La vida de la cárcel II

Había un individuo de rostro duro y procaz, que se presentaba con frecuencia en la cárcel, preguntando por la vida que en ella hacia el jefe de Falange. ¿Qué relaciones tiene? ¿Qué periódicos lee? Que personas trata? Los milicianos le miraban con respeto. Le hablaban como se habla a una persona de categoría.

Buenos días de Federico... Mande Usted Sr. Enjuto... Haremos lo que Usted nos diga Sr. Juez....

Un día, este don Federico Enjuto, que por lo visto era juez, se presentó a José Antonio diciéndole:

Tengo el encargo de incoar el proceso de usted, de su hermano Miguel y de Margot, la mujer de su hermano.

Comprendo que tengan ustedes algo contra mi, -dijo él- lo que no puedo explicarme, es porque quiere procesar a mis hermanos.

Si usted es jefe de la rebelión, sus hermanos son sus auxiliares.

Y, como yo no soy jefe de la rebelión, es evidente que mis hermanos no puedan ayudarme en ella.

Bueno; no voy a discutir aquí con usted; aquí tiene una lista de abogados para que escoja su defensor.

Como soy abogado, no necesito escoger; yo me encargo de la defensa de los tres. ¿Cuándo será la vista?

Ya se le comunicará con tiempo.

El anuncio se hizo en la madrugada del día 16. Un oficial entre la cárcel y, dirigiéndose a la celda de José Antonio, le dijo: tiene usted una hora para preparar el sumario. Y empezó a leer folios y folios, a anotar y a extractar. Apenas tuvo tiempo para leer los treinta y cinco folios de que constaba el sumario. Se le quería humillar, se le quería confundir en aquella última lucha, que organizaban sus enemigos para llevarle a una muerte segura.

La expectación era enorme. Los periódicos rojos anunciaban con grandes titulares aquel proceso famoso y en los frentes y en las calles se hablaba de él con apasionamiento.

Aquella misma mañana se vio en el banquillo a los tres acusados. Más que un reo; José Antonio parecía el juez de sus acusadores. Nada puede igualar al ingenio, al dominio de sí mismo, a la habilidad, a la serenidad con que disputó la vida de sus hermanos a la fiera en acecho.

Y como la de sus hermanos, defiende también su vida, que es de Dios y de España. Habla con voz clara, con ademán preciso. La animación del discurso va borrando la palidez primera de su rostro y poco a poco se exalta, se transfigura. Los milicianos, los pistoleros, escuchan embobados y empiezan a comprender, demasiado tarde por desgracia, el encanto de la verdad. Con calor desinteresado, expone una vez más su doctrina, exalta la grandeza de España, desenvuelve y pondera toda la grandeza humana y fraterna del ideario de Falange y presenta como bases de paz y de prosperidad, los tres grandes postulados de Patria de Pan y de Justicia.

Muchos ojos se humedecen, muchos corazones se impresionan y los mismos jueces están tan impresionados que tienen que hacerse violencia para desoír la voz del reo. El jurado delibera. También él está ganado por aquella voz amiga y noble. Pero hay presiones; hay odios, hay intereses que luchan para que se cometa el más inícuo de los crímenes.

 

Capítulo V