Reivindicación de la cara ocultada

y denigrada de la memoria histórica

 


Ismael Medina
www.vistazoalaprensa.com

 

Murió Samaranch y ocupó grandes espacios en los medios. Se desbordó con Samaranch nuestra tradicional inclinación al género necrológico. Dice un amigo de Jaén que “to er mundo e güeno” cuando la muerte se lo lleva. Samaranch tuvo una vida muy dilatada y siempre en la cresta de la ola, fuera ésta política, deportiva, diplomática o financiera. Una espléndida biografía de éxito. Llama la atención, sin embargo, la generalizada coincidencia en salvar su presencia en destacados puestos políticos durante el fementido régimen de Franco, mientras a otros, vivos o muertos, se les denigra por parecidos motivos, tanto si estuvieron en política como en espacios profesionales de harto menor entidad que Samaranch. Se ha escrito con insistencia de Samaranch para salvar ese escollo que, antes y después de la democratización, siempre sirvió a España. ¿Y acaso no los otros? Una distinta vara de medir que desemboca de manera inevitable en la falacia.

Samaranch, es cierto, se abstuvo de descalificar a Franco y al Estado Nacional durante su prolongada y brillante carrera en el seno de la actual y presunta democracia. Hizo gala de altas dosis de sentido común para salvar su pasado. Samaranch, al contrario de tantos otros embravecidos conversos, no tiró piedras contra su propio tejado. Era consciente de que las hemerotecas son una suerte de polvorín pasivo hasta que alguien le prende la mecha. Ahora, en pleno fragor del renacido frentepopulismo, unos y otros rastrean ese polvorín e intercambian antecedentes como si fueran bombas de mano, granadas de mortero o artillería pesada. Estamos embebidos en una sucia competición de desenterramientos al socaire del pus de un resquemor tardío, alumbrado por una falaz Ley de Memoria Histórica. No otra cosa que la necia pretensión de reescribir la Historia, la real, a conveniencia de un neomarxismo que se vale de iguales métodos falsificadores a los del agit-prop estalinista para distorsionar la verdad.

LOS QUE SUPERAMOS LAS HERIDAS DE LA GUERRA NADA MÁS TERMINADA

Ramiro Ledesma Ramos, filósofo y fundador de las JONS, de quien Ortega y Gasset dijo que habían matado una inteligencia cuando supo de su asesinato, sostenía que habíamos de asumir nuestra historia con todo lo que tenía de positivo y de negativo. Un serio compromiso que muchos asumimos en nuestra incipiente juventud y sería el fundamento, amén de los textos de José Antonio Primo de Rivera, para liberarnos de lastres de un cercano e ingrato pasado y mirar al futuro con descaro, unidos en un mismo afán hijos de uno y otro bando.

La semana pasada, invitado por la asociación cultural Colectivo33, impartí en Castellón de la Plana una conferencia bajo el título de “La incógnita del futuro”. Me había precedido Ceferino Maestu en la misma tribuna, quince días antes. Maestu, hijo de un republicano al que los nacionales fusilaron en Cádiz a poco de comenzar la guerra, fue siempre un combativo joseantoniano que creía en la revolución deseada y lucha por ella todavía, cuando raya los noventa. Pero no fue el único. Había otros muchos en el Frente de Juventudes y el SEU que, hombro con hombro con hijos de fusilados en el bando rojo, superaron ese trauma emocional y pusieron su mirada y su esfuerzo en un futuro mejor para todos, no sin arrostrar riesgos y reprensiones. Pero ninguno, o muy pocos, hicieron exhibición de sus frustraciones y costurones una vez llegada la democratización. Tampoco unos y otros abominaron de sus padres. Cuestión de estilo.

