Turbas

Esquela publicada en la prensa de Bilbao el 4 de enero de 2007



Jon Juaristi

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El 4 de enero de 1937, nueve Junkers de la Legión Cóndor bombardearon Bilbao. Mi padre, a la sazón un niño de once años, recuerda cómo, después del bombardeo, vio a las turbas —ha usado siempre esta palabra en su relato de los hechos- subir hacia Begoña, donde estaba la cárcel de Bilbao y varios conventos que habían sido habilitados como prisiones. Los hermanos mayores de mi padre combatían en el frente como gudaris. Mi abuela envió a los dos únicos chicos que quedaban en casa, mi padre y su hermano Jon, de trece años, a ver qué pasaba en las cárceles, porque temía por la suerte de uno de sus cuñados, el abogado carlista José María Juaristi, antiguo concejal y diputado a Cortes por Bilbao, encarcelado en el convento de los Ángeles Custodios.

Mi padre volvió a casa espantado de la visión de las turbas, que se habían armado con machetes en los puestos del mercado. Lo que sigue es un resumen de los acontecimientos del 4 de enero. El bombardeo causó tres muertos y tres heridos (más tres tripulantes alemanes de un Junker, derribados por el joven piloto Del Río, as vasco de la aviación republicana). Los directores de las prisiones solicitaron la inmediata protección de las mismas al Gobierno de Euskadi, pero los nacionalistas vascos, mayoritarios en dicho gobierno, se negaron a mandarles fuerzas de la policía autónoma, con el argumento de que su intervención podría desatar una guerra entre el PNV y las izquierdas. Finalmente se optó por encomendar la defensa de las cárceles a un batallón de la UGT, que, como primera medida, colocó piquetes de guardia en todos los accesos a las prisiones, con instrucciones de frenar a cualquier cuerpo de policía que tratara de interferir. En Larrínaga, los milicianos de UGT asesinaron a 71 reclusos indefensos, lanzando bombas de mano dentro de las celdas. En la aneja Casa de Galera, los asesinados por los supuestos protectores fueron 33. En el convento de los Ángeles Custodios, entre los milicianos de UGT y las turbas exterminaron a los 96 presos (a la mayoría de ellos, a machetazos). Sólo el convento del Carmelo, defendido por seis guardias armados y por oficiales rebeldes allí recluidos, que utilizaron botellas medio llenas de agua contra los asaltantes, quedó relativamente a salvo del linchamiento (aunque los de UGT consiguieron asesinar a cuatro presos). Cuando todo terminó, Telesforo Monzón, Consejero de Interior del Gobierno de Euskadi, llegó a imponer el orden, al mando de una columna motorizada de la Policía Autónoma.

Todos los asesinados en los Ángeles Custodios (entre ellos, mi tío abuelo José María de Juaristi) eran ancianos monárquicos y tradicionalistas, a los que se anunció su muerte sucintamente (“Ya habéis vivido bastante”). Mi tío abuelo contaba cerca de ochenta años, como su correligionario Juan de Olazábal Ramery, que cayó a su lado: viejos próceres del carlismo vasco que llevaban mucho tiempo jubilados de la política. Junto a ellos murieron otros muchos sobrevivientes de la derecha vizcaína de la Restauración. En 1956, durante la celebración en el exilio del I Congreso Mundial Vasco, el lehendakari José Antonio Aguirre asumió la responsabilidad de los asesinatos ante el mutismo de Telesforo Monzón, que se portó como si aquella enojosa historia de dos décadas atrás no le concerniera.

Los datos que he resumido no proceden de la Causa General ni de obra alguna de la historiografía franquista, sino de The Tree of Gernika. A field study of modern war (1938), de George Steer, y de la biografía de este último -Telegram from Guernica. The Extraordinary Life of George Steer (2003)-, de Nicholas Rankin. Es una historia más de la Guerra Civil que, en este caso, toca a mi familia. Mi abuelo, nacionalista vasco, se contó entre los derrotados, pero perdió a sus dos únicos hermanos varones a manos de las turbas de su bando. De turbas (mobs) habla también Rankin, y de turbas hablaba mi abuelo. Probablemente, muchos milicianos de aquel batallón de UGT que tan valientemente protegió a las turbas, el 4 de enero de 1937, fueron fusilados por los vencedores. Si yo fuera Cándido Méndez, no me empeñaría en averiguarlo.