JOSÉ
ANTONIO: EL AMIGO
Agustín
de Foxá, Conde de Foxá
José
Antonio solía decirnos: "A mí lo que me gustaría verdaderamente sería
estudiar Derecho Civil e ir a la caída de la tarde a un café o a Puerta de
Hierro a charlar con unos amigos."
Toda
su vida -heroica, abnegada, llena de fantasía y de ímpetu- estaba impregnada
de esta nostalgia un poco entre burguesa y literaria, del trabajo metódico y de
la charla íntima.
Se
daba cuenta, sin embargo, de que estaba marcado ya por el destino, de que ya no
era posible retroceder, de que tenía que renunciar a todo.
Y
esta pesadumbre amarga de su responsabilidad, era la que ponía melancolía en
su mirada.
¡Tragedias
de las vidas hermosas y arriesgadas! El hombre vulgar, que lee estas vidas al
amor de la chimenea encendida, rodeado de sus hijos, o degustando el coñac con
los buenos amigos, ignora, seguramente, que el gran hombre a quien envidia
hubiera sido también feliz con esa vida sencilla y que si quedó solo, en la
intemperie de la noche y de los combates, fue rasgándose el corazón.
Porque
hay que escoger entre la obra y la felicidad. Y José Antonio optó por la
primera. A todos nos gustaría conquistar el Perú, pero a condición de poderlo
contar aquella misma noche a los amigos.
Porque
José Antonio era un amigo magnífico, lleno de humor, de imaginación, de ironía,
de frases; cogía una conversación a ras del suelo y la elevaba, sin pedantería,
hasta las nubes.
A
veces era algo arbitrario y un poco cruel, pero razonaba enseguida con
desbordante generosidad.
¡Lo
he conocido en tantos sitios y en el mismo lugar a horas tan diferentes!
"Nunca
hemos estado aquí -me decía una vez en la tasca-, porque ayer estuvimos de
noche y hoy entramos por la mañana. El tiempo debe tener la misma categoría
que el espacio. Se está en otro sitio, aunque sea el mismo, cuando en él se
penetra a la hora diferente."
Le
gustaban mucho estas sutilezas y juegos de espíritu.
Yo
lo recuerdo en " La ballena Alegre ", debajo de los cetáceos azules,
en caricatura, con su copa de anís en la mano, hablando del tamaño de la luna,
de literaturas exóticas, de Florencia, de cacerías.
Y
en las medioevales cenas de Carlomagno, mundano, de smoking,
entre las velas encendidas del Hotel de París, redactando un telegrama de
invitación al alcalde de Aquisgram, paladeando con citas de Plinio una sopa de
tortuga.
Frecuentaba
los salones; lo recuerdo bajo las pantallas verdes y el óleo de la duquesa
Leticia. Allí leíamos comedias, versos. José Antonio hablaba agudamente de
política. Aunque no eran aquellos sus temas preferidos. Describía los partidos
centristas.
"Quieren
hacer en frío lo que nosotros hacemos en caliente. Son como la leche
esterilizada, no tienen microbios, pero tampoco vitaminas."
Tenía
una gran vocación literaria y se ufanaba de los cinco capítulos de una novela
suya que no terminaría nunca.
A
veces, en el seno de la confianza, nos leía sus trabajos. No olvido su alegría
cuando nos leyó la carta que dirigió a Ortega Gasset, ecuánime, noble, lleno
de admiración hacia el viejo Maestro.
"Cuando
vea el desfile de nuestras Falanges, don José tendrá que exclamar: ¡Esto es,
esto es!"
Y
luego las excursiones, tenía un auto pequeño que él mismo conducía y huíamos
del Madrid plebeyo, dominguero, lleno de humos, de nieblas, de cigarros, de
cines, de grises muchedumbres vomitadas por el metro, de cafés, de arrastres de
pies, de ciegos con bandurrias, de vendedores de loterías o piedras para los
mecheros.
El
no amaba el tipismo cochambroso, galdosiano, de la vieja España.
José
Antonio con sus amigos se iba los
domingos al campo y a las viejas ciudades.
¡Lluvia
triste del canalón de la Catedral de Sigüenza, hecha espuma sucia, en la boca
diabólica de Gárgola! El coche José Antonio corre por los fríos descampados
de la meseta de Barahona, donde el vuelo aviador de las avutardas, da origen a
leyendas de brujas, atisbadas desde las campanas de la Catedral.
Allí
hay un viento marinero que nace de las salinas y penetra en las iglesias.
Altares de Puerto de Mar como los de la Catedral de Palma.
En
el hotel comemos con José Antonio unas codornices de trigal y surco, engrasadas
por un tocino de rubia corteza.
A
José Antonio le gustaban los buenos platos, el vino de la tierra y las
conversaciones. Él no quería una España triste y aburrida. Decía en broma:
"Queremos una España faldi-corta."
Al
fin de la comida se acercó a nuestra mesa el camarero. Nos dice que unos
muchachos quieren saludar al jefe. Son muy pocos. Quince o veinte. Los únicos
falangistas de Sigüenza. José Antonio se frota infantilmente las manos;
exclama dándonos palmadas en los hombros:
"Ya
empezamos a ser conocidos."
Luego
paseamos bajo la lluvia. Un camarada mantiene el paraguas abierto sobre su
cabeza. Son los días de la guerra de Etiopía. Le decimos en broma.
