«EDUARDO NAVARRO O EL SILENCIO»

 

Gonzalo Cerezo Barredo

 Se ha ido silenciosamente, dejando este mundo con la noble discreción  que constituía una de los más  firmes valores que daban sentido a su vida. Sabiendo tantas cosas de estos años últimos de nuestra historia, el silencio constituyó para él una norma de lealtad. No correspondida, debo añadir, en ocasiones. Es este  achaque común de los que sirven con fidelidad a quienes el destino ha otorgado un lugar privilegiado, no siempre acorde con sus méritos. Llamémoslo así. Al lado de los hombres que ocupan el protagonismo en el escenario de la Historia, eso que llamamos destino, coloca con frecuencia tras las bambalinas  a otros que mueven los sutiles hilos que tejen su acontecer. Cuando baja el telón y enmudecen los aplausos, nunca son para ellos. Su sitio permanece a la sombra del Gran Hombre, muchas veces ignorados y pocas veces citados por quienes luego han de escribirla.

El de Eduardo podría ser un caso paradigmático de esas biografías que corren subterráneas al lado de aquellos “ríos caudales” de que habla Jorge Manrique en su melancólica evocación de la muerte de su padre. Él en Madrid y yo en Asturias, no tuvimos oportunidad de conocernos hasta los años sesenta, cuando era director del Colegio Mayor Francisco Franco. Constituía ya entonces una leyenda viva, asociada a la “Centuria 20”, cuyo eco le había precedido.  

Las mutantes circunstancias políticas nos llevaron a converger pasado el tiempo en el equipo ministerial de Utrera, subsecretario de Trabajo con Licinio de la Fuente, al ser este designado ministro de Vivienda. Ambos Departamentos ocupaban espacios contiguos en la mole de los Nuevos Ministerios. Una puerta servía de comunicación que bastaba cruzar para cambiar de despacho. Aquella vez se abrió, sin embargo, para dar paso al Destino.

Y es que los tiempos políticos corrían deprisa. Quienes  acompañamos a Utrera desde Trabajo a Vivienda poco podíamos suponer que íbamos a tener el dudoso honor de formar parte del último Gobierno de Carrero Blanco. Todos los planes, todas las ilusiones que el  nuevo equipo de Vivienda había empezado a delinear y poner en práctica, saltaron por  el aire al mismo tiempo que el coche de Carrero  en aquel terrible atentado cuyos antecedentes y  consecuencias aún no han sido suficientemente valorados.  Hoy no cabe ya la menor duda de que aquel día aciago de diciembre de 1974 concluyó el Régimen de Franco. Todo lo que siguió después, hasta la muerte del Jefe del Estado, puede considerarse, desde la perspectiva actual, mero trámite  sucesorio.

La continuidad formal quedó asegurada por el nombramiento sorprendente, y contra todo pronóstico, de  Carlos Arias, paradójicamente el ministro encargado de la seguridad en el gobierno Carrero. El cambio trajo consecuencias para el equipo de Vivienda. En su libro de memorias Sin cambiar de bandera, Utrera relata con detalle cómo sin pretenderlo, y con muy pocas ilusiones respecto a las posibilidades que aquella oportunidad podría ofrecer para reorientar la situación política, fue nombrado por Arias ministro secretario general del Movimiento. A la Secretaría General se llevó consigo a sus más directos colaboradores en Vivienda: Antonio Rodríguez Acosta, al que le vinculaban  antiguas raíces comunes en Málaga; Eduardo Navarro y yo mismo. Antonio a la Vicesecretaría General, Eduardo a la Secretaría General Técnica y yo a la dirección del Gabinete del Ministro

Nuestro paso por Secretaría General fue todo menos un apacible camino de rosas. Carlos Arias pasaba por pertenecer al núcleo más duro del franquismo. Nadie podía prever que fuera precisamente él quien cumpliera el oscuro vaticinio, que, ahora podemos ver, auguraba el atentado contra el almirante Carrero. Para sorpresa de todos dio pruebas, por el contrario, de una insospechada ductilidad, e inició un giro político en flagrante contradicción  con su imagen pública.

Para empezar, el equipo de que se rodeó –Carro, Ossorio, Jáudenes...- eran llamativamente partidarios de una apertura cuya proclama, ante las Cortes, a modo de discurso programático del nuevo gobierno, constituyó el “espíritu del 12 de febrero”. Sin embargo, las sonadas  dimisiones meses después,  de Pío Cabanillas, en Información, Barrera de Irimo en Hacienda, y Paco Ordóñez en el INI, (que debieron tomar en serio el famoso “espíritu” del que eran genuinos defensores), mostraban con claridad el errático rumbo de su Presidencia.  Atormentado  en su interior por el dilema de la fidelidad personal a Franco y el objetivo explícito de sus colaboradores de impulsar el cambio,  sumía en el desconcierto a los miembros de su propio Gobierno.

