Calle José Antonio Primo de Rivera

Pedro Conde Soladana
ABC,  27.03.2014

En las guerras civiles, a canallas y héroes, los bandos enfrentados se los reparten más o menos por igual. Analizar las causas y los causantes del conflicto corresponde a los historiadores a los que hay que exigir imparcialidad y perspectiva en el tiempo para acercarse a la verdad de cómo fueron los hechos.

Ser de derechas o de izquierdas no es en principio ninguna virtud como tampoco es eximente de ningún vicio. Bueno o malo no es condición que tenga raíz en una idea política sino en la conciencia. Los he conocido a pares sin que las ideologías pregonadas por unos u otros les hicieran mejores ni peores. A la vista tenemos muchos y conspicuos voceros de justicias sociales saqueando a dos manos las arcas públicas.

La guerra civil de 1936 no fue una excepción. Los héroes de ambos bandos se enfrentaron en las trincheras para desgracia de España, mientras los criminales, en las retaguardias, saldaban con sus víctimas añejos odios contra las tapias de los cementerios, en las cunetas o en las checas.

Esto lo escribe alguien a cuyo abuelo paterno, secretario de Amusquillo de Esgueva, y a su padre, secretario de Sardón de Duero, individuos del bando nacional metieron en la cárcel durante unos meses, las famosas cocheras de Valladolid improvisadas como tal en los primeros días de la guerra. Y el mismo que supo cómo a otro tío carnal, secretario de Renedo de Esgueva, los mismos lo hicieron desaparecer la misma noche que lo sacaron de su casa, dejando a un hijo de ocho meses.

Por ello, hablar de memoria histórica y esgrimirla como la quijada de asno de Caín, de un hermano contra otro, de un bando perdedor frente al ganador o a la inversa, es una de las más tórpidas y estúpidas acciones en que puede caer la ciudadanía de una nación después de setenta y tantos años de aquella tragedia.

Otra cosa es buscar los restos de aquellos asesinados para enterrarlos al amor de una sepultura familiar; pero sin perder de vista que en el otro bando, sea el que sea, también hubo asesinados por los del propio.

Pasó el tiempo de recontar muertos. Un tiempo que nunca debió existir

Hablemos ahora de calles. Los vencedores de aquella guerra dedicaron calles a sus partidarios, prohombres o héroes. A la inversa hubiera ocurrido lo mismo, como en todo tiempo y lugar. Quitar ahora el nombre del tuyo para poner el nombre del mío no es la mejor forma de aventar los rencores del viejo conflicto. Es suscitar y mantener la revancha donde hace tiempo se restableció la sensatez colectiva, esa lección aprendida que debe seguir a toda trágica experiencia. En todo caso, aquella guerra la podemos definir benévolamente como el enfrentamiento entre dos manera de entender España. Hubo otras y otros, minoritarios pero muy poderosos; mas yo mismo caería en contradicción cuando pregono la concordia nacional si nombrara ahora a quienes fueron auténticos provocadores de aquel enfrentamiento; cuyas ideas buscaban la disolución de la auténtica España histórica, en la que no creían, para hacerla satélite de una ideología internacionalista.

Por tanto, antes de borrar nombres de calles, hagamos caso a esa sensata idea del alcalde Valladolid, Javier León de la Riva, de conocer qué hicieron esas personas por la ciudad; o por España, añado yo.

José Antonio Primo de Rivera fue, lo primero, un español hasta la médula. Primera condición para construir una España mejor día a día. Dudo que muchos de estos tachadores de nombres sepan lo que quieren para su patria con tanta claridad y empeño como él tuvo para ella. De momento, en su sectarismo, ese sentimiento individual y secuaz, reductor y estrecho de miras, dudo que quepa un pensamiento universal, a la vez nacional y enaltecedor del individuo, como el que se contiene en la definición que José Antonio hizo del hombre: “ser portador de valores eternos”. Sin distinción de razas, colores, cunas ni clases.

He aquí algunas de las ideas de su programa político, sin concluir, casi utópico, para una España más justa y un mundo mejor. En la economía, daba preminencia al factor trabajo sobre el capital, al que consideraba mero instrumento de producción. Tanto refutaba la usura de los bancos que llegó a definirlos como tiburones, propugnando su nacionalización. De su reforma agraria, llegó a escribir después Ramón Tamames que era la más avanzada y radical que se había propuesto nunca, dando al campesino la propiedad de la tierra que trabaja. Del saber y la cultura, dijo que ningún español con inteligencia dejaría de estudiar por falta de medios económicos. De la democracia, negó a los partidos su absoluto protagonismo para dárselo al ciudadano en su calidad de miembro de una familia, de un municipio, de una asociación profesional, etc.; en definitiva, una democracia más directa y auténtica… En fin, su programa era tan profundamente regenerador y revolucionario que hubiera dado un vuelco a aquella España “chata” y harapienta, acabando con la división en clases a que la torpeza y egoísmo de aquellas élites de la derecha económica y aristocrática de entonces la habían abocado; con el acompañamiento, enfrente, del odio, la revancha, el sectarismo y, en muchos casos, el antiespañolismo, de bastantes de los líderes de aquella izquierda. Por desgracia, el panorama actual empieza a asemejarse.

Es una constante. Lo más parecido al rigor inquisitorial es el furioso fervor de los indocumentados.

Entre los muchos textos de José Antonio, entresacaré uno de vigente actualidad. Su intervención en el Parlamento en aquel octubre de 1934 de la revolución de Asturias –urdida por el llamado “Lenin español”, Largo Caballero, con otros socialistas de renombre- y el golpe de Estado de la Generalidad de Cataluña, con aquel estrafalario Companys al frente, que había sido Ministro de Marina con la República –bueno, Maciá, otro golpista del mismo corte, había sido coronel del Ejército español-. Ésta es una parte de la intervención de José Antonio: “El Gobierno (de la República) ha tenido el acierto de desenmascarar dos cosas: primero, cómo lo que se llama la revolución… es una cosa turbia donde hay de todo menos un auténtico movimiento obrero y nacional; es una revolución de burgueses despechados que ponen en juego para sus intereses personales, para su medro personal, lo mismo la desesperación de los obreros hambrientos, a los que ni un día podemos dejar de asistir, que los sentimientos separatistas de origen más torpe. Esos burgueses que no son obreros, que no padecen las angustias de los obreros… ésos son lo que han especulado con el nacionalismo y con el hambre de los obreros para ver si se deshacen en un mismo día la autoridad del Estado español y la integridad de España”.

¿Cuántos de estos intransigentes, mudos secuaces de ideologías genocidas como el comunismo, que desean borrar el nombre de José Antonio de una calle, hubieran firmado en un testamento redactado por él, el día anterior a su fusilamiento en el paredón de una cárcel, este deseo de máxima concordia nacional: “Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas cualidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia”?