"Pareces el Negus." Se ríe.
Entramos
en la Catedral. Rafael ha inventado una teoría con el sepulcral doncel de
alabastro, que lee su libro de
piedra a la luz de las vidrieras. José Antonio la amplifica.
"El
doncel fue un falangista del siglo XV. Un señorito que dejó de jugar a la
pelota en las paredes del palacio de su pariente el Obispo para irse a la guerra
de Granada y morir ahogado entre las huertas."
Rafael
añade:
"Se
fue con los hombres del pueblo, con los toscos y sencillos guerreros que bajaban
de Soria, todavía vestidos de lana."
Y
José Antonio propone que la Falange de Sigüenza lleve la imagen del doncel
sobre su bandera.
Yo,
desde estas líneas, suplico a nuestro Jefe Nacional y a Raimundo Fernández-Cuesta,
que sea realidad aquel deseo.
Volvemos
en un vagón de tercera. Nos despiden, brazo en alto -¿Qué fue de ellos
durante los meses del dominio marxista?", los Falangistas de Sigüenza.
Otro
día vamos a Toledo. Ya hemos visitado las acartonadas momias de Illescas, y
hemos contemplado los amarillos de tormenta de los apóstoles del Greco. Bajamos
a comer unas perdices a la venta del aire. En la sobremesa hablamos del valor.
"Mi
hermano Fernando -nos dice- es el más valiente de la familia."
Le
interrumpo:
"Tú
también lo eres."
No
responde, con amistosa timidez:
"¡BAH!;
es cuestión de la adrenalina; yo tengo una reacción lenta."
Así,
él tan espiritualista, disfrazaba elegantemente con pura fisiología, su
impresionante valentía.
Llegó
un crepúsculo frío y rosa, sobre el oro fúnebre de los girasoles de la vega,
donde está el Cristo del brazo desclavado.
Arriba,
puntiagudo, El Alcázar; abajo, José Antonio. No imaginábamos sus amigos que
estábamos contemplando a las dos víctimas más altas de futura guerra civil.
Que las consignas y los sueños de aquella cabeza endurecían, aquellas viejas
piedras, hasta hacerlas invencibles.
Otra
tarde fuimos a La Granja. Leímos versos en un bello jardín, bajo unas velas
encristaladas, que daban cita todas las mariposas de los pinares; allí recitó
un joven poeta entonces desconocido.
En
auto marchamos bajo la luna a contemplar el Alcázar. Se le caló el motor. Le
dijimos en broma.
"Cuando
triunfes no te podremos llamar "Duce" o "Conductor", porque
lo haces bastante mal."
"En
efecto; no es mi fuerte."
Daba
la luna en las torres de pizarra; a nuestros pies el río y el fresco frutal de
los árboles. Parecía el Alcázar un dibujo de Gustavo Doré.
José
Antonio, ganado por el ambiente, traicionó sus tendencias clásicas.
"En
el fondo, esto es lo nuestro; el Partenón está demasiado lejos; es simplemente
arqueología." A la vuelta a Madrid se iba durmiendo sobre el volante. Se
golpeaba la frente. Fue un verdadero suplicio. Al llegar a Rosales, me dijo:
"Por
nada del mundo volvería ahora a la Granja."
Le
respondí:
"¿Ni
por un millón de pesetas? ¿Ni por un gran amor?"
"Ni
por eso."
"¿Por
el triunfo de la Falange?"
Afirmó
rotundo:
"Por
eso sí; ahora mismo."
Y
así, bajo las encinas monásticas del Pardo, y otra tarde junto a la piscina en
piedra labrada de don Álvaro de Luna, en Cadalso de los Vidrios, y en el
atardecer, con olor a césped regado, del polo de Puerta de Hierro y en la barra
de Bakanik antes de cenar.
Algunos
le criticaban esto último y él protestaba:
"Un
obrero después del trabajo puede irse con sus amigos a una taberna, y a mí me
critican porque voy con los míos a un bar."
No
es posible encerrar en un artículo todas las sugerencias, las frases certeras,
las metáforas, con que José Antonio nos regalaba en la intimidad.
Yo
sólo sé que los conceptos más fundamentales de mi vida sobre la Patria, la
Religión, el amor, la literatura o el matrimonio, a él se los debo. Que mejoró
mi espíritu, lo maduró y me salvó del peligro de las tertulias derrotistas y
sovietizantes, que nos acechaban. Por ello mi agradecimiento entrañable.
José
Antonio, sin proponérselo, convertía a sus amigos en discípulos suyos. Yo,
antes que falangista, fui amigo de José Antonio; y ya sé que para los teóricos
puros, para los que ponen a la razón y la doctrina por encima de todo, esto
constituirá un reproche.
Pero
no es mal camino para llegar a la verdad, este de la amistad y afecto; yo lo
prefiero.
José
Antonio no olvidó nunca a sus amigos. En la soledad de su celda de Alicante,
rodeado por un mar de odio, tuvo el pulso sereno para escribir las cartas llenas
de serena conformidad y aliento.
Nosotros
no lo olvidaremos nunca. Pasarán los años; cambiarán las ideas, es posible
que haya nuevas fórmulas políticas. Pero yo guardo avaramente, para mi vejez,
estas palabras que me llenan de orgullo y que nadie podrá arrebatarme:
"Yo
fui amigo de José Antonio."
De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 217 a 220.