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El empapelamiento fantasmal de Ramiro Ledesma
Por Martin-Miguel Rubio Esteban

Elimparcial.es

 

Un informe procesal de la Secretaría General de los Tribunales y Jurados Populares contra diecinueve desafectos al Régimen, fechado el 25 de noviembre de 1936, sitúan a Ramiro Ledesma Ramos en la Prisión de Chinchilla, cuando el jonsista zamorano había ya sido asesinado, dejando su joven vida cismundana, en el patio de la cárcel de Ventas, el 29 de octubre de 1936, 27 días antes de su aún situación de vida en los intermundia de la Administración de Justicia Republicana, pilotada por Ricardo Calderón Serrano, Magistrado del Tribunal Supremo y Secretario General de los Tribunales y Jurados Populares. Médicos, estudiantes, sacerdotes y labradores son las principales profesiones de estos diecinueve desafectos. Sólo Ramiro se nos aparece con la profesión de periodista. Dice el mencionado expediente que Ramiro Ledesma fue trasladado el 1 de Noviembre a la Prisión de Chinchilla, cuando ya había muerto la muerte del mundo de aquí dos días antes. Todavía el 19 de Diciembre Ramiro sigue vivo entre los rollos de la Secretaría General citada. Incluso en la “España Nacional” parece seguir todavía vivo cuando se está redactando el Fuero del Trabajo, cuando Javier Martínez de Bedoya, Martín Artajo y Eugenio Montes coincidían con Ramiro Ledesma en que el medio más eficaz para defender los legítimos intereses de las clases trabajadoras era el sindicato puro, es decir, el constituido solamente por obreros de un mismo oficio”.

El Secretario de la Prisión nueva de hombres, como agente de un juzgado especial, registrado con el Nº 534 y las Diligencias Nº 203, don José Sánchez, y siendo Juez especial don Mariano Luján, tomaron declaración a Ramiro el 22 de septiembre de 1936, día que la Iglesia celebra los 232 mártires de Valencia. En dicha Declaración, en donde un espeso humo por el tabaco impregnaba los vestidos, el pelo y el alma de los concurrentes, se consigna que es periodista, es soltero, tiene 31 años, y es vecino de Madrid viviendo en la calle Santa Juliana, 3. Ramiro declaró que era natural de Alfaraz de Sayago, pueblo de Zamora, hijo de Manuel e Isabel; que anteriormente había sido procesado por delito de Prensa, y que había cumplido la pena que le fue impuesta; que el delito indicado fue en julio de 1931 por combatir el Estatuto de Cataluña, que según el procesado era la antesala a la ruptura de Cataluña con España; que posteriormente ese mismo año fue de nuevo detenido gubernativamente, y por los mismo hechos, y que el periódico en que se habían publicado estos artículos injuriosos contra Maciá se titulaba “La Conquista del Estado”, traducción al español de una revista italiana creada por Curzio Malaparte, siendo un semanario de carácter independiente.

También declaró que había pertenecido a las J.O.N.S. hasta hacía dos años, en cuya fecha rompió con la organización por diferencias de estrategia política con José Antonio Primo de Rivera, según se hizo público en la Prensa Nacional, y que desde entonces no había pertenecido a ninguna organización política ni sindical, centrándose en un trabajo puramente intelectual, que le llevaba todo el tiempo, sobre historia de España y crítica a la sociedad burguesa. Que fue detenido entre el día 1 y el 2 de agosto a las doce de la noche en ocasión de ir solo por la calle de Santa Engracia, hacia su casa, cuando regresaba de tomar café en compañía de su novia, Juana García, en un bar de la Glorieta de la Iglesia; que la detención la practicó un inspector de policía, un guardia y dos milicianos, y que el motivo fue por ser deficiente su documentación civil.

Que su conducta durante los días que precedieron hasta su detención fue la corriente que se tiene en atender sus asuntos particulares. Y aunque no pueda señalar a nadie que responda de su proba conducta, leal a la República, sin embargo, respecto al hecho transcendente de haber roto con las J.O.N.S., que reconoce haber fundado en su día, puede atestiguarlo el republicano leal, con tendencia de izquierdas, don Ricardo Alba Baurano, que se encuentra al frente del Servicio de Correos de Madrid.

Firma la Declaración Ramiro con esa firma enérgica tan singular suya, que une la última vocal de su Nombre Propio con la ele inicial de su primer apellido celta, subrayando su firma con una línea infrascrita, resolutiva y poderosa, también propia de él.

