Significado histórico de la transición

Pío Moa

Época, 27 de marzo de 2011



La transición es el hecho histórico español más importante desde la Guerra Civil, como he tratado de poner de relieve en La Transición de cristal. De la guerra salió un régimen que aseguró la paz más prolongada que ha vivido España en dos siglos, y que continúa; así mismo trajo la mayor prosperidad, que también continúa, aunque con altibajos; y superó los odios que destruyeron la república y que una política demente intenta resucitar 70 años después. Hay por tanto una esencial continuidad histórica desde la guerra hasta la actualidad, como también ha puesto de relieve un libro reciente de Enrique de Aguinaga, Aquí hubo una guerra.

Lo que cambió la Transición fue el régimen político, de una dictadura autoritaria (pero no totalitaria, y sin oposición democrática) a una democracia.

Cambio muy fructífero en lo que ha tenido de continuidad con respecto al régimen anterior, y muy peligroso en lo que tiene de demagogia, una de cuyas manifestaciones clave es el ataque irresponsable, injusto y a menudo miserable al franquismo.

No porque el franquismo no tenga sus puntos negros, desde luego -a ningún sistema político le faltan-. Sino porque su gestión, medido lo malo y lo bueno, fue extraordinariamente positiva; y porque la gran mayoría de quiénes lo atacan nunca tuvieron nada de demócratas y vienen constituyendo el mayor peligro para la democracia: el terrorismo y la colaboración con él, los separatismos, las oleadas de corrupción, el ataque a la independencia judicial, la partitocracia, etc.. Todos esos fenómenos concomitantes tienen el sello antifranquista.

Reiteradamente he destacado la evidencia de que el antifranquismo une en un haz al presidente Rodríguez, a De Juana Chaos, A Arzalluz, a Pujol, a Montilla, a Rubianes-Chacón, al héroe de Paracuellos, a Josu Ternera, a Alfonso Guerra (el matador de Montesquieu), a Roldán, y a tantos políticos por el estilo. Y sobre ese común antifranqusimo se han apoyado los ataques a la Constitución mediante hechos consumados, la transformación del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo en su contrario mediante el proceso llamado de paz, los "estatutos de segunda generación" y muchos otros desmanes por el estilo.

Pero la Transición, planteada como reforma de la ley a la ley, se hizo, precisamente, desde el régimen de Franco y contra la oposición antifranquista, la cual, como he mostrado en mi libro, nunca fue democrática, y pretendía una ruptura que devolviera a la imaginaria legitimidad de un Frente Popular tampoco democrático, además de creador de odios que el franquismo superó y verdadero causante de la guerra civil. De haberse impuesto la ruptura, el retroceso de España en todos los órdenes habría sido tremendo. Y según esa voluntad y actitud rupturista ha permanecido en esa misma medida la democracia es débil y corre serios peligros. A la inversa: mantener un régimen que todavía podemos llamar democrático -aún sí con reservas, dada su deriva última- se debe a las condiciones creadas anteriormente, reconciliación nacional y prosperidad, por decirlo simplificadamente.

Creo que esta exposición, aquí muy resumida, permite apreciar tanto la realidad histórica de la Transición como el falseamiento corriente de tan crucial suceso histórico; falseamiento de consecuencias políticas nefastas. Quizá nuestro mayor defecto sea la pereza intelectual combinada con el empecinamiento en descartar los hechos reales, a menudo evidentísimos, que no encajan en ciertos prejuicios por lo común simplones, caldo de cultivo de los fanatismos. Problema agravado por la ausencia de un debate razonable, reflejo a su vez de la decadencia cultural del país. Un pueblo que olvida o falsea su historia se condena a repetir lo peor de ella. No es posible enfocar los problemas actuales del país sin una visión clara de hechos decisivos como la Transición.