La vida de la cárcel

Aquellos días de encierro se hacían eternos. ¡Lo que hubieran dado los dos presos por unirse a los primeras fuerzas que acudían al Alto del León o a Somosierra, o por morir con los héroes del Cuartel de la montaña! La comida empezó a hacerse escasa y mala; faltaba el local y todo era insuficiente. En una prisión construida para ciento cincuenta personas tenían que meterse más de mil. Se dormía en los pasillos y en los patios, y el hacinamiento aumentaba cada día.

Los milicianos entraban y salían jactanciosos, insultantes, provocadores. ¡Canallas, bandidos, fascistas! Decían, elevando sus ojos llenos de odio sobre los dos hermanos. Y delante de ellos comenzaban a comentar con feroz alegría el último bulo que acerca de la guerra habían imaginado sus dirigentes: "¡Oviedo ha caído en nuestro poder! ¡Nuestras fuerzas llegan a Huesca por el este, y en el frente del norte amenazan sobre Vitoria...!"

En la cárcel muchos empezaban ya a vacilar pero José Antonio sostenía su fe en el triunfo de la causa de España. Su fe era ciega, absoluta. No admitía ni la posibilidad de que los nacionales fueran vencidos y no tardaba en descubrir las contradicciones de los rojos, sus deslices geográficos, sus mentirosas fanfarronadas.. Había tratado a Franco y conocía de lo que era capaz.

Tenemos el hombre, decía con un acento que llevaba la convicción a los más vacilantes. ¡España ha encontrado el hombre providencia!

Esta actitud resuelta llegaba producir la incertidumbre hasta en los fanáticos de las filas enemigas.

Mira, fascista, le dijo un día un miliciano, enseñándole un periódico rojo, húmedo todavía con la tinta de la linotipia; lee y verás a donde has llevado tus gentes.

No creo nada de todo eso.

¿Vas a saber tú más que el papel escrito con letras de molde?

Te digo que no creo nada: por lo que veo ahí, se dice que los rojos luchan victoriosos con los nacionales en el Guadarrama; y a renglón seguido el periodista afirma que están a las puertas de Valladolid. Ni tú, ni el periodista sabéis que de Valladolid a Guadarrama hay más de cien kilómetros..

A estas razones los exaltados no tenía más contestación que la violencia. El dos de agosto, un grupo de maleantes que purgaban en la prisión delitos comunes, queriendo congraciarse con los milicianos que montaban la guardia, empezaron a agitarse ruidosamente cubriendo de insultos a José Antonio y a su hermano. Su intención era provocar una actitud de violencia de la que el fundador de la falange hubiera podido salir mal parado.

Entonces José Antonio recordó que tenía una pistola, retrocedió sin perder de vista al grupo de los amotinados, resguardo la espalda contra una de las paredes del patio, y el rostro herido y las manos en el bolso, aguardó la agresión mirando despectivamente a los que le insultaban. Nadie se atrevió avanzar hacia él. El grupo se comenzaba disolver cuando aparecieron los guardias de salto armados de vergas y estacas.

Capítulo IV