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CUP; los nietos de la Ira
José García Dominguez
Diario "El Mundo"
 

Dibujo: Carlos Rodríguez Casado

 

A diferencia de cualquier otro lugar de Occidente, los herederos sentimentales y políticos del independentismo combativo y del asambleario anarquismo catalán, forman parte en Cataluña de la mayoría parlamentaria que sostiene al Gobierno. Las CUP son una muy dispersa constelación de radicalidades juveniles, utopismos mesiánicos, extremismos esencialistas y fundamentalismos identitarios con unas raíces que no sobrepasan el ámbito local, o como mucho, comarcal. Viven sus cinco minutos de gloria pero su techo es de cristal. Según las encuestas, si hay elecciones tras el 1-O, perderían la mitad de su representación.

 

Lo primero que conviene saber de la CUP es que la CUP no existe. Existen las CUP, así, en plural. Un plural en forma de paraguas bajo el que se cobija una miríada de grupos, la mayoría de ellos de estricta implantación local o, como mucho, comarcal, cuyo nexo común reside en encarnar la versión contemporánea de dos tradiciones políticas muy antiguas en Cataluña. Por un lado, las CUP son el resultado organizativo de la herencia sentimental y política del independentismo combativo, el eufemismo que se utiliza siempre en la órbita intelectual nacionalista para hacer referencia al terrorismo de estricta obediencia autóctona. Por el otro, las CUP se singularizan por practicar una suerte de revival del estilo asambleario y ateneístico propio del más añejo anarquismo catalán. Unos modos y unas formas, los característicos del movimiento libertario del primer tercio del siglo XX, que después tendrían una efímera continuación con los brotes contraculturales de finales de los 60.

Así las cosas, del mismo modo que Ciudadanos, el Ciudadanos germinal, fue una reacción casi desesperada tras la claudicación del PSC frente a los nacionalistas cuando la formación del primer tripartito -el de Maragall-, la súbita irrupción desde la nada de las CUP respondió a una irritación opuesta, la de las bases de ERC a raíz de la firma del segundo tripartito -el de Montilla-, algo percibido en esos ambientes poco menos que como una traición a la causa.