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Como un grito de esperanza
Homilía Mons. Juan Antonio Reig Pla

Obispo de Alcalá de Henares
obispadoalcala.org

 

 

 

 
 
 
 
 

 

CEMENTERIO DE LOS MÁRTIRES DE PARACUELLOS
Domingo, 13 de noviembre de 2016

 COMO UN GRITO DE ESPERANZA

Celebramos hoy el día de la Iglesia diocesana y, a la vez, el LXXX Aniversario de los caídos en Paracuellos entre los que brillan con especial fulgor los 134 mártires ya beatificados cuyos restos descansan en este Cementerio. Ayer por la tarde iniciamos en la Catedral de los Santos Niños de Alcalá de Henares la causa de canonización de otros 44 hermanos, sacerdotes, religiosos y laicos, 18 de los cuales también están enterrados aquí: 7 agustinos, 5 maristas y 6 seglares.

En este contexto de la celebración del día de la diócesis y a tenor de la Palabra de Dios proclamada, os propongo las siguientes consideraciones.

1. Como un grito de esperanza


Este Cementerio de Paracuellos, la catedral de los mártires, es para todos nosotros como un grito de esperanza; por fin llega el día de la justicia, el desquite de nuestro Dios. Así lo anuncia el profeta Malaquías: “llega el día, ardiente como un horno” (Ml 3, 19). La última palabra no la tiene, pues, la muerte sino la vida, la justicia divina que es nuestra salvación.

Nuestros hermanos mártires “no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (Ap 12, 11) y por ello su grito final es un grito de esperanza, es un grito de victoria: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España! La esperanza, en efecto, es una virtud teologal que tiene como objeto a Dios y a la bienaventuranza eterna. Los medios en los que descansa esta virtud son también divinos y objeto de gracia: la omnipotencia divina y su amor por nosotros. La omnipotencia divina como dice el profeta es como un horno encendido: es la misericordia de Dios más fuerte que la muerte.

Ahora que estamos concluyendo el Año Jubilar que nos ha regalado el Papa Francisco, es bueno recordar el testimonio de nuestros hermanos mártires que se abandonaron al amor de Dios que no defrauda. Por eso el eco de su voz, es como un grito que alienta nuestra esperanza: esperamos la resurrección de la carne y la bienaventuranza eterna que es la justicia de Dios, la respuesta al grito ¡Viva Cristo Rey! Nosotros, como ellos, hemos de continuar trabajando con sosiego, como dice el Apóstol (2 Tes 3, 12) para seguir sus huellas y hacer presente en este momento lo que fueron sus amores: el amor a Dios y el amor a España, la tierra de nuestros padres, donde amaron a su prójimo, a sus familias e incluso a sus perseguidores. Este amor se hace fecundo cuando se alimenta en lo que fue el sentido de sus vidas: el amor a la Iglesia Católica que se nutre de la Palabra de Dios y de los sacramentos.

Sin el cielo, queridos hermanos, no habría verdadera justicia y la vida de los mártires sería un fracaso. Pero no es así. Llega el día en el que el Señor resarcirá nuestras penas y nos hará entrar en esa patria “donde no hay llanto, ni luto, ni dolor” (Ap 21, 4). El cielo, que atraía a nuestros mártires con más fuerza que el imán a los metales, no les hacía desentenderse de este mundo. Ellos quisieron trabajar por España, por el bien común como enseña la Doctrina Social de la Iglesia; muchos cuidaron de escribir palabras de esperanza para sus familias y para sus comunidades religiosas. Amaron a Dios, amaron a la Iglesia y amaron a sus familias y a su patria. Hoy evocamos su testimonio que despierta nuestra alma y nos invita a continuar trabajando por hacer fecundos sus amores.

2. Como un caudal de alegría


El Cementerio de Paracuellos, la catedral de los mártires, es también como un caudal inagotable de alegría. La alegría, que tiene su sede en nuestro espíritu, se hace posible allí donde se hace presente Dios. Así nos lo hacía repetir el Salmo: “El Señor llega para regir los pueblos con rectitud” (Sal 97). Esta presencia de Dios que viene continuamente a nosotros en todos los acontecimientos de nuestra vida, y que será gloriosa en la segunda venida del Hijo del hombre, despierta nuestra alegría con toda la creación que nos acompaña. El salmista nos invita en efecto a “tañer la cítara, a que suenen los instrumentos; con clarines y al son de trompetas”. Se trata de una alegría desbordante que solo posibilita Dios. La alegría no se fabrica, es fruto de la gracia de Dios, es fruto del Espíritu Santo. Ello explica que los primeros cristianos iban al martirio cantando y nuestros hermanos mártires con gritos de victoria, aclamando al Rey y Señor.

