25 de julio: Santiago Apóstol
Homilía en el Valle de los Caídos

P. Santiago Cantera, OSB

 

   
 

Queridos hermanos en Cristo Jesús:

Con el texto del Evangelio de hoy, (Mt. 20, 20-28), la primera y muy poco favorable impresión que nos podemos llevar es la del mal ejemplo que nos ofrecen los hijos de Zebedeo y especialmente su madre al reclamar a Jesús para ellos los primeros puestos en su Reino. Sin embargo, la fuerza impresa por el Espíritu Santo en todos los Apóstoles el día de Pentecostés los transformó por completo y les hizo ser verdaderos testigos de la Resurrección de Cristo, como lo refleja la primera lectura (Hch. 4,33. 5.12.27b-33; 12,1b) y en la concreta persona de Santiago se cumpliría la profecía del Señor como Apóstol protomártir: “Mi cáliz lo beberéis”.

Desde los siglos medievales, Santiago ha recibido culto en España como su singular Patrón, en algunos momentos junto con San Isidoro de Sevilla y San Millán de la Cogolla. Quiénes aparecen representados debajo de él en el impresionante mosaico de Santiago Padrós de esta cúpula. Él y San pablo, que encabezan el grupo de santos y mártires españoles de la cúpula, trajeron el Evangelio a las tierras hispanas, según una venerable tradición que en el caso del Apóstol del los Gentiles se constata además con su deseo expreso en la carta a los Romanos (Rom. 15, 24.28) y con el testimonio del Papa San Clemente en el siglo I (Carta a los Corintios V, 7).

Indudablemente, la historia de España ha estado siempre vinculada a la fe católica desde los albores del cristianismo. Por eso negar u olvidar la Tradición cristiana de España es negar la esencia misma de España, pues los principales acontecimientos de su Historia han estado marcados por la fe y muchos de ellos incluso por la propia figura de Santiago. Esta trayectoria quedó particularmente definida en el III Concilio de Toledo, reunido en el año 589, cuando los visigodos abrazaron la fe católica, hecho que permitió su unión con los hispanorromanos e hizo que un siglo después, en el XVII Concilio de Toledo (694) se dijera que “es cosa cierta y sabida que en casi todo el orbe de la tierra se ha divulgado la buena fama de que las tierras de España florecieron siempre por la plenitud de la fe”.

La devoción a Santiago como Patrón de España es un deber de gratitud por la fe recibida y una obligación a la hora de pedirle, como hemos hecho en la oración colecta, que “por su martirio sea fortalecida la Iglesia y por su patrocinio España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos”. La devoción a Santiago como Patrón nos ha de enseñar el recto amor a la Patria, el verdadero patriotismo, que no es un vulgar y superficial patrioterismo folclórico o de victorias futbolísticas, ni tampoco un nacionalismo que convierte a la nación en un absoluto idolatrado y tiende al panteísmo estatal, como el promovido desde el romanticismo decimonónico y el idealismo filosófico alemán.

El verdadero patriotismo es una virtud, la virtud del recto amor a la Patria, según lo comprendió el pensamiento clásico grecorromano y también el de la China tradicional confuciana, porque pertenece a la Ley Natural. Y así lo ha entendido siempre la moral católica, que los hace derivar de la piedad filial, del amor a los padres, del cuarto mandamiento de la Ley de Dios, y se expresa con claridad en el Catecismo de la Iglesia Católica, donde se dice que “el amor y el servicio de la Patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad” (num. 2239). El Beato Juan Pablo II llegó a hablar incluso de una “teología de la Patria” sustentada en la Sagrada Escritura (Memoria e identidad, Madrid, 2005, caps. 11-15).

Ese deber de gratitud, lo es hacia el legado de una rica tradición heredada de nuestros antepasados, que nosotros a su vez, debemos transmitir a las generaciones futuras con fidelidad y enriqueciéndola, aspirando a contribuir en un proyecto de vida común. Precisamente, como la Patria es también un proyecto de vida común, el amor a ella tiene una dimensión social que es fundamental y que crece aún más por nuestra condición de cristianos. No podemos hablar alegremente de España y de las glorias de su Historia y olvidarnos del drama que, justamente en el momento presente, sufren muchos españoles a consecuencia del paro y la crisis económica. Dice el libro del Deuteronomio: “Si hay entre los tuyos un pobre, un hermano tuyo, en una ciudad tuya, en esa tierra tuya que va a darte el Señor, tu Dios, no endurezcas el corazón, ni cierres la mano a tu hermano pobre. Ábrele la mano y préstale a la medida de su necesidad” (Dt, 15-7-8).

La tierra que a nosotros nos ha dado el Señor es España y sería una hipocresía vivir como si no nos afectara la crisis, desentenderse del dolor de tantos hermanos nuestros y hacer oídos sordos a sus quejas; aunque ciertamente éstas puedan estar a veces instrumentalizadas por algunos que han tenido culpa importante en la crisis, ello no quita el fondo de justicia y de razón de las personas que se ven agobiadas. También sería una hipocresía preocuparnos porque se logre el rescate de los bancos y olvidarnos del rescate de tantas economías familiares que se han visto arruinadas y endeudadas por la especulación de esos mismos bancos. Junto al despilfarro desmedido en España, al deseo de vivir por encima de las posibilidades reales y otros factores, uno de los causantes principales de la crisis económica en Occidente es lo que el Papa Pío XI denominó ya en 1931 “imperialismo internacional del dinero” (Quadragesimo anno, n. 109), en alusión al macrocapitalismo financiero que lo acapara todo.

En esta hora crítica de la Historia de España y del mundo y, sobre todo, de la vida de tantas familias españolas y de otros países, es un deber nuestro luchar por la justicia, esforzándonos en que ésta alcance a todos y que, allí donde tal vez no llegue, llegue la auténtica caridad cristiana. Que Santa María del Pilar y Santiago nos enseñen a vivir el espíritu de justicia y caridad de la primera comunidad cristiana, según nos los ha dejado escrito San Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch, 2,42-46).