Ismael Medina ya sabe

Enrique de Aguinaga

La Gaceta, 6 de febrero de 2011


En el Valle de los Caídos, una muchacha me aborda entusiasmada: ¡Ismael Medina! Le tengo que explicar que no soy Ismael (¡más quisiera yo!), que nos parecemos físicamente, que nos confunden con frecuencia y que realmente estamos confundidos (unidos íntimamente) en creencias y amores, de la misma edad, de la misma generación: la sacrificada, la perdedora generación intermedia.

Ismael ha muerto y, con él confundido, he muerto por mitad. Ha muerto en su Aranda de Duero. Como decía provocativamente, en su exilio (exsules filii Hevae). Más aún: en el exilio interior, en la filosofía del fracaso edificante, impávido, sin deserción alguna, idealista de la generación de la síntesis y, por si fuera poco, de la cofradía de los honestos de capirote.

Ismael se desangró escribiendo, como aprendimos en la misma escuela, en un periodismo de ideas, contrapuesto al periodismo de sensaciones. Ahí quedan su corresponsalía de Roma, su inmensamente generoso epistolario, sus informes exhaustivos, sus artículos flamígeros; es decir, su talento en folios y más folios. Extraigo del archivo Victoria también para los vencidos, publicado en Arriba, a doble página, en 1957. Un grito de sangre hermana, sin oportunismos, sin concesiones a derecha o a izquierda, como lo hemos querido, ni vencedores ni vencidos, desde la inteligencia proscrita.

La generación intermedia ha sido el eslabón necesario y negado, que se ha consumido dando luz (dum luceam peream), semilla que muere para la vida. Denle el nombre que se quiera, lo más probable, políticamente incorrecto. Alguien incurrirá en clasificar a Ismael según los casilleros vigentes. ¡Qué pobreza! Partidario, sí, de la persona y de todos sus valores, asumidos con espíritu de servicio y sacrificio, alegremente, hombre cabal y libre, que es lo mismo.

Hermano Ismael: ya sabes (ser capaz de Dios, dice Benedicto XVI). Se acabó el destierro (post hoc exilium). Aquí quedamos, hermanos, camaradas, amigos, compañeros. Nuestra sola cuita / son las desesperantes posturas / que tomamos para esperar. Concluye Machado: Mas ella no faltará a la cita.