Son muy numerosos los que hoy, a izquierda y derecha, y más abundantes en la progresía de canapé y tarjeta dorada, no pierden ocasión de zaherir al franquismo como compendio de todos los males. Son hijos tantos de ellos de españoles que en sus profesiones o en la actividad política trabajaron con denuedo durante cuarenta años del régimen, persuadidos de que lo hacían por España y por la generalidad de los españoles. Hijos que, gracias a la dedicación de sus padres, pudieron estudiar en buenos colegios, acceder a la Universidad y vivir sin apreturas, al contrario de Maestu y tantos que caminábamos por senderos de rebeldía, ilusión e idealismo. Se avergüenzan de sus padres, acaso sin percibir que así se avergüenzan de sí mismos o para no reconocerlo. Mera consecuencia paranoica de la condición de conversos. Son los mismos que se han subido al carro necrológico de Samaranch como servidor de España durante sus setenta años de fructífera actividad pública. ¿Por qué no aplican igual criterio a sus padres? Cuestión de falta de estilo.

UN LIBRO REVELADOR

Siempre que viajo buscó libros autoeditados o de escasa circulación que en muchas ocasiones nos proporcionan claves, poco o nada transitadas, del acontecer pasado o presente. En Castellón encontré uno titulado “Los Campamentos del Frente de Juventudes”, escrito por Cesáreo Jarabo Jordán y editado en 2007. No es otra cosa, según explica el autor en la introducción, que un compendio de la tesis de licenciatura que presentó en la Universidad de Barcelona, en junio de 1982. Un acopio aséptico de datos documentados que van desde las Organizaciones Juveniles (OO.JJ.) a la Organización Juvenil Española (OJE), su última fase, pasando por el Frente de Juventudes y las Falanges Juveniles de Franco.

Jarabo describe con pormenor la estructura campamental, la selección de mandos y sus atribuciones, la vida en los campamentos y sus diversas especializaciones, los sistemas educativos, la autonomía de iniciativa de las escuadras y sus miembros, las personas que más contribuyeron a su desarrollo, etc. Sobresale del relato la preocupación por un estilo de vida y comportamiento afirmado en valores humanos esenciales que fortalecieran la personalidad de niños y jóvenes, la confianza en sí mismos y en su libertad para decidir, y la disposición para la convivencia con los demás, dentro y fuera de la organización.

Pero de la lectura se extraen otros elementos de juicio que aunque no expresos, están implícitos en el relato, sobre todo para quienes conocemos lo sucedido de entonces a ahora y explican muchas actitudes y fenómenos que para muchos pasan desapercibidos: las pugnas con los centros religiosos de enseñaza para su acomodo a los campamentos que pudiéramos denominar oficiales; las primeras defecciones en las OO.JJ. de los hijos de las clases medias altas y burguesas una vez pasada la euforia de la Victoria; la identificación de los cambios de denominación con la evolución política del régimen; el alcance en este último aspecto de la transformación en OJE cuando ya en las esferas de poder del régimen estaban en marcha los preparativos para un postfranquismo democrático; el caso específico del SEU; y cómo de todo ello resultaron en su seno opciones políticas autónomas sin cuyo conocimiento no se entenderá que ya en los últimos años del franquismo, y más todavía a raíz del transaccionismo democratizador, se registrara el paso de muchos a opciones partidarias de izquierda y derecha, más de las primeras que de las segundas, así como la aparición de varias opciones falangistas minoritarias, cada una de las cuales se atribuye la titularidad y custodia de lo que entienden como legado de la Falange fundacional. Y sin olvidar Fuerza Nueva y su vinculación formal y de contenido al movimentismo resultante del Decreto de Unificación. Tampoco alguna que otra agrupación más recientes que juegan sus bazas en terrenos intermedios.

Un libro, el de Jarabo, que debe leerse entre líneas y ser meditado. Y cuyas conclusiones, al menos las mías, me han hecho recordar varias de las Apuntaciones de Antonio Castro Villacañas al respecto. También la inestimable aportación bibliográfica de Plataforma 2003 sobre la indagación intelectual del pensamiento de José Antonio Primo de Rivera y el tránsito histórico de Falange, empeño en el que Jaime Suárez ha desplegado un tesonero e impagable esfuerzo.

