Homilía en el Valle de los Caídos, miércoles, 20 de noviembre



P. Santiago Cantera, OSB
http://www.valledeloscaidos.es/homilias

 

Queridos hermanos:

Ofrecemos, en el aniversario de su muerte, el Santo Sacrificio de la Misa por el alma de José Antonio Primo de Rivera y por el alma de Francisco Franco, por quien también se eleva hoy en muchas sinagogas del mundo un “kadish” o responso teniendo presente la labor desarrollada por él y por el Estado Español y sus diplomáticos hacia los sefardíes y otros judíos en la II Guerra Mundial, en algunos momentos agudos del conflicto árabe-israelí y en otras circunstancias más en Marruecos.

Leemos en el segundo libro de los Macabeos que Judas Macabeo, confiando en la esperanza de la resurrección a la vida eterna, “encargó un sacrificio de expiación por los muertos para que fueran liberados del pecado”, pues es una idea “piadosa y santa” la de orar por los difuntos (2Mac 12,45-46). En efecto, en este mes de noviembre lo meditamos especialmente: la fe en la vida eterna nos lleva a orar por aquellos que ya han fallecido, para rogar a Dios que con su Misericordia infinita borre sus pecados y permita que gocen de su visión y su compañía por siempre; y si ya se encuentran en el Cielo, la comunión de los santos hace que esta oración sea eficaz en beneficio de otras almas. Pero, más aún que cualquier otra oración, lo que mayor fuerza tiene ante Dios para interceder por las almas de los difuntos es el Santo Sacrificio de la Misa, como ya lo señalara San Gregorio Magno (Diálogos, especialmente lib. IV, caps. 57-62), pues se trata del mismo Sacrificio redentor de Cristo en la Cruz que se renueva en el altar. La Sangre derramada por Jesús en el Calvario no ha quedado sin fruto, sino que de ella se tienen que beneficiar todos los hombres: por eso ofrecemos la Santa Misa.

Y esto es lo que diariamente se realiza en esta Basílica, en este altar, junto a un monasterio, bajo los brazos redentores de la Cruz. No otra cosa.

Los brazos de la Cruz nos recuerdan los brazos abiertos de Cristo, brazos de amor y brazos de perdón que a todos se extienden. Por eso aquí se reza por todos, por los que en nuestra guerra murieron en uno o en otro bando indistintamente y que están enterrados en esta Basílica o en otros lugares de España. El propio José Antonio deseó en su testamento que la suya fuera “la última sangre española que se vertiera en discordias civiles”. Ya Antonio Machado había lamentado la división entre “dos Españas”. Pero esa división nunca podrá ser superada por un deseo de revancha, de venganza, de resucitar odios que parecían ya desaparecidos o al menos dormidos.

El odio, como la envidia, es una enfermedad del alma de origen diabólico que, como un gusano, corroe permanentemente el interior de quien la padece. Impide vivir en paz y ser feliz, porque únicamente aspira a la eliminación o la humillación del adversario, aunque sea infamando su memoria mucho después de que haya desaparecido físicamente y no reconociendo absolutamente nada bueno en él. Produce una continua insatisfacción, pues sólo se goza en la falsa y efímera alegría de disfrutar con el sufrimiento del adversario, a quien se ve como la única causa de los propios males. El odio destruye interiormente a quien lo sufre e impide la paz social.

El futuro de una sociedad, por tanto, jamás se podrá construir con odio y crispación. ¿Dónde buscar entonces la solución? No hay otra que en Jesucristo, subido a la Cruz por amor, perdonando a sus verdugos desde ella y muerto y resucitado para nuestra salvación. Ése fue el perdón con el que tantos mártires murieron en sus labios por amor a Cristo. En ellos se concretó para la sociedad española cuál podía ser el camino de la reconciliación. ¡Qué lección, por ejemplo, la de un jovencísimo obrero cordobés de 21 años, el Beato Bartolomé Blanco, que dirigió las siguientes palabras a sus familiares antes de su muerte!:

“Mi última voluntad es que nunca guardéis rencor a quienes creáis culpables de lo que os parece mi mal. Y digo así, porque el verdadero culpable soy yo, con mis pecados, que me hacen reo de estos sacrificios. Bendecid a Dios, que me proporciona estas ocasiones formidables de purificar el alma. Os encomiendo que venguéis mi muerte con la venganza más cristiana, haciendo todo el bien que podáis por quienes creáis causa de proporcionarme una vida mejor. Yo los perdono de todo corazón y pido a Dios que los perdone y los salve. Hasta la eternidad. Allí nos veremos, gracias a la misericordia divina.”

Que Nuestra Señora del Valle interceda ante Dios por las almas de quienes hoy recordamos de un modo especial y por las de todos los caídos de nuestra guerra, a un lado u otro de las trincheras, y para que en España reine definitivamente la paz.