Separados por las ideas, unidos por el Padre

Por Dom Anselmo Álvarez Navarrete

Abad del Valle de los Caídos

 

Mi familia vivió la Guerra Civil de forma especialmente traumática, debido, por una parte, a la escisión en las adhesiones políticas y en las actitudes religiosas, fuertemente polarizadas en direcciones contrarias. Algunos familiares muy próximos militaban o simpatizaban con grupos de izquierda radical. Hubo entre ellos un comisario político, activista enardecido, participante en el asalto al Alcázar de Toledo y en otras numerosas acciones. Huido a Francia y detenido por los alemanes, terminó en el campo de concentración de Mathaussen, donde murió en circunstancias similares a la de tantos otros españoles. Dejó esposa y tres huerfános, a dos de los cuales he tenido la suerte de localizar hace sólo algunas semanas. Conservo su foto con el flamante uniforme de grado. Otro más combatió voluntario en filas republicanas y murió en combate, esta vez fueron cuatro los huérfanos.

Por otra parte conocí dos muertes en mi familia directa: la de mi padre, asesinado el 18 de agosto del 36 por sus convicciones católicas; y la de mi hermana mayor, de trece años, muerta en la tarde del 24 de diciembre del mismo año, a consecuencia de un bombardeo de la aviación nacional. Algún tiempo después, mi madre fue encarcelada durante varias semanas. En dos ocasiones yo salvé la vida milagrosamente. Lograron ocultarme por entonces las dos detenciones y el final de mi padre. Pero aquella noche de Navidad no pude sustraerme al tremendo dolor que nos envolvía cuando mi madre regresó de identificar los restos de mi hermana; muchas veces me he preguntado quien pudo ordenar aquel bombardeo aquella tarde. Hoy, en la Basílica del Valle, soy custodio, entre otros miles, de estos tres caídos: mi padre, mi hermana y uno de mis tíos, separados por las ideas, unidos en el abrazo del Padre común.

Problema de cultura moral

En el diseño del nuevo horizonte de la sociedad española parece perfilarse cada vez más la voluntad de exclusión hacia quiénes, por no identificarse con él, se considera que carecen de legitimidad para formar parte del mismo. Exclusión que alcanzaría no sólo a sectores públicos, sino al conjunto de la sociedad, incluída la Iglesia, que no participa de esas perspectivas. En ellas se contempla la sustitución de la imagen de España en la que se ha reconocido la mayoría de nuestro pueblo, pero que hoy es objeto, por determinados sectores, de una censura global y de un proyecto alternativo. Estamos ante lo que parece una actitud decidida de desterrar del futuro lo que no comparta esta nueva racionalidad, tendente a cambiar la memoria y el sentido histórico de España y a proceder a su reinvención. Lo que está en juego no es sólo la Guerra Civil, sino el conjunto de factores históricos, morales e ideológicos que concurrieron en ella. Setenta años después, no se renuncia a derrotar dialéctica y politicamente las ideas y los símbolos que entonces obtuvieron la victoria, los más esenciales de los cuales sobreviven en la conciencia profunda de muchos españoles. Tal vez por eso no se supera la memoria de la guerra: porque resurge con fuerza la hostilidad contra lo que entonces fue el patrimonio de valores humanos, espirituales y nacionales cuya defensa asumió la mitad de España.

El perdón ha sido pronunciado muchas más veces por unos que por otros. Empezaron a testimoniarlo los mártires. Les ha seguido no pocas veces la Iglesia cuando ha tenido presentes sus propios errores o culpas y los de sus hijos. Esa Iglesia que ha contribuido tanto al menos como cualquier otra institución de la nación, a poner los fundamentos de la nueva democracia y a estabilizar la sociedad. Tambien los vencedores hicieron gestos significativos de reconciliación, como el de reunir bajo las mismas bóvedas y la misma oración a los caídos de ambos lados. Pero, frente al perdón, se puede levantar los mismos muros que frente a la verdad y la Historia; entonces no se encuentra resonancia. La paz y el perdón no se aceptan cuando no hay voluntad de apaciguamiento.

Hoy se está utilizando la Historia no para su memoria sino para su olvido o su falsificación. Se recrea la Historia para hacerla coincidir con la que se hubiera deseado que fuera. Si es necesario, se utiliza para hacer la guerra ideológica. Aprendemos tan poco de ella porque cada uno nos empeñamos en seguir haciendo nuestra propia historia, a imagen de nosotros mismos.

En la Transición se fueron dando las condiciones sociológicas para que se cerrase ese problema. Pero, entre nosotros, el problema era, y es, de naturaleza moral: contra nuestras obstinaciones ni siquiera la Gracia es eficaz en ocasiones. Desde luego, no son las soluciones políticas las que curan las heridas del espíritu. Una Constitución o un sistema político no sustituyen nunca al Evangelio y a la Paz de Cristo.