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Perspectiva Azoriniana
Manuel Parra Celaya
Boletín "Lucero"
 

 

“Hay algo en José Antonio que no se puede expresar. 
Advertimos la dulce atracción magnética
que nos lleva hacia su persona,
y no podemos concretarla”.

Azorin

 

 Nos sigue sucediendo lo mismo a muchos españoles de hoy, incluso por encima de opiniones políticas concretas, de afinidades ideológicas, de militancia o intenciones de voto. Sin ir mas lejos, hace escasos días me fue dado escucha en el Valle de los Caídos. Como un joven padre de familia explicaba a sus hijos a quien respondía el escueto nombre grabado en una losa de mármol frente al altar mayor de la basílica, y acertaba bastante.

Cuando abrimos los dos volúmenes de sus Obras Completas, en busca de una cita, o mejor de un fundamento, advertimos en nosotros dos percepciones ¿contradictorias?  Que nos suelen embargar  ante cualquier clásico: la lejanía inexorable del tiempo y la proximidad viva de una esencialidad. La primera, referida a la historia, la segunda, afianzada en lo permanente. Acaso les sea difícil a algunos emancipar la una de la otra.

La atracción magnética a que se refiere el gran escritor de Monóvar abarca ambas dimensiones, pero es necesario aplicar ahora un tercer criterio, que no es otro que el de acudir a nuestra constante condición de discípulos, de un maestro lejano y ya no, en modo alguno a la de seguidores de un jefe. Este inquietante matiz recibe el nombre de fidelidad. Fidelidad a un ejemplo de vida y a un arquetipo de conducta de pensamiento y de estilo.

Sabemos –porque el mismo dejó constancia de ello en sus palabras, que en José Antonio presidió siempre la inquietud del intelectual que siente la necesidad de revisar constantemente sus propias afirmaciones, de no dar por acabado y definitivo lo que, por propia definición, debe acomodarse a nuevos estudios y a nuevas intuiciones, y a la circunstancia cambiante; y no sólo en lo tocante a estrategias políticas –tan mudables ayer, hoy y siempre- sino en el rigor de un pensamiento que siempre, debe presidir a aquellas.

La calidad de fiel discípulo implica además, la posibilidad de la crítica y de la discrepancia sutil con el maestro; y el enriquecimiento de lo que este nos legó con otras aportaciones posteriores en el tiempo, si es que pretendemos que la herencia siga siendo actual.

La pregunta que debemos hacernos continuamente, para que ese magnetismo no se convierta en idolatría, no es que dijo o hizo José Antonio, sino que diría o haría  si viviera en la actualidad. De ahí viene recurrir a lo esencial  y no a lo coyuntural o contingente.

Volvamos a Azorin, cuya cita preside este artículo; el nos presenta a los clásicos –Calixto, Melibea, Celestina, Alonso Quijano… -pero otorgándoles la vida posterior que el tiempo de ficción, en su caso, les negó; nos los trae redivivos, actuantes entre nosotros, acaso como nunca supusieron sus creadores, ya convertidos en polvo. Por eso, nuestra lectura se enriquece, se hace viva, porque hemos sobrepasado la determinación fatal que puso fin a su andadura. José Martínez Ruiz, en una palabra, re-crea, re-inventa, a los clásicos, sin que estos pierdan ni un ápice de su calidad de tales.

Acudamos nosotros a re-crear, a re-inventar a José Antonio Primo de Rivera, en lugar de dejarle que repose en un estante polvoriento y olvidado –y, pero, entre anacronismos- de una vieja biblioteca.