La Antología Hispana. La Ley del Testamento

 

Eugenio D'Ors
Arriba, 19 de noviembre, 1944

Cuando se pensaba, no hace tantos años, en la unificación oficial de los textos destinados a la primera enseñanza, yo, que andaba en ello, tuve propósito de que el de antología de la prosa hispana se abriese —fiel a aquel concepto imperial que asume épocas, naciones y hasta lenguajes distintos— con algún fragmento de Séneca y se terminara —puesto que parecía aconsejable el excluir a autores vivos— con el Testamento de José Antonio. La calidad literaria de esta página le atribuía ya, en derecho, el valor propio de lo ejemplar. Pero, todavía, al precio venía a unirse la significación; a la clásica excelencia, la gravedad canónica. Una ley aparecía promulgada en el Testamento; hasta cierto punto, compensadora de la de Séneca y digna de entrar, con título igual al del senequismo, en la complejidad esencial de la tradición patria. Si, en ésta, se ha subrayado tantas veces la nota del heroísmo estoico, que supera el interés por la vida y la destruye, otra nota conviene, por fin, vindicar: la del heroísmo, que llamáramos latino de buena gana; el cual, bien habido con la vida, sabe sin embargo coronarla, y la ennoblece.

¿Soplará la inspiración de esta nota con la brisa del mar, y, por excelencia, del mar aquel a cuyas riberas nació la filosofía de Vives y se quebró la existencia de José Antonio? Tentaciones me visitan de afirmarlo y cediera acaso a las mismas, de no turbarme oportunamente el recuerdo de Teresa de Ávila, tan razonable y cuerdamente avisada siempre, en lo de unir cielo con tierra, virtud con eficacia y en lo del tránsito de Dios entre pucheros y afeite de la penitencia en términos de «graciosa y hasta jovial». Por Santos tenemos a los Mártires cuya inmolación da testimonio; pero también, a Teresa la bien lograda, cuyo quehacer tuvo tanto éxito… En todo caso, hay pueblos que patrocina simbólicamente Ulises; el cual ni siquiera a la delicia de un cantar de sirenas cerró los oídos, pero que, ni siquiera tras de esa delicia dio un paso, lejos de la ley de su mástil vertical; y otras gentes —los ejemplos no son míos— a estilo de Tristán y de Don Quijote, a cuyas empresas les toca el perder, porque ya secretamente empujadas por una «voluntad de ruina», en cuyo efecto hallan, a la vez, condena y sublimación.

«Perdedores» llamó a los tales la poetisa chilena Gabriela Mistral: su decir tuvo difusa resonancia y hasta se hizo pronto de él romántico alarde. Pero, aunque en guisa de Mártir se inmolara, José Antonio no fue un Perdedor. Como no lo era el poeta Juan Maragall, aquel que, en vísperas de su muerte, rompió en un «Cántico espiritual» —respuesta, igualmente, en las Antologías imaginadas, a las «Coplas» de Jorge Manrique, como lo del Testamento a Séneca—, donde, en el júbilo de reconocer la eternidad de lo sensible, él, autor digno —sólo entre cuatro o cinco, en el mundo— de glosar la Resurrección de los Cuerpos: le dice a Dios: «¡Si este mundo es, ya, tan hermoso!».

El amor de José Antonio por la hermosura del mundo estalla en cada una de las frases del Testamento. En aquel tono arquetípico de dignidad sin énfasis, en que el estilo, manteniéndose, no obstante, togado, renuncia a cualquier afectación ornamental. En aquella nobleza clásica, que evoca, más aún que los discursos de los oradores antiguos, la de aquellos otros que los oradores ponen en boca de los héroes. La lucidez, la templanza, la sofrosine, lo que llamaríamos imbibición ética y jurídica de cada cadencia del período y de cada aposentamiento de vírgula, muestran la aristocracia de un espíritu, sin perjuicio —quizá, a favor— de cierto relente de especificación profesional… Aquí hay «un hombre». Pero, también, muy característicamente «un letrado». Al devoto de la Obra-Bien-Hecha, de la estética en la perfección y de la moral en los oficios, esto ha de entusiasmarle.

Un supremo imperativo de belleza asistió a la víctima en el sacrificio. Un gusto por la forma, un respeto ideal por las jerarquías inermes. Luminosamente declara que, bien que no haya poder contra el espíritu, la plena realización del espíritu se encuentra cuando su fructificación en poder. «Hubiera preferido vivir con fruto a sucumbir con lauro» ¡Cuán lejos nos hallamos de aquellas «frases famosas» del «estoicismo racial», del «ascetismo barroco»! ¡Cuánto más lejos aún de sus secuencias, derivaciones y simulaciones periodísticas y parlamentarias! Las escuadras se mandan aquí contra los hombres, pero también, ¡no faltaba más!, contra los elementos. Se apetece la honra, pero se sabe que no hay honra entera, si se pierden los barcos. La palabra del que va a morir, puede pasar del Testamento a la lápida; pero no puede pasar al latiguillo.

De cara a la muerte, José Antonio testimoniaba, a la vez que de su adhesión a la vida, de la gentileza elegante de esta su vocación. Su anhelo no era un apetito. Su fortaleza no era una adustez. Moría más bien, en cierto sentido, con el desdoble irónico de un Sócrates que con la entereza fanática de un Séneca… Y ésta es la ley del Testamento.