Memoria para todo

 

 



Enrique de Aguinaga
Decano de los cronistas de La Villa

La Gaceta
22 de agosto de 2010

 


¿Caerá en el olvido la llamada memoria histórica? Lógicamente, sí. Digo lógicamente, por encima de todos los subjetivismos respetables. A ver si podemos hablar serenamente, sin buscarnos la yugular.

Porque, de entrada, un propósito de la llamada memoria histórica es el olvido, la anonadación de una parte de la memoria, sometida a juicio sumarísimo y condenada irremisiblemente.

La contradictio in terminis se agrava por la acción del eje inmanente del advenimiento de nuestra democracia capitalista: la reconciliación, oportunamente recordado por la ministra de Defensa, en la apertura del Museo del Ejercito, que, según Chacón, es la mejor expresión de la España de hoy, que sabe poner por delante los valores de reconciliación, de respeto y de concordia. La España que quiere comprender las enseñanzas de los que nos precedieron y que busca transmitirlas a los que nos sucederán. Olé.

Bronca o multa decía al guardia el avisado conductor. Si me pone la multa, ahórrese la bronca. Si no, prescinda de la multa. Las dos a la vez, no. Condena y reconciliación, simultáneamente, no puede ser. El Gobierno de Felipe González, en 1986, optó por la reconciliación en su declaración con motivo del quincuagésimo aniversario del comienzo de la Guerra Civil.

La declaración (18 de julio de 1986) honra la memoria de cuantos con su esfuerzo y con su vida contribuyeron a la defensa de la libertad y de la democracia y, asimismo, recuerda, con respeto, a quienes desde posiciones distintas a las de la España democrática, lucharon por una sociedad diferente a la que también muchos sacrificaron su propia existencia. El Gobierno socialista considera que la guerra civil española es definitivamente historia y desea que el L aniversario selle definitivamente la reconciliación de los españoles. Olé.

Reconciliación, en cuanto superación de la pertinaz dialéctica franquismo-antifranquismo, que, a estas alturas, es intelectualmente palurda. Me conmueve la dedicatoria de Diccionario para un macuto (Rafael García Serrano, 1964): A Francisco Franco, el general de mi juventud. Y a todos los que entonces quisieron una España nueva, la quisieran como la quisieran y desde donde la quisieran. Olé.