Sobre la batalla de Barcelona

Manuel Parra Celaya

 

Al nacionalismo catalán, encaramado en la Generalidad y en el Ayuntamiento de Barcelona, le ha salido un grano en el mismísimo trasero, cuyo escozor es patente a lo largo de las cinco largas noches en que se viene desarrollando la guerrilla urbana de los “okupas” desalojados de Can Víes y sus correspondientes refuerzos de allende las “fronteras” del Ebro y de los Pirineos contra la policía autonómica, las sucursales bancarias y comercios, el mobiliario urbano y, no lo olvidemos, alguna que otra sede de Convergencia y Unión.

La partida se juega, de momento, a cuatro bandas: por una parte, los encapuchados de sudadera negra, ladrillo y líquido inflamable: “antisistema” (¡qué tranquilo puede vivir el Sistema con este enemigo!), “okupas”, herederos de los “indignados” del 15-M o “radicales” (según la prensa); es curioso que nadie los llama “ultras” (ultraizquierdistas, se entiende). Por otra parte, el Ayuntamiento de Barcelona, que ya ha hecho el ridículo con el desalojo, primero, y la paralización del derribo, después; hay que advertir que este Ayuntamiento es el que venía proveyendo de lo necesario para subsistir a los centros “okupados” desde tiempo inmemorial…Por otra, la Generalidad, cuyos Mossos d´Esquadra -a pesar de su profesionalidad, que uno no pone en duda- se ven impotentes para hacer frente al cada día más extendido alboroto; y, finalmente, los vecinos de Sans y de otros barrios afectados por la “batalla”, que han pasado de la simpatía y conmiseración por los desalojados al rechazo y a la aversión más duros, dignos de la más pura tradición del “Sr. Esteve”, encarnación del comerciante y burgués catalán. No creo que sean tan caprichosas las similitudes históricas entre estas “gentes de orden”, acaso votantes de CiU o de “Esquerra”, primero condescendientes y ahora asustadas, de ahora y aquellas “gentes de orden” de la “Lliga” del año 36, que recalaron en cuanto les fue posible en el Burgos franquista para colaborar contra lo que ellos llamaban “la horda roja” y otras cosas así de feas…

Una banda está sin mover ficha, y es la que corresponde al Gobierno de España, fiel a la imperturbabilidad que le caracteriza ante el desafío separatista, y último responsable del orden dentro de todo el territorio nacional. Si bien es cierto que este orden público está transferido a la Generalidad, no lo es menos que el artículo 104.1. de la vigente Constitución afirma que “las fuerzas y cuerpos de seguridad, bajo la dependencia del Gobierno, tendrán como misión proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana”; no entra en contradicción con el artículo 149.1.29., donde podemos leer que “el Estado tiene competencia exclusiva sobre…la seguridad ciudadana, sin perjuicio de la posibilidad de creación de policías por las Comunidades Autónomas”.

Es más que probable que exista un cierto temor por parte del Sr. Mas y sus socios en la aventura separatista a que los inicialmente nimios sucesos de Can Víes vayan adquiriendo envergadura, se produzca un contagio en diversos “gamonales” del resto de España y alguien recuerde a “Don Tancredo” sus obligaciones constitucionales.

Por temperamento, uno de deja de simpatizar con la rebeldía juvenil, tanto más airada cuanto la situación social y económica les golpea más duramente; no así con el desalojo de una ocupación ilegal y, mucho menos, con las identificaciones anarquistas, “rogelias” y separatistas (¡curiosa combinación!) de los encapuchados. Por edad y por natural pacífico, uno no es en absoluto partidario de las asonadas callejeras (recuérdese la frase atribuida a Churchill). No hay ni que decir a mis habituales lectores que ni por asomo comulga con la ideología nacionalista que, a modo de Partido Único, domina en Cataluña. Por vergüenza torera, tampoco le cae bien a un la cobardía o las actitudes pusilánimes, tanto del Ayuntamiento como del “tancredismo”.

Así que, de momento, me limito a no transitar en según qué momentos por diversos barrios de esta Barcelona de mis pecados y a rogar encarecidamente porque las aguas vuelvan a su cauce: que los jóvenes que quieran trabajar encuentren trabajo (y los que puedan y no quieran no se oculten bajo unas ideales y una capucha, por lo menos), que la paz vuelva a las calles… y que cada uno sepa cumplir con las leyes y sus deberes.