La tertulia del Lion d'Or en Bilbao

César González-Ruano
El Alcázar, 16 noviembre, 1950

En Bilbao existía un grupo muy interesante que se reunía en el café Lion d'Or, de la Gran Vía, a donde yo me iba desde la estación. Presidía, en cierto modo, la gran tertulia don Pedro de Eguillor, un raro y magnífico personaje que aglutinó durante muchos años a la intelectualidad bilbaína. Eguillor era hombre rico, muy enterado de literatura, pero que no escribía. Su casa tenía fama en todo el País Vasco por la cocina y las comidas fabulosas que daba don Pedro. A mí me invitó dos veces. Don Pedro de Eguillor era ya entonces hombre de cierta edad con melenas canosas, corpulento y con rostro un tanto infantil de aldeano. Llevaba los bolsillos de la americana llenos de periódicos y era un conversador muy ameno.

Al Lion d'Or iban, entre los que yo recuerdo, don Juan de la Cruz, Ramón de Basterra -que ya había dado algunas muestras de locura-, José Félix de Lequerica, Rafael Sánchez Mazas, Fernando de la Quadra Salcedo, Calle Iturrino y el humorista Aranaz Castellanos, que se mató por entonces. También acudían, aunque no eran constantes, Pedro Mourlane Michelena y Luis Antonio de Vega, que había empezado como poeta modernista con un libro que me parece que se titulaba “Timonel”. Aunque entonces le ví menos, otro contertulio del Lion d'Or era Joaquín de Zuazagoitia.

Este grupo bilbaíno que más tarde se disipó viniendo casi todos a Madrid, era francamente impresionante. Lequerica, Sánchez Mazas, Mourlane y Basterra tenían una conversación extraordinaria. Lequerica era por temperamento y de hecho el más político y había sido ya subsecretario de la Presidencia. Basterra era el que más libros había publicado y pertenecía a la carrera diplomática. Sánchez Mazas, de quien hablaré más tarde, tenía publicado yo creo que un solo libro admirable, casi de adolescencia, “Pequeñas memorias de Tarín”, y Mourlane Michelena otro muy de juventud titulado “Discurso de las Armas y las Letras”.

Como pintoresco se llevaba la palma Fernando de la Quadra Salcedo, que se decía perteneciente al trono de Navarra y luego al de Andorra, proponiendo a su pariente el barón de Beorlegui, hijo del marqués de Vadillo, para el trono de Albania.

Fernando llegó a formar un gobierno con amigos suyos y acuñó unas cuantas monedas de peseta con su efigie y el nombre de Ordoño no sé cuantos. Se decía descendiente de Iñigo Arista. En realidad se llamaba Fernando Salcedo Arrieta-Mascarúa y Reinoso. Su padre, don Tomás Salcedo, viejo muy simpático, montó en Madrid el café Spiedum, en la calle de Alcalá, entre el teatro Apolo y el café La Elipa. Fue un café elegante, que, sin embargo, no dio resultado. De Quadra Salcedo se podían contar centenares de anécdotas divertidísimas, pero que quizá no vinieran aquí muy a pelo. Quadra Salcedo rehabilitó luego el marquesado de Castillejos.

A don Pedro Eguillor y a Fernando de la Quadra los mataron en el Bilbao rojo. Basterra murió loco. Aranaz Castellano se pegó un tiro. Luis Antonio de Vega se fue de maestro a Tetuán y luego, recomendado por mí a Juan Pujol, se orientó en el periodismo.

En realidad salieron adelante, y fuera ya de Bilbao, Lequerica, Sánchez Mazas y Pedro Mourlane. A los tres los traté muchos años más tarde, a Lequerica siendo embajador en París y a Rafael y a Pedro, en Madrid, donde viven ahora.