Así era Hedilla

R.R.A.

Diario Pueblo, 20 de febrero de 1970

Fue un día cualquiera hace ya unos años cuando a petición de un amigo común me dirigí hacia la calle Génova. Empujé suavemente la mampara de cristal de una rutilante cafetería. Al cerrarse tras de mi cesó repetidamente el estruendo runruneante, salpicado de estridencias, del tráfico madrileño, y fue sustituido por un murmullo de conversaciones.

Avancé unos pasos entre las mesas repletas de gente, me detuve y ví ante mi a un hombre maduro, de grises cabellos y mirada serena que con una leve sonrisa me dijo: “Seguramente es usted al que esperábamos; soy Manuel Hedilla”, sonreí y estreché la mano que me tendían.

Mientras conversaba por primera vez con Hedilla tuve la extraña sensación de la leyenda: tenía ante mí un pedazo de la historia más reciente de España. Recordé que en mis años de colegial había visto, escrito en las paredes de algún edificio, su nombre, unido al de Falange. Por aquél entonces pregunté y las respuestas sumieron su figura en una especia de nebulosa; llegué a creer que no existía, jamás había visto ninguna fotografía suya. Creo que como a mi les habrá sucedido a muchos españoles de los que nacimos cumplido ya el primer tercio del siglo XX.

Pero después de aquella primera entrevista, nuestros encuentros se hicieron frecuentes, y atraído por el magnetismo profundamente humano de su personalidad sencilla, me ví integrado en el círculo más íntimo de sus amigos. Nos separaban unos cuantos lustros de edad, pero todo lo demás, nos unía.

Hablar con Hedilla era como contemplar las tranquilas aguas de un lago; siempre igual de carácter, sereno, sin estridencias, ponderado, casi frío, enérgico, afable, inspiraba a todos una mezcla de confianza y respeto. Si alguien alzaba la voz en el calor de la conversación, el siempre levantaba despacio la mano reclamando calma, hablaba pausadamente, mirando con insistencia y de frente a su interlocutor. Y en la misma actitud de atención escuchaba pacientemente. Pero lo que realmente sobrecogía sobre todo conociendo su historia, era su absoluta incapacidad para el rencor: ni una palabra de odio, ni un gesto de hostilidad, ni un desgarro, ni una queja colérica. En su alma no habían prendido jamás ni el odio ni la amargura. Cuando relataba los sucesos de los que había sido protagonista, lo hacía con el frío acento de un narrador, como si de la vida de un extraño se tratase,, y cuando comentaba su tragedia, siempre afloraba a sus labios una frase de perdón, un gesto un tanto personal y expresivo de la lejanía de las cosas pasadas y todo ellos in la falsa dignidad del que hace de lo generoso un acto de soberbia, porque su modestia y humildad eran tan naturales, tan vitales, que le han acompañado hasta en el silencio de su muerte y la austeridad de su sepultura. Lo que más le dolía siempre era el abandono de un amigo, la deslealtad, el olvido e un compañero y en muchos casos aún seguía preguntando ¿por qué?

Hedilla fue un testimonio de fe y hasta el fin lo mantuvo, fue un hombre de fe en Dios, en España, en el hombre; ni los años, ni las tribulaciones, ni las más amargas experiencias doblegaron su entusiasmo y su esperanza.

Últimamente y por propia voluntad, había roto un silencio de muchos años, y había saltado al área política a cuerpo limpio, con un espíritu joven y alegre, aunque con una increíble modestia y ausencia de ambición personal. Había vuelto a hablar sin más aval que su indiscutible honradez, sin más bagaje que la pureza de su ejecutoria y sin mas intención que la de aportar, como él decía, una experiencia, una manera de entender el quehacer político.

La entera existencia de Hedilla, cualquiera que sea el juicio que merezcan sus ideas o la atracción que inspire su figura, ha sido una permanente entrega de servicio y lealtad, un testimonio sangrante de autenticidad y sincera felicidad a sus propias convicciones.

Hace unos meses enfermó y pronto supimos la gravedad del mal que le aquejaba. Una vez más ha soportado el dolor con escalofriante serenidad, casi con indiferencia, sin que nadie viera apagarse en él la llama de una ilusión cada día renacida. Así se ha ido extinguiendo hasta las luces de una tranquila madrugada en que, inclinada la cabeza, se desplegaron las alas del gran viaje… Paz para los que ya caminan por el misterioso y lumínico sendero que lleva hasta Dios. Que la llama de su recuerdo ilumine las vías de la concordia y el entendimiento que el deseaba para España, pero que nadie la use para atizar el fuego de la discordia, que tanto dolor y sufrimiento costaron a Hedilla.

Toda su vida estuvo marcada del principio al fin, por un signo de enigma y sufrimiento, como una extraña predestinación. Nace un 18 de julio, precisamente en la provincia marinera de Castilla, sufre prisión y destierro en nuestros archipiélagos y a su muerte le acogen las tierras alicantinas, las mismas que cobijaron pro primera vez los restos de su amigo José Antonio.

Hedilla se nos ha ido, pero nos deja toda una senda: la de su ejecutoria humana y política, un espejo de lealtad y honradez en el que podrán mirarse las generaciones: esos jóvenes que tanto admiran la autenticidad en las conductas, un ejemplo de sencillez y fidelidad para todos, incluso par los que no compartían sus ideas.

Merece la pena que su personalidad y su sentido de la vida sean conocidos y es de justicia que su figura no sea silenciada o deformada y todo ello cumpliendo sus deseos: sin oportunismos políticos, sin que se use su nombre para lanzamientos o grupos, pero sí mostrando cuanto fue su vida, que ya es algo que pertenece a la Historia y, por tanto, patrimonio de todos los españoles.

Los que tuvimos el privilegio de conocerle y llamarnos sus amigos le guardaremos el más afectivo y respetuoso recuerdo y si algún día un hijo nos pregunta por Hedilla, ¡que simple será la contestación!: fue un hombre honesto, un español limpio.

Digámosle el último adiós con la cara vuelta lacia Levante, por donde sale el sol, mirando al infinito, recordando la humilde tumba que acoge sus restos y presintiendo el amanecer que él nunca dejó de soñar. Brindémosle el único homenaje que él deseaba: una oración.