¿Conciencia republicana?

Manuel Parra Celaya

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A los pocos minutos del anuncio televisivo de la abdicación del Rey, ya estaban corriendo por las redes sociales declaraciones de ferviente republicanismo, precursoras y convocantes de las concentraciones, al atardecer, reivindicando, las más moderadas, un referéndum sobre la forma que había de adoptar la jefatura del Estado y, la mayoría, proponiendo una nueva República.

¿Una nueva República? En modo alguno. Las banderas tricolores, con la franja morada inferior (producto de una confusión por la decoloración histórica de la bandera castellana “comunera”) decían bien a las claras que se trataba de una “operación retorno”, de “reinventar” la II República española.

La palabra “república” encierra varios significados. El primero y principal -que es el que asumo sin titubeos- viene dado por la etimología latina de “res pública”, como sinónimo de las formas más egregias de civismo; es el “republicanismo” como ideología social, que se está difundiendo por las naciones occidentales abiertas al pensamiento; equivale a sentirse miembro activo de una comunidad nacional y participar en su estructura orgánica a todos los niveles; se oponen a este republicanismo la picaresca, la demagogia, la no aceptación del “otro”, la sustitución del diálogo fructífero y comprensivo por el anatema del adversario. Según esta teoría, pueden existir “monarquías republicanas” y repúblicas que no lo son en absoluto, al modo bananero, que me temo es lo que reivindicaban la mayoría de los enarboladores de la bandera tricolor de marras.

Si acudimos al significado histórico, nos encontramos con dos decepcionantes experiencias españolas. La primera -que, por cierto, no cambió la bandera rojigualda duró menos de un año (de 11 de febrero de 1873 a 3 de enero de 1874); tuvo cuatro gobiernos y cuatro presidentes en este breve lapsus de tiempo; el segundo de ellos (don Estanislao Figueras) presentó su dimisión de una forma muy original: se ausentó de su despacho dejando una nota de su puño y letra que decía “ Estic fins al collons de tots nosaltres!” (no hace falta que traduzca del catalán para el lector); durante la etapa federal y cantonalista -antecedente histórico de las Autonomías-, Cartagena declaró la guerra al Imperio Alemán y bombardeó el cantón de Málaga, entre otras curiosidades.

Por otra parte, la ahora reivindicada II República (que comenzó el 14 de abril de 1931 y despreció su propia legalidad -según historiadores solventes- a raíz del triunfo del Frente Popular en febrero de 1936) es la más conocida, pues no ha dejado de ser jaleada en las aulas desde antes de la Transición por profesores formados en la “deconstrucción” pedagógica. Tras dos golpes de Estado (uno monárquico el 10 de agosto de 1932 y otro socialista-separatista el 6 de octubre de 1934) desembocó en la guerra civil del 36 al 39, en la que la mitad de España se obstinó en eliminar a la otra mitad. Esto debe figurar en el debe de aquel Régimen, junto a la política sectaria, que fue la causante de la imposibilidad de convivir. En el haber, no pueden dejarse de loar los intentos (no pasaron de tales) de una necesaria Reforma Agraria y una no menos necesaria política educativa.

En cuanto a la etapa del Frente Popular -que es, al parecer, la más reivindicada- no me resigno a copiar el resumen del informe del Sr. Gil Robles ante las Cortes republicanas el 11 de junio de 1936, que abarcaba desde el día 16 de febrero hasta esa fecha, y perdonen el recuerdo: 160 iglesias totalmente destruidas, 251 asaltos a templos, con diversos destrozos e incendios sofocados; 269 muertos; 1287 heridos, 215 agresiones personales; 138 atracos consumados y 23 tentativas; 69 centros particulares y políticos destruidos, así como 312 asaltados; 113 huelgas generales; 228 huelgas parciales; 10 periódicos totalmente destruidos y 33 asaltos a periódicos; 146 bombas explotadas y 78 que no llegaron a explosionar…

Para resumir, no creo que en la España de hoy exista una verdadera “conciencia republicana”, ni en el sentido etimológico ni en el político de innovación. A los españoles les preocupan más cosas como llegar a fin de mes, encontrar trabajo o conseguir un crédito. Tampoco creo que exista una “conciencia monárquica”; el futuro Felipe VI tendrá que ganárselo a pulso…

Consecuentemente, a mí me preocupa más España y su amenazada unidad que la forma que adopte hoy la jefatura del Estado.