El lector de izquierdas puede argumentar que eso de celebrar
figuras históricas es una manía de la derecha...

 

Manuel Parra Celaya
www.diarioya.es

Voy a hacer lo posible para no perderme la exposición que el Museo Naval de Madrid dedica a la figura de Blas de Lezo, que ocupa en mi imaginario particular un lugar destacado. Pero no pretendo centrarme ahora en un personaje que seguro que los lectores conocen de sobras, sino en la suposición, nada gratuita, de que la mayoría de mis antiguos alumnos (y lo de antiguos viene a cuento de que, hace apenas un mes, he pasado a la situación de jubilado) no sabrán quién fue el mediohombre ni oirán hablar de su defensa de Cartagena de indias en 1741 frente a una armada inglesa infinitamente superior en hombres y en medios. Ni mis antiguos alumnos ni la mayoría de los escolares españoles, amarrados al duro banco de la E.S.O. y de las leyes de inspiración progresista, que nos han colocado en el furgón de cola educativo de Europa y sus alrededores.

Como seguro que tampoco les va a sonar el nombre de Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico y hombre de bien, según sus biógrafos, y del que se conmemora el quinto centenario de su gesta. Y el próximo año vendrá el bicentenario del nacimiento del general Juan Prim y Prats, que, a pesar de ser de Reus, no contará con el excesivo beneplácito de los caciques autonómicos ni será apenas tenido en cuenta por los supuestamente nacionales; será el precio que pagará el general por haber arengado en catalán a sus voluntarios de barretina y bayoneta calada bajo los pliegues de la bandera rojigualda.

El lector de izquierdas puede argumentar que eso de celebrar figuras históricas es una manía de la derecha, que aprovecha cualquier ocasión para recordarnos que Santiago estuvo pegando mandobles en la batalla de Clavijo; claro que, actualmente, la derecha parece estar solo preocupada por la prima de riesgo, pero la crítica es adecuada. Pero aquí nadie puede lanzar la primera piedra, porque hay que ver lo pesaditos que se ponen los progres con la manipulación, por ejemplo, de Federico García Lorca, y eso sin haber leído, y mucho menos entendido, el Romancero Gitano y no digamos Poeta en Nueva York. La figura de Miguel Hernández se les hace un poco más cuesta arriba, sobre todo por haber sido hombre de trinchera, consecuente con sus ideas, y por la bofetada que le propinó Mª Teresa León, esposa en aquel momento de Rafael Alberti, al exponer rudamente el gran poeta la opinión que le merecían los intelectuales frente al fascismo.

Volviendo a nuestro tema, lo cierto es que, entre la derecha y la izquierda, a los escolares españoles se les ha hurtado descaradamente su pasado, es decir, la Historia con mayúscula, para que no encuentren en ella arquetipos de valores estéticos, guerreros, científicos y patrióticos. Tampoco es que, ni unos ni otros, ofrezcan un futuro prometedor los habitantes de las aulas. De forma que han reducido a nuestros niños y adolescentes al ámbito de los animalitos irracionales, que solo son capaces de tener presente, y no muy halagüeño que digamos, entre otras cosas porque de este presente tampoco pueden permitirse el lujo de ofrecer arquetipos y modelos de honradez, inteligencia y españolidad.

Si lamento haberme jubilado ya es por no poder seguir intercalando, en mis clases de Lengua y Literatura, breves y jugosas alusiones contextuales a la hombría de un Miguel Hernández, al valor de un Blas de Lezo, a las hazañas de los Conquistadores o a las dotes de estadista de un Juan Prim.