El 6 de Octubre de 1936, el mismo largocaballerista José Sánchez y Sánchez, el Secretario del Juzgado Especial que instruía el sumario con motivo de la rebelión militar ( Alzamiento para otros ), da fe que en las diligencias seguidas en dicho Juzgado de carácter político con el número de orden 203, correspondiente a Ramiro Ledesma Ramos, aparece un oficio voluminoso de la Dirección General de Seguridad, que a continuación copia la conclusión sucinta y definitiva en virtud de lo acordado en la providencia fatídica de aquel día: “En contestación a su atento oficio recibido en esta Dirección el 25 de septiembre pasado” – tres días después de la Declaración de Ramiro -, “en el que interesa se le comunique los antecedentes que existen relacionados con Ramiro Ledesma Ramos, tengo el honor de participar que el mencionado Ramiro Ledesma Ramos, periodista, detenido el 2 de agosto por Luis García por sospechoso de apoyar la rebelión militar con sus escritos, es un claro enemigo del Régimen”. A lo que a sus oportunos efectos ( clara Pena Capital ) informa el mencionado Secretario largocaballerista José Sánchez el 6 de octubre de 1936.

Cuando Ramiro barruntó cada vez con más claridad que muy pronto lo iban a matar lo tomó con tal naturalidad y estoicismo que diríase que no le importaba ya vivir o morir. Diríase que la ataraxia epicúrea o la apátheia estoica lo habían invadido. Lo que sí le ocurrió es que volvió a acudir a su cabeza de racionalista frío el problema del más allá, que había olvidado desde que muchacho marchase a Madrid. Si bien su portentosa memoria no había olvidado de su época de monaguillo en Torrefrades las oraciones principales de la Iglesia en latín. En las noches de insomnio le encantaba recitar por su preciosa cadencia el “Adoro te, devote”, y si el sueño tardaba en llegar el “Símbolo Atanasiano”. Este problema metafísico y religioso lo hizo hacerse muy amigo en la cárcel de Ventas de un sacerdote, don Manuel Villares. El otro gran amigo que lo distinguía con un profundo afecto y consideraba muchísimo en la cárcel era Ramiro de Maeztu, el gran filósofo de la Hispanidad y el director de la mejor revista de pensamiento que se ha hecho en España en el siglo XX, y que pronto sería compañero con él en la inmolación. Durante todo el tiempo de cárcel Ramiro mantuvo una limpieza y una moralidad que servía de ejemplo a los demás. Hijo y nieto de simples maestros de un pueblo profundo, tenía, sin embargo, los modales de un aristócrata, y el alma noble y generosa del hombre que es bueno por naturaleza. Se confesó antes de morir con el sacerdote José Ignacio Marín, sacerdote muy joven y muy sensible, que solía confesar en un rincón del patio de la cárcel, paseando con los penitentes. Fuera del secreto del Sacramento de la Reconciliación Ramiro reconoció que todos – y él el primero – habían colaborado en llegar a aquel espanto nacional, y que en cierto sentido quería morir viendo que otros compañeros menos significativos o simples católicos estaban muriendo por nada. “Unos y otros somos españoles. Y las grandes hazañas o proezas llevadas a cabo, lo mismo que las grandes catástrofes como ésta son responsabilidad de todos. Me es difícil amar a España, que la amo con toda mi alma, sin amar un poco a nuestros enemigos, que también son parte esencial del alma nacional. No me casé con ninguna mujer porque mi amor a España me quitó todo el tiempo. Morir ahora por España es algo así como el marido que muere tratando de salvar a su mujer de la corriente de un río impetuoso que la lleva arrastrando”- le dijo Ramiro a José Ignacio Marín.

La noche del 29 de octubre de 1936 los milicianos vinieron a la cárcel a sacar a 25 presos para matarlos un par de horas más tarde en Aravaca. Entre ellos estaban Ramiro de Maeztu y Ramiro Ledesma. Antes de subir al camión que les llevaba a la muerte los dos Ramiros, el mayor y el joven, se fundieron en un largo abrazo fraternal, estando seguros de que muy pronto se verían en otro lugar mejor, y luego iniciaron su marcha hacia el camión entre dos filas de unos quince milicianos. De repente, ya muy cerca de la trasera del camión, la Barca de Caronte para los condenados, Ramiro se abalanzó en un acto rápido sobre un joven miliciano que se encontraba un poco despistado y somnoliento, arrancando de sus manos su fusil máuser y gritando: “A mí me mataréis donde yo quiera, y no donde queráis vosotros”. ¡Todo un manifiesto de sabiduría clásica que recuerda que en la resistencia del átomo por caer verticalmente, tal como decreta el pacto del destino, se produce un desvío que crea la libertad! Entonces otro miliciano más atento le disparó un tiro a bocajarro y quedó muerto en el acto, sin ojos de furia, sino de resolución eterna. Obligaron a los otros condenados a muerte a subir con ellos el cadáver al mismo camión que les llevaría a Aravaca para morir allí todos ametrallados, librándose así paradójicamente de aquella locura española.

Informado quince días después Ortega y Gasset de la muerte inicua de su discípulo dilecto, aquel apasionado muchacho que con tanta alegría nadaba junto a María Zambrano en las frías aguas del Lago de San Martín, exclamó horrorizado y con gordas lágrimas cayéndole por las mejillas: “No han matado a un hombre, han matado a un entendimiento”.

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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