La Ballena Alegre

José Mª Alfaro

 22 noviembre, 1942 

 

Aquello de "La Ballena Alegre" era cosa muy distinta  a como después de glorias y cataclismos, muertes y victorias, han querido presentarla gentes de uno y otro lado. En realidad, en su presencia, origen y desenvolvimiento, fue una espléndida  tertulia literaria, y como toda reunión de escritores, sujeta a fronteras fluctuantes. Lo que de fundamental tuvo, fue el representar -aparte de las enunciaciones de tipo estético intelectual y literario- una posición moral, social y ética distinta a la de las otras agrupaciones literarias, que acampadas en los cafés madrileños  -ese ágora  carpetovénica- sorbían junto al café, humores turbios, pasiones literaturizadas y desafueros ambiciosos.

"La Ballena Alegre", empezando por el local, era limpia, graciosa y con un vago romanticismo que se centraba en un velero arropado en nostalgias y en un espejo que abría una misteriosa  ventana interrogante en aquellas paredes de catacumba. Las gentes que allí nos reuníamos habitualmente -salvo alguna que otra excepción prosopopéyica- éramos alegres, juveniles, melancólicos y estábamos traspasados por la enérgica y contunente conciencia del tiempo. Por todo ello la postura común frente a la vida era de un serio dramatismo y buscaba enunciaciones redondas para la española angustia.

Recuerdo que fue Salaverría, ese áspero, serio y dramático guipuzcóano, el primer hombre de pluma  que la dedicó un artículo. Salaverría que no asistió nunca a sus reuniones, supo, sin embargo, intuir lo que allí se estaba cociendo; dijo que aquel grupo de escritores querían representar una actitud más dinámica y responsable, tanto en las letras como en la vida literaria y en la nación. ¡Dios se lo pague!

"La Ballena Alegre" pasó por muy distintas etapas y crisis. Tuvo momentos de esplendor  y superabundancia, en que hasta de provincias y del extranjero  llegaban contertulios afanosos: literatos en su mayoría: pintores, escultures,  músicos,  y hasta que algún que otro titulado "hombre de negocios" o algún pequeño "mecenas" sin fortuna. En cambio, en otros momentos, sus divanes se vaciaban y tan sólo un par  de contumaces hacían la guardia cuidadosa, dejándose ganar por la nostalgia del velero y por la misteriosa atracción del espejo enmarcado.

José Antonio llegó a "La Ballena" una noche en uno de los periodos  de plenitud. Eran los días en que entre gritos y disparos hacia su aparición en las calles la revista "FE", primer órgano  periodístico de la Falange. José Antonio estaba  dotado de una extraordinaria capacidad intelectual y dialéctica y a los cinco minutos su palabra se imponía sobre el guirigay y de las discusiones al uso.

Nuestro primer  Jefe Nacional no fue nunca un verdadero asiduo en las reuniones  de "La Ballena Alegre" Gustaba de ellas, pero sus múltiples afanes no le permitieron, a lo largo de su breve y luminosa vida, entregarse con juvenil holgura a sus satisfacciones particulares.

Yo le recuerdo, sin embargo, hundido en ardorosas discusiones, en permanente servicio misional. Aleccionaba sin empalagos didácticos y estrujaba la mente del contertulio hasta obtener de él el tesoro de sus observaciones, sus trabajos y sus experiencias. A José Antonio le interesaba el hombre  y siempre procuraba extraer de cada uno lo que sirviera para enriquecer una visión total humana.

Pero la Falange  andaba despierta tras de los pasos de su Fundador. No ya sus escritores -todos los cuales pertenecieron al grupo de "La Ballena Alegre"- sino algunos de los más ardorosos seguidores del jefe, descubrieron su presencia en el ambiente  encendido  y tenue de aquella catacumba literaria. Corrían días difíciles  y las pistolas del enemigo  estaban en acecho. Sobre los divanes cargados de literatura y de sutilezas ergotistas se montó la guardia vigilante de los fieles. Eran ya horas sin reposo y José Antonio no se lo concedía ni un instante. Sus apariciones fueron cada día más espaciadas y ya siempre signadas por un designio político. Llegaban rápido y brevemente vertía sus reflexiones para que se esparcieran con voz contundente de consigna.

Por entonces comenzó la persecución policíaca  contra la tertulia de "La Ballena". Fueron dispersados los escritores y las redadas  se hicieron periódicas. Mi último recuerdo de José Antonio  tras aquellas  mesas de madera, es el de la noche de las elecciones  que abrieron  las puertas de España al "Frente Popular". El me esperaba allí para que yo le diese el resultado de la contienda electoral. Yo había cenado apresuradamente, entre  el tumulto de las noticias, en unión de Juan Aparicio, Ismael Herráiz, Alfonso Palacio y Fernando Cámara. Llegué a contarle lo que sabíamos. Escuchó tranquilo y nos dijo:

"Ahora comprenderán los cómodos y los egoístas la razón que teníamos".

Después se levantó y nos pidió que le acompañásemos al Ministerio de la Gobernación,  ante cuyas puertas las turbas iniciaban sus trágicos desmanes.

Fue aquella seguramente, la última vez que José Antonio pisó  "La Ballena". Su alma, como su cuerpo, se entrañaban aún más con la intemperie española. Ya no volvería a ver aquel velero nostálgico ni la enigmática ventana del espejo.