Homilía pronunciada por Dom Anselmo Álvarez,
Abad de Santa Cruz, del Valle de los Caídos

 

 



Dom Ánselmo Álvarez Navarrete
Abad de El Valle de los Caídos

14 de Septiembre
Exaltación de la Santa Cruz

 

«Te adoramos, oh, Cristo y te bendecimos, porque por tu Santa Cruz has redimido el mundo». Son palabras que constituyen una invocación litúrgica con la que la Iglesia ha saludado durante siglos a la Cruz de Cristo, y en la que los cristianos de todos los tiempos han expresado su amor y su esperanza ante lo que han reconocido como el signo de la salvación. Nosotros sabemos que esta salvación tiene una dimensión espiritual y eterna, pero que es también, con el Evangelio de Cristo, el camino por el que pasa la salvación de la historia humana, cuyas conmociones tienen su fuente en el pecado original y en las convulsiones espirituales y morales que continuamos produciendo. Esta es la visión de la fe cristiana y esta es la razón de la cruz de Cristo: devolver al hombre la posibilidad de reencontrar la verdad sobre sí mismo y redimirse en la muerte que anuló la raíz del pecado.

Dios señaló la Cruz como el lugar donde debía resolverse el conflicto que oponía al mundo con Dios y consigo mismo. En ella selló la paz con la humanidad y la señaló como el lugar de encuentro entre nosotros mismos en las contiendas que nos oponen bajo formas tan diversas. Lo cual significa que ella debe ocupar el centro de la historia y de los corazones para que sea posible consolidar en ellos la salvación, la paz, la superación de los conflictos, la reconciliación y la unidad, la esperanza en el futuro común, no menos que la serenidad y la armonía en cada uno de nosotros.

Sabemos también que la cruz ha sido el símbolo por excelencia que ha aglutinado tradicionalmente a los habitantes de nuestra tierra, con mucha más fuerza que otras coincidencias y por encima de todas las diferencias. De hecho, ella ha actuado como símbolo máximo en el que nuestro pueblo se ha reconocido, tanto o más que en su bandera. Símbolo que ha movilizado como ningún otro las expresiones más altas de nuestra vida colectiva y privada, desde los sentimientos religiosos, hasta esa floración de manifestaciones en las que la fe ha sido el motor de la historia y de la cultura, siempre bajo su inspiración directa o a la sombra de la Cruz. Ello es todavía memoria viva, activa en unos, discutida duramente por otros, para quienes es de nuevo necedad o escándalo.

Pero entretanto la Iglesia sigue celebrando, como nosotros hacemos hoy en esta Basílica, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, no como desafío a nadie, sino en confirmación de que ella es lugar de perdón, resurrección y bendición de Dios para todos los hombres. Esa Cruz que es sabiduría y amor de Dios hacia nosotros, tantas veces engañados en lo más decisivo de nuestra existencia, es decir, en la actitud ante la ley y el amor de Dios. De ahí la paradoja de la cruz, que juzga al mundo: sus ideas, sus obras y proyectos, al mismo tiempo que le redime de sus efectos mortíferos y le señala el camino único de la verdad y del bien.

El rechazo de la Cruz es el rechazo de Cristo. No es extraño, por eso, que en torno a ella se esté librando la última batalla, como se libró la primera junto al árbol del paraíso. Pero sabemos que ella es más fuerte que las «puertas del infierno» y que todos los efímeros poderes humanos: «lucharán contra ti pero no prevalecerán» (cf Ap 12, 8) porque, como dice un escritor judío contemporáneo: «los abrazos de todo el mundo son más débiles que los brazos extendidos de Cristo» (Joseph Brodski).

Si algún día las cruces fueran desterradas físicamente siempre se alzará un altar en los corazones y una oración en el alma de muchos hombres, que mantendrán vivos el recuerdo y el amor de esa cruz, hasta que se cumpla lo anunciado: «la señal de la Cruz aparecerá en el cielo cuando el Señor venga a juzgar esta tierra». De hecho, es la Cruz lo único que permanece firme (Stat Crux): frente a todo lo que es pasajero: hombres, ideologías, sistemas, luchas; frente a todo lo que la desafía pero junto a todos los que la aman y esperan en ella. Por eso, la cruz será lo último que desaparezca de este mundo.

Esa Cruz tiene un asiento preferente en este Valle de los Caídos, en el que un grupo de monjes canta diariamente sus alabanzas y eleva su oración por aquellos cuyos restos fueron depositados a su sombra, en espera de la resurrección. Junto a ella se levanta una Basílica y un monasterio, cuyo conjunto constituye uno de los monumentos más insignes erigidos a la gloria de Dios. Expresamente ha sido definido como lugar de culto, por tanto lugar de la presencia y de la gracia de Dios, de oración y de meditación; por consiguiente, un lugar inofensivo, abierto a todos como signo de paz, de acogida y de concordia; lugar que cobija sin discriminaciones a los adversarios del pasado, que ha contemplado multitudes de visitantes y peregrinos, venidos siempre en son de paz, de plegaria o de contemplación de la fiesta estética y espiritual que el Valle les ofrece. Una cruz y un templo no perturban a nadie sino que, por su propio significado, abren sus brazos y sus puertas a todos.

Sin embargo, este lugar de culto se encuentra hoy notablemente condicionado en su uso por circunstancias poco convincentes.

Se alude a una falta de seguridad para los visitantes de la Basílica. Pero un peligro o una inseguridad material hipotéticos no pueden ser pretexto para impedir de manera continuada el ejercicio de un derecho real y fundamental, consignado en todas nuestras fuentes legales. La suspensión de este derecho, para la que nunca ha existido consentimiento por parte de la institución a la que corresponde la autoridad de iure sobre la Basílica, y que afecta a todos los posibles usuarios de la misma, resulta un daño cualitativamente superior a los riesgos eventuales que sirven de pretexto. No porque esos riesgos nos resulten indiferentes, sino porque es sabido que pueden ser anulados con las máximas garantías, mediante procedimientos técnicos completamente fiables. Por eso urgimos a que no se demoren las medidas que posibiliten el rápido restablecimiento de las actividades normales de la Basílica y de la vida del Valle, en armonía con la naturaleza del lugar y de su propia finalidad legal.

Confiamos estas intenciones a la Santa Cruz del Valle y a la reliquia del lignum crucis que después vamos a venerar, y de cuya recuperación nos gozamos, al mismo tiempo que damos gracias a Dios.