JOSÉ
ANTONIO Y EL SENTIDO DE LA HISTORIA
Pedro
Laín Entralgo
Cada
vez que la guerra trae un giro nuevo o la vida de la retaguardia muestra un
lance político que contraería deseos o previsiones, dibújase en muchos de los
españoles dos posturas ante la Historia, por encima de las cuales -a mi
entender- debe estar el Nacionalsindicalismo. Tal vez valga la pena hablar un
poco sobre ellas ahora que todos sentimos sobre nuestras cabezas el viento
tremendo de una decisión histórica sin precedentes.
Una de las actitudes consiste en atribuir consecuencia rigurosamente lógica -pensando con la lógica ideada por los hombres- al acontecer histórico. Unas veces, el hombre atribuye a su voluntad la influencia determinante sobre los sucesos de la Historia. Otras, piensa y cree en una voluntad superior a él, pero por él conocida. La historia adquiere entonces una especie de consideración matemática y los siglos se convierten en teoremas gigantescos dentro de los cuales son los acontecimientos como períodos obligados de una demostración rigurosa. " Tales " premisas históricas deben dar lugar a “ tales “ resultados. Así ocurre en las épocas de racionalismo exclusivo o dominante, aun cuando tal racionalismo vaya a veces disimulado bajo la palabra Providencia. Cuando Boussuet escribió su " Discurso sobre la Historia Universal ", cuyo entronque con la " Ciudad de Dios " agustiniana no puede hacerse sin ninguna reserva, todos los acontecimientos parecían influir por canales predestinados hacia el término final de la Monarquía absoluta de Francia. Max Schéler ha escrito sobre esto algún sabroso y agudo comentario. Del mismo modo, cuando Carlos Marx, racionalista al fin en su materialismo dialéctico, predecía la dictadura del proletariado como término final de su concepción de la Historia, los hechos se irían a los hechos con la apariencia de un rigor análogo al de todas las leyes nacionales. No es que yo, católico, mida por un mismo rasero estimativo a Bossuet y a Carlos Marx, es que yo, nacionalsindicalista no admito que la Historia tenga la unívoca interpretación de un racionalismo, llámese -con alguna falsedad- providente o, con justificación plena, materialista. Esta es, en definitiva, la falsa postura de los que creen que la Historia de España sólo puede transcurrir con arreglo al plan por su ambición racionalista prefijado. Y conste, para evitar erróneas interpretaciones, que de estos los hay tanto en nuestras filas como fuera de ellas.
Otra
postura equivocada, seguramente más peligrosa, consiste en pensar que la
contingencia o el acontecimiento históricos poseen absoluta originalidad.
Entonces, la Historia -en lugar de aparecer como sucesión matemática- es a
modo de torrente de acontecimientos regidos por las falsas leyes del azar. En
definitiva, esta es la posición del revolucionario puro, el cual se acerca más
que ningún otro al anarquista. Pero el germen de una creencia tal, existe en
muchos que distan leguas de considerar anarquistas. Para todos ellos, la
libertad humana alcanza monstruosa hipertrofia y cada generación, por el hecho
de actuar sobre su tiempo, cree poseer la clave y el dominio de toda la Historia
que ha de seguir tras ella. Cualquiera que recuerde la significación histórica
del movimiento que en Alemania se llamó Sturm
und Drang, advertirá claramente que, dentro de su romántica belleza,
encerraba como núcleo ideológico la improvisación en lugar de la norma. Esto
es, una deificación monstruosa de la libertad humana. En tal caso, no rige la
tradición ni el ejemplo de los mayores, cuya ejemplaridad es referida a "
otro mundo ", y en consecuencia reconocida inválida. Si pudiese darse en
la realidad la democracia perfecta -lo cual es imposible; todo el mundo sabe que
las llamadas democracias liberales son tan sólo sucias mistificaciones de lo
que proclaman ser- tendríamos una imagen de ese modo de entender la conducta de
los pueblos, con un plebiscito electoral para cada posibilidad histórica.
La verdad humana está sobre una y otra de dichas actitudes: sobre la fatalidad y la improvisación. El hombre es libre, pero no absolutamente, sino sólo dentro de sus posibilidades. Los pueblos son también libres -a través, desde luego, de sus hombres conductores-, lo mismo en las llamadas democracias que en las épocas cesáreas, pero únicamente dentro de ciertos límites. La historia tiene grandes esquemas de validez universal, pero el pormenor de los sucesos que forman la trama menuda de tales esquemas está sujeto a contingencias humanamente interminables. He aquí unas cuantas verdades a las cuales debemos atenernos cada vez que nos situamos ante sucesos históricos, nuestros o ajenos. Este es el sentido que alienta en las mejores lecciones de José Antonio. Cuando, por ejemplo, nos prescribía buscar ejemplo en nuestros mayores -cuando ellos fueran ejemplares-, con ánimo de adivinación y no de plagio. Cuando dijo: "Queremos que los pueblos de España, por diversos que sean, se sientan armonizados en una irrevocable unidad de destino"; enlazando con magistral sabiduría la voluntariedad del querer con la providencialidad del destino. Cuando, en fin, escribió estas otras palabras: " La revolución no es el pretexto para echarlo todo a rodar, sino la ocasión quirúrgica para trazarlo todo de nuevo con pulso firme, al servicio de una norma." Lo que en la palabra revolución hay de libertad violenta y ambiciosa, se coloca en José Antonio al servicio de un católico destino, de una norma integralmente humana. Y no otro es el sentido que alienta en la entraña de todos los dichos y todos los hechos del Caudillo. Tales son las verdades por las cuales nosotros, los nacionalistas, superamos la disyuntiva entre fatalidad e improvisación, con las cuales hacemos impetuosa y pacientemente, como con palabras del viejo Platón dice nuestro juramento, la historia de esta hora española.
( Patria, 20 de noviembre de 1938)
De
“DOLOR Y MEMORIA DE ESPAÑA” Ediciones Jerarquía, 1939. Págs. 106 a 108.