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La perdida unidad
Por Juan Manuel de Prada

ABC

 

 Sólo la unidad de creencias podrá reintegrar la unidad de los españoles.

Dentro de cien o de mil años, algún historiador elegirá el caso del independentismo catalán como paradigma del envilecimiento al que llegaron los pueblos europeos en su fase terminal. Y este historiador se pasmará al comprobar que, a la vez que los gerifaltes del nacionalismo eran desenmascarados como una patulea dedicada a la rapiña, el parlamento catalán proclamaba su intención de convertir Cataluña en una república independiente. Entonces, este hipotético historiador tendrá que preguntarse, con sobrecogimiento y horror, cómo se logró que un pueblo laborioso y emprendedor, religioso y sensible, capaz de las más altas expresiones literarias y artísticas, dejase crecer en su seno el cáncer del odio y la alienación que iba a prohijar una masa de jenízaros del independentismo. «¿Cómo se pudo llegar a tal abismo?», se preguntará espeluznado este hipotético historiador.

Aquí el historiador del futuro correrá el riesgo de tragarse la versión de quienes, cada vez que el independentismo da un nuevo paso hacia el barranco, se rasgan las vestiduras y hacen aspavientos patrioteros, después de haber favorecido las condiciones que han permitido su arraigo y abonado el terreno para su expansión. Si el historiador del futuro quisiera de verdad conocer las causas del separatismo podría leer un clarividente artículo que Juan Vázquez de Mella publicó en El correo español, allá por 1896, donde se describe muy certeramente el proceso político que condujo a la disgregación de los españoles: «La unidad nacional –escribe Vázquez de Mella– estaba fundada sobre la unidad de creencias, que producía la de los sentimientos, costumbres y aspiraciones fundamentales, dejando ancho cauce a una opulenta variedad que se desarrollaba sobre ellas como una vegetación espléndida». Pero la oligarquía parlamentaria –prosigue el político asturiano– «rompió la unidad de creencias, separó a los españoles por abismos de ideas contradictorias y por ríos de odio». Y, a la vez que se rompía esta unidad de siglos, se generó un Estado omnipotente, con «una burocracia que tiene por cabeza a unas tertulias de sultanes que nos gobiernan a la otomana».

Desde que Vázquez de Mella hiciese esta denuncia el movimiento separatista no ha hecho sino robustecerse, en volandas del Estado autonómico, la demogresca (lograda gracias a un sistema partitocrático que absorbe y destruye todas las energías de la nación) y el soborno a los nacionalistas, siempre bajo la cantinela buenista de incorporarlos al «consenso» (que es el lugar de encuentro de la gente sin principios). Vázquez de Mella concluía aquel artículo afirmando que las oligarquías parlamentarias «no tienen derecho a hablar de la unidad nacional, que han disuelto, ni de la integridad de la Patria, que han mutilado». Y eso mismo podríamos decir hoy a nuestros partidos. ¿Cómo van a poder restaurar nuestra unidad quienes durante décadas se han dedicado gozosamente a descristianizarnos y a separarnos por abismos de ideas contradictorias?

Sólo la unidad de creencias podrá reintegrar la unidad de los españoles; y tendrá que ser una unidad lograda por el amor, no por la fuerza de las leyes. No se nos escapa que tal reintegración es muy difícil; pero en naciones como Rusia tal reintegración se está logrando (no sin vencer grandes obstáculos y hostigamientos internos y externos), gracias al retorno a la fe común y a las tradiciones ancestrales. Sin embargo, el hipotético historiador del futuro tal vez nunca llegue a leer el artículo de Vázquez de Mella que citábamos más arriba; pues quienes nos han conducido hasta el barranco decretarán, tras desalojarlo del callejero, su completa damnatio memoriae.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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