Conócenos

 

¿Dónde estamos?

Asóciate

 
 

Hemos leído/

 

 

"Aquel Juramento"
Manuel Parra Celaya

Boletín FJA

 

 
 

 

En la pared de mi despacho-biblioteca permanece una metopa con el texto del Juramento de la Falange, debido a la pluma de Rafael Sánchez Mazas por encargo de José Antonio para que tuvieran las ideas claras muchos escuadristas; junto con la Oración por los muertos de la Falange –este bajo el mismo encargo para los exaltados que se dejaban llevar por el apasionamiento de la violencia– es uno de los escritos más logrados de quien figura como cabeza de aquella corte literaria fundacional.

¿Cuántos españoles prestaron este juramento a lo largo de la historia? Yo mismo lo hice en los lejanos años 60, y ahora puedo confesar que falsifiqué la edad porque mis dieciséis años no lo permitían, pero vislumbré que aquello de los Militantes Juveniles en el seno de la OJE no duraría mucho, como así fue…

Un juramento es una cosa seria, porque pones a Dios por testigo, y no solamente a tu honor o a la colectividad; además, es válido para toda la vida, por lo que no precisa renovación alguna. Esto es así, canónicamente, y que yo sepa, no ha cambiado, por mucho que esté devaluado en el mundo de la política o de la milicia. Por lo tanto, me pongo a reflexionar sobre el alcance de los dos juramentos que he prestado en mi vida, ambos complementarios: uno vestido de caqui y el otro, con el texto de Sánchez Mazas, con camisa azul. El primer punto era prácticamente el mismo para los dos: Juro darme siempre al servicio de España; y se especificaba en el sexto: Juro mantener sobre todo la idea de unidad: unidad entre las tierras de España, unidad entre las clases de España, unidad en el hombre y entre los hombres de España.

Esta invocación a la unidad respondía a la búsqueda sistemática, racional y, a la vez, apasionada, de aquella armonía joseantoniana, presente desde sus primeros textos a los últimos; recalco lo de unidad en el hombre, y a nadie se le escapará la dimensión teológica de esta rotunda aseveración, rara avis en un documento político. Los puntos segundo, tercero y cuarto encierran ciertos problemas en cuanto a su alcance: Juro no tener otro orgullo que el de la Patria y el de la Falange, y vivir bajo la Falange con obediencia y alegría, ímpetu y paciencia, gallardía y silencio. Juro lealtad y sumisión a nuestros jefes, honor a la memoria de nuestros muertos, impasible perseverancia en todas las vicisitudes. Juro, donde quiera que esté, para obedecer o para mandar, respeto a nuestra jerarquía, del primero al último rango.

¡Nada menos, con lo que está cayendo! ¿A qué falange, dentro de la pluralidad de siglas, advocaciones y grupos de la diáspora azul se puede referir? Que me perdone mi buen amigo y camarada Norberto, pero mi opción, desde los nebulosos días de la transición, fue alistarme a aquella Falange hipotética, en expresión de Ridruejo: la imposible, la que llevo un poco secretamente en mi mente y en mi corazón como un futurible o como una utopía; en ese trance, pleno de dolorido sentir, pretendo ser fiel al punto quinto: Juro rechazar y dar por no oída toda voz, de amigo o de enemigo, que pueda debilitar el espíritu de la Falange; y, así, presto mi colaboración a toda petición de apoyo que mi conciencia –estatuto y reglamento único de mi Falange hipotética– me señale como guiada por la fidelidad a la esencialidad del pensamiento joseantoniano, sin dejar de incluir a quienes consideran licenciada por la historia cualquier formulación literalmente falangista por mor de esta fidelidad a lo esencial.

Soy consciente de que esta posición me ha acarreado multitud de críticas, pero no puedo evitarlo; entiendo que el modo de ser prevalece sobre los diferentes y legítimos modos de pensar en estas circunstancias, siempre que el servicio a España esté garantizado. Consecuente en esta línea, intento observar –y transmitir en la medida de lo posible– el último punto del Juramento: Juro vivir en santa hermandad con todos los de la Falange y prestar todo auxilio y deponer toda diferencia siempre que me sea invocada esta santa hermandad. También este mandato de conciencia me ha proporcionado muchos disgustos, y he de reconocer que – despojado por la edad y por la experiencia de cualquier asomo de ingenuidad– procuro, ya no una unidad que considero imposible a estas alturas, pero sí una armonía –otra vez el término tan caro a José Antonio– entre quienes, honradamente, se consideran próximos al discurso joseantoniano, aunque no sean conscientes de ello.

 

Plataforma 2003 - Alonso Cano 66, 2º sót. pta. 5.
28003 MadridTel.: 91 535 42 45 - Fax: 91 536 24 34

plataforma2003@gmail.com  - https://www.facebook.com/Plataforma2003