismo y Falangismo. Y digo hasta esa hora, ya que el fin
era el mismo, pero el camino a seguir se diferenciaba por la masa que teníamos
que encuadrar. Él supo, con su Falange, pensando sólo en lo nacional,
despertar un sentimiento de gentes materializadas, en intelectuales desengañados,
en juventudes equívocas, y estas mismas masas, carentes por completo de ideal
patrio, llegaron a sentirlo con tal fuerza que a la menor indicación de su
jefe, estaban dispuestas, como varias veces le hicieron, a entregar su vida en
acto de servicio, al grito de ¡Arriba España! Y se produjo el fenómeno que
tenía que realizarse: al comenzar a tener valor los principios espirituales, la
vida del espíritu, del alma humana apareció, y fueron aquellos mismos que
antes no eran creyentes, los que se levantaron un día a defender la civilización
cristiana y occidental.
Nosotros, con nuestro camino y mística
propia, con palabras que para algunos eran escasas y rudas, pero que dicen
mucho, fuimos a las gentes que conservaban el verbo exacto de la raza, diciéndoles
que teníamos la obligación de hacer la España que queríamos, para que fuese
posible un 18 de julio, en que por los riscos y vericuetos de nuestra Patria nos
encontrásemos todos en la auténtica España, convirtiendo -es frase de José
Antonio- "en impulso su desesperación, para incorporarlos a una empresa de
todos. Para trocar en ímpetu lo que es hoy (entonces) justa ferocidad de alimañas
recluidas en aduares, sin una sola de las gracias, ni de las delicias de una
vida de hombres".
En aquella conversación pude yo ver en
José Antonio quizá uno de los pocos que habían comprendido la intransigencia
del Carlismo, ya que él sentía la misma intransigencia para su Falange. No podían,
ni debían estos Movimientos de tipo total y nacional, estar a merced de pactos
que siempre llevan en consecuencia desviación del camino que la Providencia les
marca.
Y, cuando pasado el tiempo y
desaparecido de la región de los vivos José Antonio Primo de Rivera, leo
algunos de sus escritos, no tengo más remedio que ver cómo por caminos
distintos, en el fin nos entramos. Recordemos cuando dice: "La nación no
es una realidad geográfica, ni étnica, ni lingüística; es esencialmente una
uniidad histórica; un agregado de hombres sobre un trozo de tierra, sólo es
nación si lo es en función de universalidad; si cumple un destino propio en la
historia, un destino que no es el de los demás. Siempre los demás son quienes
nos dicen que somos unos."
Y Pradera, cuando estudia a Mella, dice:
"La nación no es una suma de individuos, sino una hermandad compuesta de
las diferentes unidades históricas, todas las cuales tienen, para venir a
reunirse en una unidad superior, un vínculo común." Y a continuación añade:
"Si la nación es una unidad superior en que se reúnan diferentes unidades
históricas que tienen un vínculo común, éstas dejarían de ser lo que históricamente
son, si no permaneciesen unidas, porque el vínculo quedaría rota y el vínculo
especifica a todas ellas. El destino universal, el vínculo, se ve bien claro,
por toda nuestra misión histórica, que es a la propagación por el mundo de
una civilización. Y como las naciones se determinan desde fuera, es por lo que
España, desde que perdió su misión de empresa, parece que perdió hasta su
característica de unidad; y así, en esta tierra nuestra, Vizcaya, lo mismo que
en otras regiones de España, pudieron hacer aquellos separatismos, último
delito de lesa patria, que los principios liberales, origen y causa de nuestra
situación, han traído a nuestra Patria."
Termino,
pues, estas líneas con unas de José Antonio sobre Euskadi, que hubiesen sido
completa realidad si las armas de España, a las órdenes de Franco, no hubieran
conquistado a unos y liberado a otros buenos hijos de esta tierra vascongada,
para enlazarla definitivamente en los destinos universales que la Divina
Providencia reserva a nuestra inmortal España:
"Hoy parece que quiere desandarse
la Historia. Euskadi ha votado su Estatuto. Tal vez lo tendrá pronto. Euzkadi
va por el camino de su libertad. ¿De su libertad? Piensen los vascos en que la
vara de la universal predestinación no les tocó en la frente, sino cuando
fueron unos con los demás pueblos de España. Ni antes ni después, con llevar
siglos y siglos hablando lengua propia y midiendo tantos grados de ángulo
facial, fueron nación (es decir, unidad de historia diferente de las demás)
cuando España fue su nación. Ahora quieren escindirse en pedazos. Verán como
les castiga el Dios de las batallas y de las navegaciones, a quien ofende, como
el suicidio, la destrucción de las bellas y fuertes unidades. Los castigará a
servidumbre, porque quisieron desordenadamente una falsa libertad. No serán
nación (una en lo universal): serán pueblo sin destino en la Historia,
condenado a labrar el terruño corto de horizontes y acaso a atar las redes con
otras Tierras Nuevas sin darse cuenta de que descubren mundos."
(El
Correo Español. El Pueblo Vasco, 19 de noviembre de 1938.)
De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” ediciones Jerarquía, 1939. Págs 251 y 253.