CAMPANAS EN EL VALLE

 

 

Alvarfrías
Altar Mayor, nº 53, mayo-junio 1958

 

Quien visita un santuario, un monasterio, una basílica, una pequeña iglesia, siempre ve, en lo más alto de la edificación el campanario en el que anidan las sonoras campanas que antaño rigieran parte de la vida de la sociedad.

Se puede asegurar que desde la más importante catedral a la ermita más humilde, pasando por santuarios, iglesias parroquiales y monasterios, toda construcción religiosa tiene sus campanas. Hermosas y majestuosas unas pequeñas y sencillas otras, sin olvidar los magníficos carillones bien sonorizados, todas expanden sentimiento en ciudades bulliciosas y campos solitarios.

Las campanas siempre han resaltado las solemnidades litúrgicas, han estado presentes en la alegría de las fiestas populares, han acompañado las romerías, han anunciado las horas, ha tocado a rebato en llamadas urgentes, y han llorado por los muertos; las campanas han acompañado la oración, han recordado el rezo del "Ángelus" y en otros tiempos su sonido estuvo presente en la elevación de la Sagrada Forma en la celebración de la Misa.

Origen y uso

El origen y uso de las campanas es tan antiguo que existen antecedentes de haber sido usadas por muchos pueblos desde tiempos prehistóricos. Se han encontrado pequeñas campanas en las tumbas egipcias y en las ruinas de Asiria y otras civilizaciones antiguas. En el Antiguo Testamento se habla de campanas de oro que pendían de las vestiduras del gran sacerdote. También se sabe que fueron empleadas en la India durante miles de años.

En Occidente están asociadas a la Iglesia cristiana, no existiendo seguridad de cuando se empezaron a usar, aunque algunos atribuyen su introducción a Paulino, obispo de Nola, Italia, en el 400 d. C. Beda las menciona como empleadas en Inglaterra hacia fines del siglo VIII, donde parece que san Dunstano alentó su empleo en el siglo X.

En su confección han adoptado las más variadas formas y materiales. Algunas campanas primitivas de metal se fabricaron remachando planchas metálicas; en otras ocasiones se construyeron batiendo el metal hasta darle forma. No obstante, lo más generalizado fue la utilización de la fundición, procedimiento seguido hasta hoy. En general, la forma más idónea y preferida es la de copa, y el mejor material una aleación de cobre y estaño, con lo que se obtiene volumen y riqueza de tono.

Pongamos unos ejemplos históricos:

Las campanas de Solesmes

En los comienzos de la restauración de Solesmes, 1833, Dom Guéranguer compró una campana muy modesta, de las de serie, en el taller de un fundidor de París, cuyo nombre, Hildebrando, aparece inscrito en el metal. Este nombre le hizo sonreír y le pareció de buen augurio. Pensó en San Gregorio VII, el enérgico defensor de las libertades de la Iglesia.

En el bautismo de esta campana se le impuso el nombre de las señoritas donantes: Marie-Perrine Cosnard de Sablé, dos grandes devociones del Abad de Solesmes: La Virgen y el Principado de Pedro. Esta es la campana más antiguas y también la más pequeña de la Abadía.

Durante los primeros años era la única campana que llamaba a los oficios. Después de adquirir otras, se la colocó en el campanil del Priorato. Ella llama a los ejercicios conventuales a maitines, a las conferencias, a los recreos, a los paseos, y en recuerdo del acontecimiento de la restauración de Solesmes en 1833, el día 19 de julio, primeras Vísperas de San Benito, se la toca en Completas para recordar a los monjes los humildes comienzos de su Comunidad.

Desde 1925, Radegundis, bendecida por Dom Cozien, hace eco con Marie-Perrine para los actos conventuales.

El 30 de mayo de 1838, Dom Guéranger bendice otra nueva campana: Gregorio-Leoncio, de 61 kgs. , malograda al rajarse.

En 1859 Dom Guéranger decide reemplazarla por otras dos, pagadas por dos amigos del Monasterio: Pierre, de 350 kgs. y Benito, de 200 kgs., que bendice el 4 de noviembre del mismo año.

El mismo día de la bendición, se abrió una suscripción para una nueva campana, pudiendo Dom Guéranger bendecir dos algunas semanas más tarde, el 7 de diciembre del mismo año 1859: para gloria de la Inmaculada Concepción, María, de 725 kg., nota la, y Benito, nota do agudo, pagadas por la señorita Eufrasia Cosnard y por M. de Touches.

