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José Antonio, hoy

Pedro Laín Entralgo

ABC, 20 noviembre, 1947

 

 

 

La actitud espiritual de José Antonio frente al problema de España tuvo gran parte de su fundamento en una idea de la situación histórica de Europa desde hace algunos lustros “la nueva invasión de los bárbaros” fue su fórmula definitoria. Referíase José Antonio, como es obvio, a la creciente marea del comunismo. ¿Que cabe hacer frente a ella?  ¿Cómo se debe ser anticomunista? Su respuesta fue un dilema. “Hay dos tesis, la catastrófica que ve la invasión como inevitable  y da por perdido y caduco  lo bueno, la que sólo confía  en que tras la catástrofe, comience a germinar una nueva Edad Media, y la tesis nuestra, que aspira a tender un puente sobre la invasión de los bárbaros, a asumir sin catástrofe intermedia, cuando la nueva edad  hubiera de tener de fecundo  y a salvar de la edad en que vivimos, todos los valores espirituales de la civilización”. No hay en ello nostalgia de un “bello tiempo pasado”

Quien así hablaba advirtió con cruda lucidez las  lacras del mundo que declina  y reconoció con inteligente nobleza  cuanto de estimable hay en las masas revolucionarias “En el comunismo hay algo que puede ser recogido: su abnegación, su sentido de solidaridad”, dijo una vez: “el régimen ruso es la versión infernal del afán hacia un mundo mejor”, definió otra, uniendo en una frase  gravedad e ironía.  Movido desde dentro por aquella advertencia y este reconocimiento, proclamó a los españoles y a los europeos  su posible empresa “el “puente sobre la invasión de los bárbaros”.

Tal fue la intención última de José Antonio. Mas el no era definidor sino político, y aspiró a cumplirla en lo que suelen llamar “el plano de los hechos”.  Tres habían de ser sus principales  recursos: un concepto de España, una acción social revolucionaria y un respeto muy hondo a la dignidad del hombre.

Su concepto de España –ideal, como todo concepto- tenía dos notas esenciales, la ejemplaridad y la catolicidad. Ejemplaridad, no casticismo. La “peculiaridad” de España que José Antonio  postulaba, consistiría más que en un conjunto de notas castizas e inimitables, en un modo de ser ejemplarmente humano; descansaría por tanto  sobre una fundamental imitabilidad. Escribió Unamuno, español, universalista y castizo: “Humanidad si, universalidad; pero la viva, la fecunda, la que se encuentra en las entrañas de cada hombre, encarnizada en raza, religión lengua y patria y no fuera de ellas”  José Antonio, que pretendió ser, sin casticismo, español universal, hubiese dicho lo mismo, pero invirtiendo los términos: “Raza, patria, lengua, sí; pero humanas, ejemplares para los demás hombres, eficaces en el curso de la Historia Universal”. De otra parte, la catolicidad, así por razón de historia como por razón de verdad: “la interpretación católica de la vida –escribió- es en primer lugar la verdadera; es además históricamente la española”.

Comenten otros el sentido y el alcance de la enérgica reforma social que José Antonio propugnaba. Hoy prefiero glosar su profundo respeto  a la inteligencia y a la dignidad del hombre. “La dignidad humana, la integridad del hombre y su libertad son valores eternos e intangibles”, proclamó. El respeto, un profundo respeto a lo que, de humano,  tiene el hombre, fuese amigo o enemigo, y a los derechos imprescriptibles que de esa humana condición proceden, fue siempre en su vida privada y en su vida pública, una de las más constantes y entrañables preocupaciones de José Antonio. “Nosotros” decía, consideramos al individuo como unidad fundamental, porque éste es el sentido de España… El hombre tiene que ser libre, pero no existe libertad sino dentro de un orden”.

¿Cómo imaginó José Antonio ese “orden que debía servir de ámbito y marco a la libertad efectiva de cada hombre? No es difícil la respuesta: en ese orden cabría todo  lo que no se opusiese formalmente a la existencia de la Patria, a su ejemplaridad histórica, al logro de la ineludible justicia social. Todas las grandes creaciones del espíritu humano hallaron en el suyo un eco de simpatía, cuando no de entusiasmo;

“no hay uno solo de los que tengan el espíritu abierto, dijo en el Parlamento, que no haya recibido la influencia  de muchas simpatías; todos nos hemos asomado unos más otros menos, a la cultura europea, todos, hemos sentido la influencia de las letras francesas, de la educación inglesa, de la filosofía alemana y de la educación política de Italia”… El de José Antonio era un “espíritu abierto” por obra de su esclarecida veneración de la inteligencia: “Sin la constante vigilancia del pensamiento, la acción es pura barbarie”. Rezaba una de sus consignas más queridas. Quiso siempre, son palabras suyas,  “llegar al entusiasmo y al amor por el camino de la inteligencia” y admiró al poeta José Mª Pemán  cuando éste “llego a sentir por el camino de la inteligencia  y no por el camino de la fiebre, las más altas fiebres de la impaciencia divina”. En el espíritu de José Antonio, muy creyente en la verdad del Catolicismo y plenariamente  entregado al servicio de España hubo todo menos eso que suele llamarse “un ciego fanatismo”. Se lo impedía antes que cualquier otra cosa, la abertura constante y la exquisita finura de su inteligencia. Recuérdese como admiró a Ortega, D’Ors, Unamuno (el incansable enemigo verbal de su padre); su gusto por la poesía de Antonio Machado; su  inteligente estimación , en tanto jurista, de Stamler, Savigny, Ihering y Kelsen; sus juicios  sobre el pensamiento de Carlos Marx, sus opiniones acerca de la personalidad de sus enemigos políticos; todo nos habla a las claras de su personal actitud respecto al ámbito de la libertad en el “orden” que el proyectaba y respecto a los modos de expresión de esa “intangible” libertad.

Y luego, el hondo, dramático, sentido de su propia responsabilidad, la gravedad inmensa con que, sin mengua de una alegre e inteligente ironía de hombre de este tiempo, se enfrentaba con los quehaceres diarios del destino que libremente asumió. Leed a modo de ejemplo, esas palabras  suyas a los campesinos del quijotesco campo manchego:  “Muchos habrán venido a prometeros cosas que no cumplieron jamás. Yo os digo esto: nosotros somos jóvenes; pronto —lo veréis— tendremos ocasión de cumplir o incumplir lo que predicamos ahora. Pues bien, si os engañamos, alguna soga hallaréis en vuestros desvanes y algún árbol quedará en vuestra llanura; ahorcadnos sin misericordia; la última orden que yo daré a mis camisas azules será que nos tiren de los pies, para justicia y escarmiento”.

 Así habló y tal vez sean estas frases, la más enérgica lección de todas las suyas.  Este fue el hombre a quien la saña de unos cuantos españoles hizo fusilar el 20 de noviembre de 1936. “Bien sabían ellos a quien  mataban!” escribió  el conde de Romanones, expertísimo actor y muy agudo  observador de la política contemporánea de España. Es verdad. Ese día dejó de animar a su cuerpo una de las almas mas hermosas y esperanzadoras de la historia española.

 

 

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