Es más, toda la creación es invitada a cantar la justicia de Dios: “Retumbe el mar y cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes al Señor que llega para regir la tierra”. La razón de esta alegría que conmueve la tierra y el corazón de los hombres es que el Señor “regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud”. Esta alegría que canta el Salmista es la alegría de María en el Magnificat: se alegra mi espíritu en Dios mi salvador. Es la alegría de los beatos mártires que gozan de la visión de Dios. Es la alegría de este domingo de noviembre que nos hace participar en la Santa Misa del triunfo de la resurrección.

También este paraje sencillo de Paracuellos, la vegetación y los pinos que contemplaron el sacrificio de nuestros hermanos, son invitados a cantar porque se acerca el día en que estas siete fosas del cementerio al grito de nuestro Dios serán como un vergel reverdecido, como un caudal de alegría que estallará en los cuerpos resucitados de nuestros mártires revestidos de la gloria de Dios.

3. Como un manantial de luz


El Cementerio de Paracuellos, la catedral de los mártires, es finalmente como un manantial de luz. Nunca hay que perder la esperanza de la conversión, pero en el día del Señor, nos recordaba el profeta Malaquías, “los orgullosos y malhechores serán como paja” que consume el fuego. En cambio, a los que temen al Señor “los iluminará un sol de justicia y hallarán salud a su sombra”. Del mismo modo Jesús nos advierte que llegará un día en el que del templo reconstruido por Herodes el Grande “no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida”. Sin embargo, aquellos que perseveren hasta el final alcanzarán la salvación: “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

Que nadie nos engañe, hermanos. Estas cruces blancas que salpican las siete fosas de este cementerio son los destellos de luz que reflejan la claridad del sol de justicia que es Jesucristo. En este paraje sencillo que prolonga la luz de la cruz blanca que se extiende sobre el monte, brillan con luz potente todos nuestros mártires que iluminan las tinieblas de nuestra tierra y la noche cultural que vivimos en España.

Es una luz silenciosa. Sin embargo está a la espera de todos nosotros que peregrinamos a este lugar santo. Aquí nos esperan
 sacrificados muchos hermanos nuestros sacerdotes y seminaristas de distintas diócesis de España. Aquí también reposan los restos mortales de multitud de religiosos pertenecientes, al menos, a 20 órdenes religiosas: Agustinos, Capuchinos, Carmelitas, Carmelitas Descalzos, Claretianos, Dominicos, Escolapios, Franciscanos, Hermanos de las Escuelas Cristianas, Hospitalarios de San Juan de Dios, Jerónimos, Jesuitas, Marianistas, Maristas, Misioneros Oblatos, Paúles, Pasionistas, Redentoristas, Sagrados Corazones de Jesús y María y Salesianos. Y de entre los miles de seglares católicos, cuyos restos mortales descansan en este mismo lugar, muchos pertenecían a asociaciones y movimientos apostólicos como Acción Católica, la Adoración Nocturna Española o las Congregaciones Vicencianas.

Todos unidos son como un manantial de luz que ilumina el sendero de nuestra vida. Parecía que fracasaban, pero ahora pueden constatar que Dios no defrauda a nadie, que nos podemos abandonar a su amor misericordioso: porque ni un cabello de nuestra cabeza perecerá.

Es inútil querer sofocar esta luz. Para eso estamos nosotros aquí y éste es el cometido asignado a la Hermandad de Ntra. Sra. de los Mártires de Paracuellos. Si grande es el patrimonio espiritual que nos han legado nuestros hermanos mártires, más grande debe ser nuestro afán por continuar  su obra de testimonio de fe, de perdón, y de fortaleza en el martirio. Unidos a toda la Iglesia diocesana, en la fiesta de San Diego de Alcalá y San Leandro, que trabajó incansablemente por la unidad de la Iglesia Católica, queremos renovar nuestro deseo de que Dios Padre sea el primero en nuestra vida; que siguiendo a Jesucristo mostremos a todos el verdadero camino de la salvación y que, encendidos por el fuego del Espíritu Santo, mostremos el fundamento de nuestra esperanza y hagamos efectiva la caridad con nuestros hermanos.

Hoy concluimos en nuestra diócesis el Año Jubilar de la Misericordia. Que este lugar santo sea un verdadero lugar de peregrinación donde podamos aprender del testimonio de los mártires y como ellos servir a nuestro pueblo con sus grandes amores: el amor a Dios, el amor a la Iglesia, el amor a España y, siguiendo las huellas de San Diego de Alcalá, cuya memoria celebramos, el amor a los más empobrecidos y dolientes. Amén.

 

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