Después de la muerte de Dom Guéranguer, Dom Couturier bendice el 17 de noviembre de 1877 dos nuevas campanas: Cecilia-Paula, de 2.335 kg. y 128 centímetros de diámetro, y Juana, de 625 kg. , pagadas ambas por la familia de un joven monje.

En enero de 1878, Benito y Pedro fueron refundidas para conseguir mejor sonido.

Después de la expulsión, en 1895, Dom Delatte manda fundir a Cecilia-Paula y Juana y Pedro, y se las ofrece a Notre Dame de Chêne, mandando hacer tres nuevas: Pedro, de 2.387 kg., y 152 cm. de diámetro, nota ur grave; Pablo, de 1.508 kg. y 135 cm. de diámetro, nota re; y Cecilia, de 1.032 kg. y 120 centímetros de diámetro, nota mi, que bendice el 18 de enero de 1896.

La primitiva María no estaba en acorde con los nuevos sonidos de estas tres nuevas campanas, pero por respeto a Dom Guéranger, Dom Delatte no quiso fundirla; se limitó a retocarla y quedó en un pequeño desacorde con ellas.

Resumiendo, las campanas actuales de Solesmes son las siguientes: Benito, nota do agudo; María, nota fa; Cecilia, nota mi; Pablo, nota re; y Pedro, nota ut grave.

Estas cinco campanas tienen suficiente sonoridad para señalar distintas fiestas litúrgicas. Las Soleminidades, Profesiones y Ordenaciones, y el Ángelus de la Anunciación, son anunciadas por cuatro campanas; otras fiestas menores son tocadas con tres campanas más graves (acorde mayor); y Apóstoles, Domingos de Adviento y Cuaresma, son señaladas por el acorde menor de Pablo, Cecilia y María. Los Domingos del tiempo Pascual son anunciados con voces graves de Pedro y Pablo.

Las Campanas del Valle

El Monumento de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, con su Basílica, y Abadía Benedictina, no tiene campanas.

Inaugurado en 1958, e instalada en el mes de julio del mismo año la Comunidad Benedictina han transcurrido 40 años, sin que en el Valle de los Caídos haya campanas.

¿Cómo no se le ocurriría a su fundador dotar al Monumento de campanas? Realmente es curioso pues se echa en falta. Antiguamente durante la misa conventual, se escuchaba en el exterior el oficio y el cántico de la escolanía, pero desde hace tiempo tampoco eso.

Para encontrar una campana en el Valle hemos de acercarnos a la pequeña Ermita -denominada -Pustinia- situada en lo que es recinto de la Abadía, donde se colocaron dos campanas el 12 de junio de 1992, que fueron bendecidas al mismo tiempo que la Pustinia. Una está dedicada a la Santísima Trinidad (Sanctae et individuae trinitati), de 40 kgs. nota si natural; y otra dedicada a la Virgen de la Ternura (Sanctae Marie Eleusae), de 32 kg., nota fa sostenido; estas campanas fueron realizadas en Saldaña (Palencia), y sufragadas por D. Miguel
Cañamas, padre de un joven postulante. Tanto la construcción de la Pustinia como la colocación de las campanas se deben al tesón del P. Primitivo Mate y a las aportaciones de amigos de la Abadía y el Valle.

Es poco lo que tañen. Su repique ha acompañado a los cuatro hermanos difuntos muertos en estos seis años. Hay un proyecto de electrificarlas con el fin de que todos los días puedan tocar al Ángelus de mediodía.

Con el deseo de dotar al Valle de Campanas, el P. Primitivo tiene un hermoso proyecto para la instalación de un campanario y carillón en el pinar situado detrás de la Hospedería, oculto entre los pinos para que el conjunto no rompa la estética del paisaje, lugar que es, además, el más adecuado para transmitir la sonoridad por todo el Valle de Cuelgamuros, lanzándola hasta Guadarrama y Villalba. En resumen, un carillón digno de tan importante Monumento.

Esta sería una empresa a la que invitamos a todos nuestros hermanos, a todos los amigos del Valle de los Caídos, a las autoridades que tienen la responsabilidad sobre el Monumento. Instalar este carillón y terminar el camino del Víacrucis, son dos retos para cuantos se sienten amigos del Valle de los Caídos.