Ainadamar, un batiburrillo abigarrado y disforme

Terror en el campoamor

Cosima Wieck
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Ayer en la temporada de ópera de Oviedo se estrenó una obra contemporánea de autor argentino y cuya programación en este ciclo parece inadecuada puesto que su relación con este género musical es mera coincidencia, si a esto añadimos que la calidad brilló por su ausencia concluiremos que, emulando a la liturgia de la tauromaquia, debería enviarse un "aviso a la presidencia", es decir, a la directiva de la Asociación de Amigos de la Opera.

En principio asistir a la audición de una obra que no conocemos es siempre un estímulo ya que la esperanza nos incita a pensar que estamos a punto de atrapar uno de esos momentos mágicos que el gran arte nos hace experimentar.

Desgraciadamente, ayer salí totalmente defraudada, sabía que el libreto, escrito en inglés por David Henry Hwang y traducido al español por el propio compositor, el argentino, Osvaldo Golijov, de origen judío-eslavo es una serie de tópicos y falsedades fabricadas por la izquierda para convertir en héroe y mártir al poeta Federico García Lorca, víctima de la incuria y ferocidad homicida del llamado bando nacional. García de Tuñón nos habla al respecto en su último artículo publicado en DD.

Hasta aquí lo de siempre y esto ya es un mal síntoma porque el arte con mayúsculas, el verdadero genio no se amolda a la versión oficial santificada por el poder imperante en el momento y santificada por la tiranía de lo políticamente correcto.

Ni Lorca fue un mártir ni mucho menos un héroe sino una persona, como hubo miles, que atrapadas en un conflicto fratricida cayó a manos de unos como podía haberlo hecho a manos de los otros –¿por qué sino no se quedó en Madrid bajo la protección de su compañero de generación y poeta como él, Rafael Alberti, quien gozaba de gran poder en el Madrid frentepopulista, como bien supieron los que fueron asesinados en la checa que el controlaba? Porque no se fiaba de él- A Lorca no lo mataron por sus ideas sino porque las gentes a quienes las mueve el odio aprovechan estas circunstancias para desatar su furia homicida y exterminar a aquellos a quienes odian por motivos la mayoría de las veces tan mezquinos que asombra puedan ser reales.

Además se acusa a la Falange de ser la responsable de la muerte del poeta, nada más lejos de ello, el poeta Luis Rosales y sobre todo su hermano mayor que tenía un puesto relevante en esta formación hicieron todo lo que estuvo en su mano para salvarle, incluso refugiarlo en su propia casa, pero de nada sirvió cuando el odio se asienta en las más bajas pasiones.

No digo nada que no sepan y otros, como el señor García Tuñón, están mucho más versados sobre esto que yo, pero lo que sí tengo que resaltar, porque me ofendió profundamente y a mucha gente del público que profesan la religión católica también, fueron las alusiones a Cristo identificando su pasión con la de Lorca mediante la corona de espinas y no digamos la escena final con una esperpéntica parodia de la Última Cena que roza lo blasfemo.

Señor presidente de la Directiva de la Asociación de Amigos de la ópera, ya es la segunda “en la frente”, después de las alusiones de este tipo en el Don Carlo del año pasado, que nos coloca a los sufridos espectadores, que atrapados en nuestras butacas somos obligados a contemplar algo que nos ofende y repugna más que si nos agredieran personalmente, en una situación próxima a la tortura. No puedo entender esta “manga ancha” en personas que hacen gala públicamente de su pertenencia a la Iglesia católica como me consta que hay varias en su directiva. Si siguen por este camino creo que terminarán por cargarse su “juguete” porque con Dios no se juega. Todo lo que hacemos contra Él tiene efecto boomerang y acaba por volverse en contra nuestra.

El título de esta crónica es una síntesis de la parte musical. Ni es una ópera, en todo caso una especie de musical, en el que no existe ni cohesión ni discurso musical, parece que el autor alardea de ello, sin duda porque lo considera un hallazgo. Olvida que el colage tiene más de un siglo de andadura y que apiñar frases musicales de las más diversas procedencias estilísticas, o se consigue con ello algo verdaderamente grande o sino es la quintaesencia de la falta de talento. Me temo que en esta ocasión nos encontremos frente a la segunda opción.

El "guiño" al flamenco estuvo presente constantemente, excepto en el cuadro de la despedida antes de la gira a América de Margarita Xirgu, en el que fue sustituido por la rumba caribeña y en la salmodia final. El problema es que el recuerdo de la Vida Breve de Falla planea como un fantasma que no llega a pronunciar la palabra plagio porque la diferencia de calidad lo impide.

No era una mala opción, conocido es el amor del poeta por el flamenco –el tema del vito que Lorca versionó resuena- pero la presencia estridente de la percusión con una andadura que transita por los caminos del folklore africano desvirtúa por completo el alma del sonido en el que bebió Lorca. Será flamenco de fusión pero eso ya no es “jondo” y sobre todo está muy “oído”. Además, sume al que lo escucha en una confusión que llega a producir malestar.

De la interpretación no hay mucho que decir, ¿Cómo se puede opinar de la calidad de unos cantantes que emplearon todo el tiempo micrófonos para amplificar el sonido? No pudo llegar la ópera a una negación más absoluta de su esencia, se sabe que los amplificadores distorsionan el sonido y encubren los defectos o errores.

Siempre fueron criticados los guitarristas de concierto que recurrían a este “aparato” para compensar la falta de sonoridad de su instrumento, pues aquí ¡Hala amplificadores a discreción! En la salmodia final entonada por María Hinojosa en el papel de Margarita Xirgu, el sonido era tan estridente que producía malestar físico en los oídos, efecto descrito tan llana como certeramente por un espectador “cuando calla de una vez esta paisana que me está levantando dolor de cabeza”.

En fin, una velada para olvidar, el director de orquesta y sus instrumentistas hicieron lo que pudieron. Lo más relevante fue el “cantaor” flamenco que encarnaba al asesino de Federico.

No es posible llevarlo a cabo desde estas páginas, pero creo que el mejor comentario de lo que vivimos anoche fueron los ronquidos de un compañero de butaca que desgraciadamente no fueron a más porque de haberlo hecho bien podrían haber sido una aportación al teatro experimental en el que los espectadores colaboran en la representación de la obra con sus aportaciones espontáneas.