JOSÉ ANTONIO: PERO TODO JOSÉ ANTONIO

 

José María Pemán

 Luto nacional. Gasas negras en todos los balcones y dolor en todas las almas. No creo que habrá todavía quien se pregunte por qué. Sería villana la sola pregunta frente al caso palmario, frente a la evidencia dolorosa, de este muchacho que en la flor de la vida se lo da todo a la Patria: su santa cólera, su pensamiento claro, su decisión de servicio. Él metió rebeldía en muchos corazones jóvenes. Él dio a la violencia un sentido último: la apartó definitivamente de todos los sentidos cortos, ochocentistas -"pronunciamiento", "golpe de estado", "restablecimiento del orden"- y la disparó en un novísimo sentido de ímpetu estable, constructivo, hacia un recobro total de España.

¿Qué son muchos los que colaboraron a esta obra total y compleja que se llama el Movimiento Nacional? Cierto; y esta es su máxima garantía: lo que le asegura la plenitud de su objetivo "nacional", sin peligros de enfoques laterales o partidistas. En otros países los movimientos totalitarios han tenido, con geniales esfuerzos, que "nacionalizarse"; y en España, el Movimiento nació desde el primer momento "nacional"... pero en ese reparto de aportaciones a la gran síntesis nacional que es el Movimiento, a José Antonio le tocó una parte que, necesariamente, por su carácter de fermento, de ímpetu operante, de levadura, estaba destinada a dar a su creador categoría máxima de símbolo nacional.

El ejército, sin el que no había rebeldía nacional posible, necesitaba para la gloriosa decisión una seguridad de ambiente civil que la Falange de José Antonio le dio. Necesitaba algo que devorase todo escrúpulo de "pronunciamiento". El glorioso tradicionalismo español era, en su parte activa, un cuerpo de ejército más, que necesitaba la sublevación del resto del ejército; en su parte intelectual, una doctrina eterna, que necesitaba para ser del todo operante unirse a un estilo vivaz y realista. La magna obra cultural de los mártires de Acción Española -Maeztu, Pradera- era una construcción perfecta que necesitaba ágiles ruedas para caminar. A Maeztu le oí mil veces su preocupación por el "enganche" de sus ideas con la calle, o al menos con la elite en marcha. Le asustaba el hermetismo inoperante de todo cenáculo. Temía demasiado lento, para la urgencia de España, el paso de rodeo solitario de L'Action Française o del integralismo portugués.

Frente a este panorama certísimo, única verdad desapasionada y serena, ¿cabe actitud más pueril que hablar de "tuyo" y "mío" en ese glorioso colectivismo nacional del Movimiento, y presentar cuentas medir servicios y comparar muertos? Todos necesitaban de la Falange como la Falange necesitaba de todos; esa es la única y feliz verdad. La Falange fue para todo lo demás, complemento último, puesta en marcha. Se dice que "eran pocos". Naturalmente. Eran los que tenían que ser: pocos, jóvenes y rociados por toda España; como la sal, como la levadura.

Para no ver esto que es lo que explica la preeminencia nacional, simbólica, que hoy se da en la figura de José Antonio, hay que tener la mente nublada de prejuicios. Si se deja uno llevar por una ingenua intuición política, todo parece claro, natural. A mí me basta leer los magníficos libros doctrinales de Maeztu o Pradera y los Discursos de José Antonio, para ver de modo evidente cómo se necesitan y se reparten la tarea. Aquellos son la doctrina; éstos son el manifiesto. En aquellos hay toda una arquitectura de ideas; en éstos una veintena de consignas agudas y decisivas. En aquellos libros, como en los cuarteles, como los centros políticos de la extrema derecha, se preparaba la sublevación. José Antonio estaba sublevado ya.

El instinto popular de los primeros días fue más certero que toda posterior disputa de méritos y prominencias. Dio a "cada uno lo suyo" con una magnífica precisión disyuntiva. Desde el primer momento se puso las fechas en la solapa, recortó de un diario el retrato de José Antonio, vitoreó con delirio al ejército y a Franco, exigió la bandera roja y amarilla y pidió la vieja Marcha Real. Esta fue la legislación espontánea del pueblo, seguida luego por la sabia legislación del Caudillo. Esta decisión homogénea, totalitaria, instintiva, donde a cada uno, Ejército, Falange, Tradición, se le reconoció lo suyo. Sin traicionar el 18 de julio no se puede poner pleito a esa exacta y espontánea partición.

