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España, del ser, a la nada

Fernando García de Cortazar

Diario ABC

 

 

 

¿Qué es lo que le ha ocurrido a España en todos estos años? ¿Cómo es posible que aquella nación cuya elite se interrogaba con tal pasión sobre sí misma, haya asistido a la rendición sin condiciones de toda decencia intelectual, de todo compromiso elemental con la comunidad en la que se vive?

Cuando el siglo XX emprendía su atormentado viaje por la historia, España vivió en la atmósfera tensa de un golpe de conciencia. Los intelectuales formados en la tradición regeneracionista y alimentados por el ejemplo literario y crítico del grupo del 98, lanzaron el grito con el que el joven Ortega deslumbró a sus contemporáneos: «Dios mío, ¿qué es España?». Aquella promoción culta, aquella vanguardia de ciudadanos plenamente insertos en la lógica de su tiempo, animó un debate de altura sobre todos los aspectos de la grave interrogación del catedrático madrileño. La reforma política, la modernización económica, la apertura de la universidad a las corrientes científicas europeas, la meditación sobre el lugar de España en la historia y la exigencia de construir una empresa colectiva que permitiera a los españoles de hace cien años confiar en la pervivencia nacional.

El ser de España se analizó, se describió obsesivamente. Se buscaron genealogías intelectuales para afirmar los valores precisos que delimitan una conciencia de país en diversas tradiciones políticas e ideológicas. Se desataron duras polémicas entre profesores, ensayistas y dirigentes políticos por establecer el carácter de una vieja nación a la que impulsar hacia su plena congruencia con la civilización occidental del nuevo siglo. Lo que nos conmueve, en estos momentos de quiebra de todo lo obvio, es que nunca dejó de proclamarse la existencia real de España. Todas las disputas compartían una misma ambición patriótica. Y los que participaron en ellas, desde la extrema izquierda de simpatías por el movimiento libertario o el ideario socialista, hasta el españolismo tradicionalista o el regionalismo integrador, pasando por el republicanismo y el monarquismo alfonsino, discutieron con singular aspereza porque todos ansiaban proponer una imagen propia de España. A tan corta distancia en el abismo de la historia, a solo un siglo de aquel escenario, la nación era lo único indudable, a la que se ofrecían proyectos, herencias y tradiciones, una gran convocatoria que la llamara a empuñar la convicción de su destino.

¿Qué es lo que le ha ocurrido a España en todos estos años? ¿Cómo es posible que aquella nación cuya elite se interrogaba con tal pasión sobre sí misma, haya asistido a la rendición sin condiciones de toda decencia intelectual, de todo compromiso elemental con la comunidad en la que se vive? No ha sido solo la crisis, que ha proporcionado las condiciones ambientales para que una infección cultural latente hiciera estallar a la luz del día sus síntomas pavorosos. El deterioro de nuestra conciencia nacional y la corrosión de nuestro sentido histórico habían empezado mucho antes como efectos secundarios indeseables y perfectamente evitables de aquel espléndido periodo de acuerdo entre adversarios que fue la Transición.

Nos atemorizaba tanto la inflamación escenográfica del patriotismo; sentíamos tanta y tan justa repugnancia por la mitología tribal del nacionalismo, que pecamos de un exceso de discreción y de una prudencia mal entendida. Creímos que bastaría con aquel encuentro jubiloso de compatriotas al final de la dictadura, y que sobre aquella ilusión esperanzada podríamos levantar una serena y perdurable conciencia de españolidad. Pensábamos, porque éramos ingenuos y generosos, que el juramento pronunciado en aquel límite de la historia se había hecho con sinceridad y poniendo el alma en el compromiso de preservar nuestra nación. Consideramos que unas instituciones construidas por todos, una autoridad aceptada por la ciudadanía y el empeño constitucional en crear una patria izada sobre la justicia, harían que el significado de España se mantuviera firme avanzando con las otras naciones de Occidente hacia la unidad de los europeos.

Pero no fue así. La crisis ha mostrado hasta dónde había llegado ya el desguace orgánico de España. Hasta dónde se había erosionado el fundamento de lo que nos permite existir como una sociedad cohesionada. Aquella angustia quizás excesiva de comienzos del siglo XX, que llevó a extensas reflexiones sobre el ser de la nación se convirtió en frívola despreocupación por España. Solo parecía interesar el andamiaje institucional del que habíamos dotado a los ciudadanos. Solo atraía el procaz materialismo que detectaba los índices de bienestar del país en los que, con sorprendente carencia de rigor, se prescindía de la seguridad personal que comporta vivir en una nación resguardada por su envergadura histórica y su soberanía. Se le negó a España su nombre, vejándola con el ridículo apelativo de Estado español. Se perdieron símbolos identificadores. Se desmanteló una historia común, que pasó a debilitarse cuando los adolescentes españoles fueron educados como si su verdadera nación fuera su comunidad autónoma. Los valores que inspiraron nuestra vida compartida durante siglos fueron reducidos a escombro inerte.

Nadie se permitió este juego en la Europa en la que estamos más como una sociedad agrupada en relaciones revocables que como una nación digna de ese nombre. No podemos imaginarnos a Francia matizando siquiera el concepto de Estado, de Nación y de República que a todos integra en una misma vigencia política y cultural. Nadie puede pensar en Alemania sofocando su nervio de comunidad indiscutible, a pesar de que llegara mucho más tarde que nosotros a constituir su marco estatal. Nadie entiende lo que nos está ocurriendo, en especial cuando tantos ciudadanos de países más recientes con una cultura sin nuestra proyección universal, contemplan admirados el espléndido trayecto que España ha trazado en la historia de nuestra civilización. Lo que nos pasa, sencillamente, es que no hemos sabido defender lo que creíamos a salvo. Lo que nos sucede es que estamos pagando las inmensas pérdidas de la fraudulenta inversión intelectual que una elite irresponsable ha venido haciendo en nuestro nombre.

Y nos va a salir muy caro todo ese tiempo de arrogante ligereza, abdicación moral y extravío cívico a que ha sido sometida España. Porque ahora, cuando convergen una crisis económica brutal, una dislocación abrumadora de la sociedad, una impugnación indecente de la unidad nacional y una extenuación de los valores que nos dieron sentido en otro tiempo, nos enfrentamos a todo ello desnudos, sin recursos que oponer a la nulidad de nuestra existencia en común. Ahora es cuando nos hace falta ese patriotismo que tantos creyeron innecesario. Ahora es cuando precisamos de ese sentimiento de pertenencia abolido con insufrible desidia. Ahora, la conciencia nacional extinguida habría de proporcionarnos la fuerza indispensable para enderezarnos desde la adversidad.

Y habrá que remediarlo: o el ser o la nada. Ese es el dilema que los españoles deben resolver. Camus dijo que solo existe una cuestión filosóficamente seria: la del suicidio. Lo demás, si la constitución tiene este o aquel artículo, si el programa de gobierno propone esta o aquella reforma, si la deuda soporta este o aquel porcentaje, son cuestiones que hay que responder después. Primero, hay que contestar a lo esencial. Si vale la pena que España viva o deje de hacerlo, a sabiendas de que no todos entendemos lo mismo por vivir como nación, por existir como destino, por respirar en el aire de la historia.


 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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