Últimos días de José Antonio, II

El día 18 de julio, al anochecer, un oficial de prisiones entra en la celda de José Antonio y le dijo:

-Vengo a interrumpir su tarea.

-Usted dirá.

-No puede continuar aquí.

-Igual me da un sitio que otro.

-Pues recoja sus mantas y sus papeles y haga el favor de seguirme. José Antonio obedeció sin protestar; y caminando detrás de aquel hombre, se dirigió hacia otra celda que estaba en la primera galería, sobre cuyo dintel se leía: Número 10. Dentro se encontró a Miguel. Los dos hermanos se abrazaron, sin decir una palabra. El oficial les indicó sus jergones respectivos y corrió el cerrojo, después de pronunciar estas lacónicas palabras:

Son órdenes superiores. Desde hoy quedan ustedes rigurosamente incomunicados. Ya no podrán disfrutar el diario paseo, ni recibir cartas ni visitas.

Al quedarse solos los dos hermanos se cursaron una mirada interrogativa.

¿Que significa todo esto? preguntó Miguel.

Una de dos; o que ha estallado el movimiento, o que ha abortado. Yo creo que ha llegado la hora santa de España.

Eso explicaría los rigores que toman con nosotros; pero, ¿por qué nos meten a los dos en la misma celda?

Sencillamente, porque otros camaradas nuestros van a ocupar las que hemos tenido hasta ahora. Las cárceles se van a llenar de hombres honrados y de buenos españoles.

Aquella incomunicación duró una semana. Era horrible no saber nada de lo que sucedía en el exterior; y debía suceder algo grave, porque se oían gritos, cañonazos, estampidos de bombas. Toda las apariencias parecían desalentadoras. A los dos días, los oficiales de prisiones fueron sustituidos por unos individuos que cruzaban el patio llenándole de blasfemias y palabras soeces y descargando sus pistolas por cualquier capricho. Unos vestían viejos monos, otros cubrían su pecho con camisa roja, otros llevaban los vestidos más absurdos y estrafalarios. Eran los milicianos, que miraban en José Antonio una víctima segura.

Por ellos supo el las primeras noticias de la guerra, noticias fantásticas y absurdas, relatos de triunfos inverosímiles: que las fuerzas rojas habían entrado en Valladolid, que estaban a punto de caer sobre Burgos, que los separatistas de San Sebastián habían acercado Vitoria, que los soldados de Franco se entregaban por millares y que en cosa de horas o de días quedaría dominado el Movimiento.

José Antonio leía, trabajaba, escribía, sin perder un instante su serenidad. Hombre de realidades, no se entregaba a optimismos exagerados, pero ni un instante se le ocurrió perder la esperanza. Sabía que se necesitaba una revolución, una revolución impregnada en un hondo sentido nacional; y así se lo decía a los milicianos, aprovechando cualquier ocasión para realizar su labor proselitista. Cuando alguno de ellos venía a anunciarle una pretendida victoria, le replicaba sonriente: Peor para vosotros; mientras no aceptéis nuestra bandera, no habrá para vosotros paz ni bienestar.

Capítulo III