APOLOGÍA DE UN AMIGO QUE AÚN NO ERA CORRELIGIONARIO

 

Juan Ignacio Luca de Tena

 
Agradezco sinceramente a la dirección de la revista Y esta ocasión que me da para hablar de José Antonio y, lo que más me place en el requerimiento, de mis relaciones personales con él. Hoy le admiran todos, llegó a ser en vida y sigue siendo después de su martirio el ídolo de multitudes juveniles exaltadas de patriotismo y justicias totalitarias, a la hora presente muchos se vanaglorian de su intimidad: "Aquella tarde en el Café de Recoletos me decía José Antonio..." o "Cuando yo estaba con José Antonio en la Cárcel..."-, pero en realidad fuimos pocos los que gozamos de su amistad estrecha y estuvimos con él en la cárcel.

Cuando el General Primo de Rivera dejó el Gobierno, apenas conocía yo a José Antonio. Se había formado en torno a la figura del que poco antes regía en dictador los destinos nacionales una campaña rencorosa y vil donde se volcaron todos los calumniadores de oficio en la cobarde y fácil tarea de hacer leña del árbol caído. Se elaboraba al mismo tiempo la revolución contra la Monarquía y el escándalo en los periódicos republicanos e izquierdistas llegó a términos de procacidad tales, sobre todo contra el Dictador, que ni aun  pueden explicarse todavía por la inhibición de unos gobiernos que pretendiendo derivar a un régimen democrático y liberal, vivían sojuzgados por la anarquía y el libertinaje. La situación de José Antonio Primo de Rivera con su padre enfermo en París e injuriado a diario en los periódicos de España, era dificilísima. Si andaba todos los días a golpes podrían calificarle de violento y arbitrario y si se resignaba, de cobarde. Él resolvió todas las contingencias con una elegancia y dignidad tales que si no hubiera tenido posteriormente tan brillantes actuaciones, a aquella sola bastaría para acreditar su talento y su corazón. Daba bofetadas cuando hacía falta, pero jamás dio una que no estuviera justificada. Respondía públicamente y con la máxima gallardía al insulto personal y guardaba respetuoso silencio ante las críticas al político. Algunas veces, frente a un relanzamiento respetuoso contra algún aspecto de la obra de la Dictadura, sonreía con el escepticismo sin dejar traslucir lo que pensaba para sus adentros. Porque José Antonio -y esto lo ignoran quiénes no le trataron a fondo- era uno de los hombres más ponderados que han existido en la política española. Ponderado hasta en la violencia. Alguna vez he dicho que sus mayores violencias fueron siempre más inteligentes que pasionales.

Yo estaba conmovido y admirado por aquella actitud de buen hijo, tan gallarda e inteligente a la vez con que resolvía su difícil situación un hombre de veinticinco años. Y cuando apenas le conocía, se lo dije en una carta volcando mi corazón. No le sorprendía que un extraño hubiera podido comprender y sentir exactamente sus angustias de aquella hora, porque -decía- "También tú has sabido ser un buen hijo". Terminaba: "Tu amigo para siempre" y aquella carta suya, que ató con la mía los primeros eslabones de nuestra amistad, ostentaba por pura conciencia una fecha histórica para España e inolvidable para él: el 16 de febrero de 1930. Un mes después de escribirme José Antonio, fallecía en París el General Primo de Rivera. Tal coincidencia reforzó nuestro naciente afecto, que publicamos dos días después en la estación del Norte con un emocionado abrazo, me precio de creer que uno de los más efusivos dados en aquel trance por José Antonio, ante el cadáver de su padre. Desde entonces nuestro trato frecuentísimo no se interrumpió nunca. Poseía entre todas sus excelsas cualidades las de ser humano, cordial y alegre. Desde distintas trincheras hemos luchado los dos durante seis años contra la misma podredumbre que ahora está barriendo el ejército. Juntos nos tuvo en la cárcel durante el verano de 1932 la arbitrariedad rencorosa de Casares Quiroga y a mi lado le tuve con Ruiz de Alda y sus incipientes huestes de la Falange durante aquella huelga de 1934 en que todo Madrid era para mí un parapeto.