Y en esa partición, desde el primer momento, a José Antonio le correspondió el retrato recortado y pegado con amor en la pared hogareña. Nacional fue, espontáneamente, su exaltación: como hoy, legislativamente, lo es su luto. Su puesto de profeta, de precursor, no se lo tuvo que inventar nadie. Se lo dieron todos el 18 de julio. Pero se lo dieron porque con inequívoco instinto percibieron todo lo que la figura y la obra de José Antonio tenía, con el Movimiento, de eso: de síntesis nacional.

Muchos no conocieron y admiraron de José Antonio más que lo más visible y ostentoso de él: el gesto, el brinco valiente, el puño duro. Ahora, al irse reconociendo sus ideas, van viendo que en ellas estaban, en consignas agudas, todos los fundamentos que hacían su puño, brinco y gesto, vehículos de una exacta síntesis nacional. Basta su definición del hombre como "portador de valores eternos" y de la Patria como "un quehacer en lo universal", basta su deseo de cimentar toda la política sobre el "respeto a la persona humana" que fue redimida por Dios, para hacerla, no sólo compatible con todos los elementos de esa síntesis, sino empuje operante de todos ellos". Estará ciego quien no vea que la idea de José Antonio está a cien leguas de todo estatismo, de todo nacionalismo, de todo paganismo: de todos los peligros de los regímenes totalitarios laterales y parciales. Por la fuerza secular de la tradición cristiana española, aséptica y limpia, por obra de inquisidores, reyes y teólogos, nace teniendo resueltos los problemas que van solucionando lentamente los otros movimientos totalitarios. Suyas son desde la primera hora todas las difíciles armonías: la armonía de lo universal con lo nacional; de la Cultura y el Espíritu, con el Estado fuerte y creador; de la libertad de la persona con la disciplina castrense y servicial.

Y esto fue así, pudo ser así, precisamente, porque la figura de José Antonio llevaba en sí todos los componentes de facetas de esa armonía. Al servicio de su síntesis ideológica, él era una vigorosa síntesis humana. No falta quien he creído que esto, que es precisamente su mayor excelencia, era su mayor peligro. Obsesionados por modelos extranjeros piensan que el caudillaje de estos movimientos tiene que ser obra de figuras primarias, elementales y acaso proletarias. Creen que entorpecía su misión lo que José Antonio tenía de jurista, de intelectual, de marqués, de hombre de libros, de hombre de mundo. El mismo se preocupaba a veces y se ponía en lucha interior: quería disimular la propia riqueza sintética de su persona; quería simplificarse. Luchaba con su sentido crítico. Y no: de ese sentido crítico, de esa complejidad de su ser nacía toda la amplitud comprensiva que hace su obra "nacional" y la pone de un brinco sobre todas las visiones laterales, partidistas y polémicas.

Por lo que tenía de jurista, por lo que tenía de intelectual, salvó desde el primer momento su idea de todo aplastamiento estatal y hegeliano. Por todo lo que tenía de hidalgo jerezano, de buen Orbaneja labrador, comprendió profundamente al pueblo. Por lo que tenía de aristócrata, no cayó en demagogia. No reneguemos de ninguna porción de su figura. No hagamos un José Antonio de lado, de busto o de perfil: sino de cuerpo entero.

Porque Dios le dio calibrada y dosificadamente todo, para que fuera Profeta y Precursor “nacional”. Por eso “nacional” ha de ser su luto. Luto de todos: sin cabecera de duelo ni mayores dolientes. Yo, el 20 de noviembre, con la cabeza, porque le admiraba; con el corazón, porque le quería, llevaré luto por José Antonio. Pero por todo José Antonio: por el precursor, por el patriota, por el valiente. Y también por el jurista, por el intelectual, por el poeta. Y también por el marqués de Estella, grande de España.

 (A B C, 20 de noviembre de 1938)

 

 

De “DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 144 a 146.