Sociología para los días de la Pasión

   Manuel Parra Celaya
www.diarioya.es

                              

 Para cualquier cristiano es evidente que la lectura constante de la Palabra de Dios, especialmente la contenida en los Evangelios, es alimento espiritual, fuente de formación religiosa permanente y, por definición, modo de oración; máxime en estos días de Semana Santa, cuando se justifica plenamente nuestra fe mediante el misterio de la Resurrección y de la Salvación.

Esa lectura, y consiguiente diálogo con Dios, es útil, además, para su aplicación en nuestra vida cotidiana en asuntos que llamaríamos puramente humanos; no se trata de sacralizar lo profano, claro está, ni de instrumentalizar la Palabra para nuestros intereses, sino de iluminar- siquiera mediante unos flases- aspectos y vivencias que, de otra forma, quedarían reducidos a la rutina diaria o a la inanidad.

Algo por el estilo me ha ocurrido este año, al ir leyendo los Evangelios de la Pasión. Independientemente de avivar la dimensión trascedente de mi vida práctica como católico, me ha dado pie para alguna reflexión, entre sociológica y antropológica, que pongo a disposición del lector.

Por ejemplo, la volubilidad de las masas, bien representada en el corto período que media entre la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y la escena del Pretorio. No cabe pensar que se tratara de otras personas, por lo menos el texto no lo especifica; lo cierto es que la multitud que aclamaba con ramos e invocaciones de ¡Hosanna! no tiene inconveniente en desdecirse, pocos días después, y, seducida por sus jefes políticos y religiosos -léase grupos de presión de la época- gritar el ¡Crucifícalo! y elegir -democráticamente, diríamos- la puesta en libertad del presunto criminal Barrabás.

La cobardía de los discípulos del Maestro es también evidente, así como la consideración -nota optimista- de cómo consiguen todos ellos, empezando por el medroso Pedro, reivindicarse a sí mismos y ser capaces de ofrecer su testimonio personal; habría que añadir que todo ello es obra del Espíritu, porque por sus propias fuerzas humanas habrían dado al traste con la tarea encomendada de la Evangelización.

Otros ejemplos se pueden detectar si nos aproximamos a la controvertida figura de Poncio Pilatos; en primer lugar se pregunta -como un postmoderno de nuestra época- ¿Qué es la Verdad?, declaración máxima de un relativismo de ayer y de hoy, que le hace incapaz de distinguir entre lo esencial y lo contingente y de adoptar una forma de vida según esa Verdad que es incapaz de conocer, a pesar de la advertencia de su esposa.

Confieso que, de todos los personajes secundarios de la tragedia del Gólgota, Pilatos siempre me ha parecido el menos antipático y, quizás, el más digno de conmiseración precisamente por ser la encarnación de la más clara debilidad humana. Su indecisión es loable en un principio: llega a reconocer, a pesar de las presiones iniciales, que el Hombre que tiene ante sí es inocente, pero luego no duda en castigarlo -¿por qué delito?-, exponerlo a la vergüenza pública y condenarlo a muerte. Accede, para ello, al chantaje de los dirigentes judíos, temeroso de provocar una nueva sublevación, y, especialmente, teme por su carrera política, si da lugar a la más mínima sospecha de no ser fiel al César si deja en libertad al que ha concedido ser el Rey de los Judíos. Sus características son, pues, la carencia de ideales firmes, su afán personal de medro antes que el bien público y la justicia, la pusilanimidad, la indecisión en el cumplimiento de sus deberes como gobernante, la irresponsabilidad (se lava las manos)…

De Herodes destacaría su frivolidad: siente curiosidad ante Jesús y solo espera verle llevar a cabo alguna maravilla, algo fuera de lo habitual, por lo que merece el desprecio más absoluto del que va a ser condenado.

Una última referencia sociológica, si cabe, es la que nos proporcionan los rudos miembros de la milicia romana, que son los primeros en reconocer que Verdaderamente este era el Hijo de Dios, mucho antes que los discípulos y, por supuesto, los líderes judíos.

El hombre no ha cambiado, puesto que su esencia es -a pesar de las utopías- inamovible desde el principio de los tiempos. Solo cabe que, mediante la educación -tarea del esfuerzo humano- y la Redención -tarea divina- sea capaz de vencer sus limitaciones y superarse a sí mismo en sus miserias. Así sea.