Últimos días de José Antonio

 

A las seis de la mañana del día seis de junio, se entablaba este diálogo entre la cárcel de Alicante y la dirección General de seguridad:

-¿El señor director?

- Al habla ¿quién llama?

- El comisario encargado del traslado de los presos de la cárcel Modelo

¿Que hay?

- Que hemos llegado sin novedad. Los dos presos están ya en poder del director de la cárcel y servicio ha quedado cumplido.

- Muy bien; le felicito por su comportamiento y se tendrán en cuenta sus servicios.

- Muchas gracias. A sus órdenes siempre, señor director. Adiós.

El acto de la entrega se hizo con las formalidades que el caso requería. Llegó el director de la cárcel, entre acobardado y satisfecho, se procedió en su presencia a rellenar las fichas de los dos presos y los guardias se encargaron de conducirlos a sus celdas, después de cachearlos minuciosamente. Pasaron el rastrillo e ingresaron en la galería común de la prisión. Al principio la incomunicación fue completa.

El jefe de la cárcel sospechaba de todo. Le habían recomendado prudencia, vigilancia, celo y estaba, abrumado por el peso que le había caído encima. Era, desde luego, un hombre de la completa confianza del Director General, un antifascista.

A los pocos días se concedió a los presos permiso para recibir visitas pero todas sus conversaciones eran vigiladas y anotadas. A pesar de esta mediatización, del exterior llegaban rumores, que acusaban cada vez más cercano el alzamiento nacional. La noticia del asesinato de Calvo Sotelo se supo al día siguiente de realizado el crimen. Con los familiares de los presos aparecían en la prisión camaradas dispuestos a todo, que servían de enlaces y llevaban las consignas necesarias para el momento decisivo. Los funcionarios del cuerpo de prisiones eran personas preocupadas por conservar su colocación, que se contentaban con hacer cumplir con el reglamento, sin extremar brusquedades ni molestias.

José Antonio hacía la misma vida que los demás presos. Por la mañana al toque de diana se ponía en pie, cogía la escoba barría la celda, traía el agua necesaria para todo el día y recibía la visita del inspector. A medio día el rancho, un rancho sucio que fue haciéndose cada día más escaso y nauseabundo, nunca quiso aceptar ayudas ni excepciones. Después la distracción de las visitas, una hora de paseo a través del patio, sembrando siempre el ideal entre los compañeros desconocidos y cambiando impresiones con los conocidos y la lectura de los periódicos, que se pasaban de celda en celda.

Tomado de la Revista Flechas y Pelayos, 1939.

Autor: Fray Justo Pérez de Urbel

Ilustraciones de Aróztegui

Capítulo II