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Octubre de 1934...

"La pequeña historia"

Alejandro Lerroux

Fundador del Partido Republicano Radical
Firmante del Pacto de San Sebastián

Ministro de Estado en el Gobierno Provisional 1931

Diputado de 1931 a 1935 Jefe de Gobierno

Sale de España el 17 de julio de 1936, regresa en 1947.

 

 

 

El presente doloroso y sus consecuencias: el porvenir incierto; la República maltratada y dolorida; Cataluña por la que yo había sacrificado íntimas inclinaciones, en lucha criminal, inmotivada e injusta contra mi Gobierno, que todavía no había iniciado su labor… ¡qué se yo! Me sentí profundamente afligido, y tuve  necesidad de dar suelta a mi dolor, ofreciendo a mis visitantes un espectáculo poco agradable.

Encontré en todas partes acogida animadora.

Uno de los primeros, José Antonio Primo de Rivera, con el que yo no había cruzado nunca la palabra. Sabía de sus cualidades. Había oído hablar a Sánchez Román hacer el elogio personal y profesional de mi visitante.

Me sucedía con el hijo lo que con el padre: sentía por él una viva inclinación simpática. Dos cosas mantenían sin embargo, en suspenso tal inclinación: un cierto aire jaquetón del protagonista. Muy andaluz y muy heredado, reprimido y suavizado por una voluntad en la vida civil y un sello especial de melancolía en su semblante, aislador, helado, que después se ha podido definir como el índice de su trágico destino.

Otra tarde, luego de haber pronunciado en su discurso de oposición una frase injuriosa y cruel para el Partido Radical, tuvo también que cruzar el hemiciclo y también estaba yo en el banco azul. Le miré con la mirada severa del reproche mudo; me miró un instante, con un destello de tristeza en los ojos, bajó la cabeza y al pasar, me dijo:  “Con usted no va nada”. Me apena recordarlo porque no fue justo ni con la acusación ni con la explicación.  No volví a verle. Cuando le recuerdo no puedo reprimir una contracción de angustia que me oprime el corazón. No he guardado rencor a la memoria de aquel muchacho que llevaba en el corazón un volcán de Patriotismo. Pienso en su destino, en su final de mártir, en su juventud frustrada por un odioso, implacable crimen político, en su dolorosa soledad en la cárcel de Alicante, lejos de su familiares y amigos; en el calvario oscuro e ignorado de sus últimos días, en la hora suprema de la muerte que no tuvo el consuelo de una mano amiga, de una mirada afectuosa, ni siquiera la compensación de culminar en una cumbre como un ejemplo de sacrificio… Se sumió en la oscuridad, en la inseguridad, en la incertidumbre del cuándo… del donde y del cómo, sin hora, sin fecha, sin lugar…

Sí, en el semblante llevaba José Antonio el índice de su trágico destino, como todos los redentores.

Cuando me visitó el 7 de octubre con la camisa azul del uniforme falangista creado por él, para ofrecerme  el concurso de sus amigos y pedirme armas cortas con que servir la causa de orden, limpiando a Madrid de los “pacos” que asesinaban a mansalva, en los ojos le reverberaba el fuego patriótico que ardía en su corazón.

Pero yo era el Jefe del Gobierno. No podía ni debía entregar las armas ni las funciones del Estado para defender la ley y el orden público a quiénes no dependían del Estado mismo ni estaban sujetos a la disciplina de los institutos armados.

Agradecí el gesto, nos dimos la mano y le vi marchar como si hubiese visto tomar cuerpo a la sombra de mi propio espíritu como yo lo recordaba de treinta años antes.

Yo no se si nos unían más sentimientos de los que nos separaban pero ni él ni yo éramos socialistas. Un ideal que se mide en el mostrador, se pesa en la balanza, se almacena en la despensa y se contabiliza los sábados en el despacho, cada vez con expresión numérica más alta si es para cobrar y más baja si es para trabajar, no era nuestro ideal. El mío ha tenido siempre poca materia y mucho espíritu y ha volado muy alto, muy alto…

Cuando Primo de Rivera salió de visitarme en Gobernación una gran masa de público amigo le esperaba en la Puerta del Sol. Le aplaudieron, le pidieron que hablara, y habló. Pronunció una corta arenga, y explicó el objeto de aquella visita suya. Había ido a dar las gracias –dijo- al Gobierno de España por haber salvado la unidad de la Patria, y a ofrecerle el concurso de millares de patriotas para llevar a cabo su obra nacional. Terminó dando vivas a Lerroux y a España. Fueron tan numerosos los testigos, que sería temeridad pueril  traer aquí una invención que no podría sostenerse de pie. El hecho se invoca porque, llevado en seguida al palacio presidencial, pudiera explicar el que de sus aledaños saliera la especie que me acusó de contaminaciones falangistas.

La muchedumbre que oyó a Primo de Rivera pidió a voces que me asomase yo al balcón a saludarla. Algunos amigos demasiado impresionables me instaron vivamente a complacer la petición. Me negué reiterada y terminantemente. Me parecía imposible que mis amigos no comprendiesen lo delicado de mi posición en aquel momento.

Pero pasadas algunas horas tuve que retirarme a mi domicilio. El automóvil que me conducía se abrió difícilmente paso por entre la multitud. Desde la Puerta del Sol hasta el Banco de España tuvimos que marchar a paso lento, entre nutridas hileras de falangistas que vitoreaban a España y me saludaban a la romana. A veces metían el brazo por la ventanilla del coche para terminar el saludo estrechando mi mano. Yo contesté en varias ocasiones doblando el vítor: ¡Viva España! y ¡Viva la República!

La omisión del segundo me parecía que le daba al primero un tono y un matiz de hostilidad que no toleré sin mi réplica vibrante; que mis pulmones y la energía de mi entusiasmo todavía pueden sostener competencias.

 

 

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