Se lleva ahora hacer gala de antifranquismo y de exhibir como si fueran medallas al heroísmo haber corrido delante de los “grises” y sufrido algún que otro bergajazo. Lo exhibía Ignacio Camacho días atrás en su columna de “ABC”. Se lamentaba al tiempo de que mientras él y otros hacían calle protestaria o asamblearismo universitario, no pocos de los que hoy asientan sus culos en poltronas de postín estudiaban en colegios selectos y, merced a que eran de familias pudientes, completaban sus estudios en famosas universidades extranjeras. Otros corrieron en la democracia perseguidos por los “maderos”. Y también los de mi generación en los cuarenta, pese a lucir camisa azul. Cosa asaz común a unas y otras generaciones, sea cual sea el sistema político. Existieron en nuestro tiempo aquellos otros que no se arriesgaron a un bergajazo, medraron con el régimen, ahora presumen de persecuciones inventadas y se permiten dar lecciones de democraticidad a diestro y siniestro desde plataformas mediáticas o púlpitos académicos no merecidos. Se cae en la procacidad cuando falta el estilo.

UNA JUVENTUD ACTUAL ACOMODATICIA Y SIN ALIENTO

¿Y la juventud de hoy? ¿Cómo satisface las naturales inclinaciones a la rebeldía propias de su edad en cualesquiera tiempos? Una respuesta puede extraerse de un artículo de Salvador Sostres, publicado en “El Mundo” (06.04.2010) una vez traducido al español., bajo el título “Los peores jóvenes desde el franquismo”, de cuya tópica falsedad luego trataré. Sostres ha escrito siempre en catalán y está considerado como el mejor de la actual etapa. Su columna en “Avui” era casi sagrada para los catalanistas. Pero la que comento no fue del gusto de los inquisidores del catalanismo, la omitieron y lo despacharon de inmediato. Así comenzaba:

“Casi 200.000 jóvenes -196.898, por ser exactos- perciben una ayuda de 210 euros del Ministerio de la Vivienda conocida como Renta Básica de la Emancipación. Cataluña encabeza el ranking con 36.400 jóvenes subvencionados y luego viene Madrid con 39.900. Casi un 50% de estos llamados “jóvenes” tienen la prominente edad de entre 27 y 29 años. El 35% del total de los que han recibido la ayuda tiene rentas de entre 10.000 y 15.000 euros, el 34% ingresos de entre 15.000 y 22.000 euros y el 25% gana menos de 10.000 euros al año”.

Creo innecesario proyectar los anteriores datos sobre el más de un millón de parados que no reciben subvención alguna. A esos jóvenes se les subvenciona para que voten a quienes les pagan la holganza, que Sostres califica de “mileurismo moral” y para que no reaccionen contra la catastrófica situación económica y social. Pero si bajamos uno o varios escalones de edad, tampoco es más reconfortante el panorama. Sacian su rebeldía en el “botellón” y en el sexo. Lo aclaraba sin ambages un joven belga que vino con el programa Erasmus cuando en una encuesta le preguntaron la impresión sobre su estancia en España. Respondió: “Estupenda. Se estudia poco y se folla mucho”.

AQUELLA OTRA JUVENTUD QUE SOSTRES ENSALZA SIN SABERLO

Y ahora voy con el segundo párrafo del artículo censurado de Sostres:

“Bien, se suponía que ser joven era luchar, era crecer, era estar orgulloso de cada logro y de andar con tu propio pie y tus propios zapatos. Se suponía que ser joven era sentirse humillado por pedir un solo céntimo a los padres, y ya no digamos al Gobierno; se suponía que la rebeldía la canalizaban los jóvenes en intentar cambiar el mundo, en afirmarse en lo que eran capaces de hacer, en demostrar que tenían razón y los demás estaban equivocados; y constatar con el éxito que a su manera las cosas funcionaban mejor para poder mirar con la arrogancia de haberles superado –y enseguida con la ternura del agradecimiento- a los padres”.

Sostres, que debe estar entre los cuarenta y los cincuenta, desconoce que en ese párrafo ha retratado a mi generación, adyacentes y siguientes del vituperado franquismo. Esas generaciones cuya formación reconstruye Cesáreo Jarabo en su libro. Pero conviene aclarar las circunstancias en que aquellas generaciones afrontamos la vida, las crecidas en el desarrollismo de los sesenta y las posteriores hasta hoy.