Justo un año antes, en marzo de 1933, cuando aún no existía la Falange, José Antonio y yo habíamos discutido públicamente en una polémica periodística que no dudo en calificar de ejemplar por la cortesía y cordialidad con que fue planteada y mantenida. En A B C se había publicado un artículo atacando al Gobierno de Azaña por la recogida arbitraria del semanario El Fascio y protestando al mismo tiempo contra "las amenazas y coacciones intolerables del socialismo frente a la lícita propaganda de los partidarios del fascio". Señalábamos en el mismo  suelto la objetividad de nuestro criterio, fundándolo en que no éramos fascistas. Replicó José Antonio: "Me duele que A B C, tan admirable diario, despache su preocupación por el fascismo con sólo unas frases desabridas en las que parece entenderlo de manera superficial" [1].

Le contesté y comenzó la cordial polémica. José Antonio defendía una doctrina yo atacaba una táctica. Su primera misiva terminaba así: "Cierro esta carta, no con un saludo romano, sino con un abrazo español. Vaya con él mi voto porque tu espíritu, tan propicio al noble apasionamiento y tan opuesto por naturaleza al clima soso y frío del liberalismo, que en nada cree, se encienda en la llama de esta nueva fe civil, capaz de depararnos, fuerte, laboriosa y unida, una grande España."

Era un requerimiento que yo no recogí entonces.

Pasaron los meses y los años sin que nuestra cordialidad se interrumpiera nunca. Fundó él la Falange. Seguimos, cada uno desde nuestra trinchera, luchando contra los mismos enemigos. La República se desprestigiaba día a día entre las ferocidades de "los auténticos" y las fofeces de la táctica radical-cedista. Y llegó con las elecciones de febrero del 36, la barbarie marxista erigida en sistema de gobierno. Comprendí entonces la razón plena de mi amigo y meses antes de comenzar nuestra cruzada contesté a su requerimiento de tres años antes, haciendo llegar hasta su celda mi efusiva adhesión. El 25 de mayo. José Antonio me respondía desde la cárcel: "Mil gracias por tu carta. Tienes razón cuando invocamos nuestros sentimientos comunes de hombres civilizados. Este es un espectáculo de barbarie nada sorprendente para quienes creemos en la necesidad de un orden nuevo y sabemos que el vigente no es más que un vivero de injusticias alternativas. Pero es bueno, siquiera, esto de sentirnos en la incomodidad (todavía me parece demasiado pomposo llamarlo persecución) porque en este aprendizaje nos hacemos fuertes para derruirlo y alzar sobre su ruina la España que quiere la Falange: una, grande y libre." Esta carta fue nuestra última relación personal. Hoy ya está en las estrellas y desde su luz se ilumina la tierra de esta España a la que tanto amó con el resplandor de aquel ideal de unidad.

¡José Antonio! ¡Presente en el afán de tus centurias y en el corazón de tus amigos! Guardo como una reliquia tu carta última donde me hablabas de la comunidad de sentimientos entre los hombres civilizados y frente a la barbarie. Es la clave de nuestra revolución nacional; comunidad, es decir: unión. Unión de todas las clases y de los españoles todos por encima de las clases, fundidas y apretadas como en un haz por el supremo interés de la Patria. Haga el cielo que cuando vuelva a reír la primavera y las banderas victoriosas retornen, no se turbe ya nunca la paz entre los españoles que hoy gritamos juntos, con los bárbaros todavía enfrente: ¡Viva España y Arriba España!

De  “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 213 a 215.

 



[1] Las cartas públicas entre José Antonio y yo, están publicadas en el libro “Hacia la Historia de la Falange” de Sancho Dávila y Julián Pemartín.