Generalizaciones odiosas

Tengo para mí, y me imagino que para cualquier hijo de vecino, que uno de los placeres de las vacaciones consiste, junto a la posibilidad de conocer lugares, en comunicarse con las personas. Dicho de otro modo: conocer, no solo el paisaje, sino el paisanaje. Antes de que el crítico lector me acuse de obviedad, me apresuro a aclarar que me refiero a establecer una verdadera comunicación humana –sin soporte tecnológico alguno- con el jubilado con quien hemos coincidido en el café semi desierto, con el excursionista con quien compartimos itinerario, con el compañero de asiento de un coche de línea, con el labriego a cuya cerca nos arrimamos en un breve descanso de la andadura… Es decir, con personas a quien nunca habíamos visto y a quienes es difícil que volvamos a ver.

La cruz de esta forma de sociabilidad veraniega estriba en que, una vez roto el hielo con los cuatro tópicos de costumbre, el desconocido contertulio de ocasión te pregunta por tu origen y procedencia, y, a renglón seguido, suele espetarte: “¿Qué está pasando en Cataluña?” o, de forma más bronca, “¿Qué quieren ustedes los catalanes?”. El diálogo toma entonces para mí un tono repetitivo: en primer lugar, distinguir Cataluña de sus políticos, propagandistas y vendedores de humo habituales, y, en segundo lugar, afirmar con rotundidad que hay catalanes y catalanes, es decir, que hay quienes compran humo y serían capaces de adquirir duros a cuatro pesetas y quienes no solo no tragamos, sino que nos situamos en abierta beligerancia con esa imagen que nos venden los medios de difusión de más allá y más acá del Ebro.

Los catalanes normales –suelo decir- viven y sienten, más o menos, como los habitantes de Almendralejo, Villanueva de Gállego o Jaén, por ejemplo: van a su trabajo (si lo tienen), se preocupan por su familia, ríen, se enfadan, aman o van al gimnasio, si tienen unos kilos de más; a veces, no puedo menos que repetir aquella admirable cita de José Antonio Primo de Rivera: “Cataluña es un pueblo esencialmente sentimental, un pueblo que no entienden ni poco ni mucho los que le atribuyen codicias y miras prácticas en todas sus actitudes…”; por otra parte, añado, en nuestras calles y plazas aún no nos damos de bofetadas, como si se tratara de un territorio comanche, y ello a pesar del interés que ponen los políticos separatistas en ello; para que quede todavía más claro, añado que hay que tener la precaución de distinguir entre la gente de la calle y sus supuestos representantes y mentores, más o menos como en el resto de España.

Esta absurda y odiosa generalización es común a separatistas y separadores. Ocasiona un proceso de retroalimentación, de apoyo mutuo, diríamos, que contribuye al nefasto particularismo que se ha adueñado del pueblo español. Ya forma parte del imaginario de tópicos sobre todas y cada una de las tierras de España, es fermento de animadversiones y odios y convierte en tabula rasa los preceptos de unidad y solidaridad. Equivale a la estupidez de afirmar que los andaluces no dan ni golpe o que los vascos se pasan el día tomando chiquitos y cantando a voz en cuello aquello de desde Santurce a Bilbao.
Por otra parte, estamos ante una de las estrategias más caras al señor Mas y compañía: primero, identificar Cataluña con ellos; segundo, impregnar de victimismo cualquier relación con el resto de los españoles. “¿Veis como no nos quieren?” es una de las frases que suman puntos a diario a las listas de quienes estarían dispuestos a celebrar referéndums sobre supuestos derechos a decidir y a iniciar aventuras secesionistas dignas de la imaginación del Huxley de “Un mundo feliz”.

Por el contrario, yo me atrevería a pedir al resto de españoles, además de no caer en la trampa de las generalizaciones, que tomaran conciencia real del grave momento por el que está pasando la convivencia española, debido en gran parte a la derivación del sistema autonómico. Porque el problema de Cataluña es, en realidad, el problema de todos, el problema de Castilla, de Galicia, de Navarra, de Canarias, de Ceuta… Es el constante problema de España, que parece condenada por la historia s ser un “perpetuo borrador” de sí misma, sin encontrar el modo de vertebrar su convivencia histórica para poder hacer frente a las dificultades coyunturales con que se enfrentan otras naciones europeas quizás más serias que nosotros.

Ya lo saben mis futuros contertulios de este verano: se encontrarán con un simpático catalán, que no se considera extraño en lugar alguno de España (y espero que de Europa) a donde le lleven sus correrías vacacionales; y, además, que no desaprovechará ocasión para acometer una pedagogía de lo español, más o menos la misma que practica el resto del año en su querida tierra natal de Cataluña. 

Manuel Parra Celaya