Los catalanes y el Valle de los Caídos (VI). Su construcción

En una siempre recomendable visita llama inmediatamente la atención, incluso a quien no logre dejar de lado los prejuicios, la magnífica armonía que se da en el entorno de Cuelgamuros entre la naturaleza y la obra del hombre. Así lo ensalzaba, entre tantos otros, el cardenal J. Ratzinger en 1989 añadiendo su gran potencial en el reto de la “nueva evangelización” con especial peso del peregrinaje, concepto que acaba de enaltecer en sus últimas palabras como Pontífice.

Lo que seguramente el visitante desconoce, si no malconoce, es el prolongado proceso del proyecto iniciado, en ansia de una vital reconciliación y no sin oposiciones de dispar signo, en una España donde aún estaban muy vivas las heridas del odio fratricida. Podríamos sintetizarlo en la evolución que enriquece la idea de monumento con la de monasterio, luego abadía, en su milenario significado que incluye el carácter de foco, o faro, espiritual.

Ya avanzadas las obras se contemplaron varias órdenes religiosas a quienes confiar el encargo que cada vez se tenía más claro debía conjugar la excelencia litúrgica con la experiencia en el campo cultural y docente. Tras ventaja para los dominicos, será prácticamente en vísperas de la inauguración que se ofrece, por el propio Decreto fundacional de 1957, a los benedictinos, con su legendario “ora et labora”, de Sto. Domingo de Silos, de la rama de Solesmes, que lo asumen no sin algunos recelos y percibiendo una compensación -35 pts. indexadas con el precio del trigo- por el “traspaso” de los en su mayoría muy jóvenes monjes fundadores con el veterano historiador Fray Justo Pérez de Urbel a la cabeza.

Lo que resulta ignorado, y hoy hasta chocante, es que pudieron haberlo sido los de la abadía de Montserrat, por lo demás muy mermada en la terrible persecución religiosa, y a la que Franco tenía en especial aprecio, por aquel entonces correspondido. El protagonista sería el luego abad Aureli Escarré, del que hemos accedido a escritos al respecto, mantenidos en razonada discreción, evidenciadores de su vínculo con el Caudillo; su evolución hasta la resonante ruptura de 1963 escapa de estas acotaciones pero cabe recoger que pronto pasa a encabezar consejos de que nadie de la Orden debiera jamás aceptar el encargo del Valle e incluyendo maniobras cerca del propio Solesmes. ¿Hubiera deseado ser el abad fundador?, más aún: ¿estuvo a punto de serlo?; en todo caso, fuentes autorizadas nos comentan sus útiles aportaciones en facetas litúrgicas sin excluir su influencia en la difícil decisión de trasladar el monasterio desde su ubicación en la hoy Hospedería al nuevo edificio a la vera de la cruz. Cruz en la que, en rigor, enraízan los furibundos ataques, e incluso razonadas críticas, al Valle, y que los benedictinos, cuyo emblemático Pax asume el escudo de éste, vienen proclamando que “obra la única reconciliación real posible”.

En lo que el visitante suele contar con alguna mayor información, si bien a menudo tremebundistamente manipulada, es acerca del largo y variante desarrollo de las obras. Por supuesto, no sobre posibles elementos premonitorios, de delicado tratamiento, como es la aparición en los dramáticos días de agosto de 1936, el 13, sobre el cielo del Vallés de una gran figura luminosa perceptible desde al menos el municipio de Vallromanas como una gigantesca cruz. El hecho, del que aún hemos podido recuperar testimonios, ha pasado significativamente inédito, primero por las arrolladoras circunstancias que lo prosiguieron, y hoy por un discernido, ¿”correcto”?, silencio. El día de la Merced del 2002, Dom Anselmo Álvarez, uno de aquellos ilusionados monjes silenses y pronto abad, al contemplar inesperadamente el legado gráfico nos hacía notar el cómo perfilaba la Cruz del Valle, incluso en su orografía no exenta a su vez de incitantes connotaciones bíblicas. Fuese aquello lo que fuese, fue.

Yendo a su ejecución, las obras, “sin coste para el erario público”, se inician el 1 de abril de 1940 (“Día de la Victoria”) dirigidas en su primera, y lenta, fase por Pedro Muguruza, autor también del ahora recobrado Vía Crucis de casi 5 kms., en cuyo haber se cuenta la Estación de Francia barcelonesa, y a partir del 50 por Diego Méndez con monumental participación escultórica de Juan de Ávalos, ex-exiliado, quien sintetiza el autorizado énfasis común en la reconciliación como objetivo básico: “por favor, no volvamos a las andadas con las que, entre todos, sumimos a España en aquel horror”.

Cabe también acotar que la concesión, por concurso, de parte de ellas corresponde a los hermanos Banús, de origen catalán, sin que falten opiniones de que el beneficio conseguido está en la raíz del auge de Marbella. En todo caso, y tras numerosas variaciones y dilaciones, el recinto se abre al público con agosto del 57, motivando un gran ditirambo por La Vanguardia Española, para inaugurarse, con igual reflejo, el 1 de abril del 59; es decir: casi veinte años después y en una España por fortuna harto diferente.

Lo que sí resulta harto probable es que para el visitante ansioso de mayor información, ésta se centre en uno de los elementos más sensibles de la enquistada leyenda negra que condiciona toda referencia al Valle: su materialización por una multitud de “presos políticos forzados”, si no “esclavos”, y con muy alto coste de vidas. Dadas las amables incitaciones -tan peligrosas para la paciencia del lector- a seguir prolongando esta serie, esperamos volver sobre ello.