Fernando Fernández, reputado economista actual y colaborador asiduos de “ABC” no pierde ocasión de arremeter contra el INI y la autarquía de los años cuarenta. O ha leído poco o no se ha preocupado de investigar. La situación económica y social de España era ya pavorosa en la II República. Desmanteló los logros de la Dictadura de la Dictadura de Primo de Rivera, se embarcó en una exasperada demagogia y se lanzó un sangriento proceso revolucionario alentado por la URSS. Cuando terminó la guerra España estaba prácticamente en ruinas, destrozadas sus infraestructuras, aniquilada su industria, empobrecido el sector agrícola y exhaustos sus recursos financieros. Estalló casi de inmediatota II Guerra Mundial, cuyos efectos negativos para nuestra economía se dejaron sentir. Y terminada esa contienda ajena, de la que Franco supo escapar, sobrevino el aislamiento internacional. ¿Y qué otra cosa se podía hacer, habida cuenta además de una iniciativa privada renuente, sino una austeridad espartana, reparar los daños e la guerra, poner en producción nuestros propios y escasos recursos, sentar los cimientos de una futura industrialización y arbitrar al propio tiempo coberturas sociales para una población con serias carencias, no sólo alimentarias?

Esa fue la fragua de niños y jóvenes de posguerra cuyo comportamiento reflejaba Sostres sin saberlo, o sin quererlo. Hicimos de un ideal bandera de rebeldía. Pero también persuadidos de que el futuro de España y de todos los españoles exigía servicio y sacrificio. Y como acuñó Pilar Primo de Rivera para la Sección Femenina, “hacer de cada peseta, siete”. Un periodo durísimo, esperanzado y también alegre, que generó desajustes en el purismo economiscista y exigió cambio de rumbo hacia finales de los cincuenta, cuando el horizonte internacional se despejó. Pero que salvó a España de un irreparable hundimiento. Y que gracias a la capitalización de los sacrificios de varias generaciones hizo posible el éxito de los planes de desarrollo y el espectacular crecimiento de los sesenta. Una deuda que no se nos reconoce y se nos niega.

NOS ADELANTAMOS INCLUSO AL OLVIDADO INDULTO DE 1945

Y ahora vuelvo al comienzo de esta crónica. Se discute mucho sobre la la amnistía de 1977 y la precedente de 1969. Pero se olvida el indulto general por decreto de 9 de octubre de 1945. Descubrí su existencia hace algún tiempo al encontrar por casualidad un artículo de Salvador Lissarrague, publicado en “Arriba” bajo el título “El decreto de indulto y la cancelación de la guerra civil”.

El artículo de Lissarrague (catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Oviedo y luego, también por oposición de Filosofía Social en la Facultad de Ciencias Políticas y Económica de la Universidad Complutense) contiene apreciaciones reveladoras sobre el espíritu que nos alentaba, las diversas etapas previas derivadas de la guerra (inicial, central y de liquidación del conflicto) y la integración de todos, vencedores y vencidos, en el titánico esfuerzo de reconstrucción y de cimentar un mejor futuro. Llamativo sin duda el arranque del último párrafo del artículo de Lissarrague en clave falangista: “El Estado, que se abre a su vez a formas de expresión democráticas, al incorporar a su seno a los vencidos de ayer…”.

Acaso retorne en otra ocasión sobre aquel lejano decreto cuyo texto busco afanosamente, aunque sin fruto hasta ahora. Pero me interesaba subrayar que los de mi generación nos habíamos adelantado incluso al indulto de 1945, nos habíamos hermanado hijos de vencedores y vencidos, decididos a ganar la batalla del futuro en pos de un ideal revolucionario en el que radicaba nuestra rebeldía. Buscamos trabajo desde muy temprano, que muchos compaginamos con los estudios robando horas al sueño. Y contribuyendo al precario sostenimiento familiar, en vez de ser una carga. Cuestión de estilo reflejado en el ilustrativo libro de Cesáreo Jarabo, miembro de una familia numerosa conquense que emigró a Barcelona cuando todavía era un niño y fue uno de los cientos de miles que, con el espíritu recordado por Sostres, contribuyeron al despegue económico de Cataluña más que muchos catalanes de cepa.

Ahora, cuando se derrumba la España por la que luchamos, bueno es que recordemos nuestro pasado con legítimo orgullo.