El enfrentamiento, en estas circunstancias, entre Presidencia y Secretaría General, era inevitable. Pronto se tradujo  en tensiones y desencuentros entre el ministro y Carlos Arias, cuyas relaciones eran cada vez más difíciles. El principal motivo de crispación residía en la Ley de Asociaciones anunciada por Arias en su discurso del 12 de febrero. Los borradores que se preparaban desde Presidencia y Secretaría General discrepaban en aspectos esenciales. El inequívoco objetivo del equipo de Presidencia era preparar la plataforma de aterrizaje a futuros partidos, sin tener en cuenta al Movimiento, que sin ser borrado del mapa, se convertía en un vago ente gaseoso con implícita fecha de caducidad remitida al convencionalmente llamado “hecho sucesorio”.   

Como es lógico, muy otra era la posición de Secretaría General. No sólo el Movimiento habría de mantenerse y consolidarse, sino que las Asociaciones deberían tener como marco propio el Consejo Nacional del Movimiento. Es en esta guerra subterránea en la que empieza a tener un protagonismo propio Eduardo Navarro. Su mismo cargo le obligaba a asistir a las reuniones previas al Consejo de Ministros, que en parte, preparaban los secretarios generales técnicos  de los diferentes Departamentos. En ellas era evidente que la confrontación entre Presidencia y Secretaría General afectaba al propio gobierno. Con matices que traslucían la actitud de sus respectivos ministros, estas reuniones –pese a tratar también otros asuntos propios de cada Departamento- acabaron convirtiéndose en el principal foro de discusión de los borradores de la  Ley de Asociaciones.

Las cualidades personales de Eduardo, su indudable capacidad intelectual, su sentido político y formación jurídica, destacaron especialmente en aquella “misión imposible” de mantener abiertos los puentes prácticamente rotos entre los equipos de Presidencia y de Secretaría. Si por arriba las diferencias se debatían a nivel de Arias y Utrera, en despacho privado o en abierto enfrentamiento en los Consejos de Ministros, y cubriendo otro flanco, entre Carro y Rodríguez Acosta,   Eduardo cruzaba las líneas –por seguir con el símil bélico- internándose en terreno “enemigo” para defender nuestras posiciones  y  obtener información de los movimientos contrarios.

Franco observaba el curso de aquella “guerra” en el interior de su Gobierno, sin tomar directamente partido, respetuoso, como siempre, de la autonomía de sus ministros, pero con creciente preocupación y recelo. No se trataba, como en otras ocasiones, de diferencias menores en torno a cualquier proyecto ministerial. Era plenamente consciente de los cambios que la Ley de Asociaciones iba a introducir en la continuidad   del Régimen. Los despachos que mantenía  con Arias o Utrera no hacían más que confirmarle que aquella Ley iba a afectar a los pilares mismos  del Régimen del 18 de julio, y que la pieza a cobrar no era otra que la supervivencia del Movimiento. Al final, Utrera acabó obteniendo de Franco la decisión de que las asociaciones se enmarcaran dentro del  Consejo Nacional. Fue una amarga derrota que Arias difícilmente podía digerir. El tiempo demostró que para Utrera fue, en cambio, un victoria pírrica.  Arias acabó situando a Franco ante el tremendo dilema de Utrera o yo.

Si esta situación, como era previsible,  se planteaba, algunos de su equipo teníamos muy claro que a Franco no le quedaba otra opción que el cese de Utrera. En aquellos momentos terminales la dimisión del Gobierno entrañaba un gravísimo problema. Desde la perspectiva del tiempo transcurrido podemos valorar el dolor que tuvo que causarle a Franco prescindir del hombre más leal de aquel gobierno,  al que quería casi como al hijo que nunca había tenido.

Para Eduardo esta abrupta caída del telón no supuso el final. Por el contrario, aunque el equipo de Utrera salimos con él de la Secretaría General, Eduardo permaneció en ella a requerimiento de Herrero Tejedor, quien le sustituyó como ministro.  Los puentes que a través de Eduardo se habían mantenido abiertos con la Presidencia suponían un valioso capital político que Herrero y Adolfo Suárez, que llegó con él –no sin grandes dudas, todo hay que decirlo- a la Vicesecretaría General del Movimiento, no podían permitirse desaprovechar.

En honor a la verdad, esta decisión de Eduardo, con toda la apariencia de un cambio de trinchera, no fue bien entendida por quienes decidimos marcharnos. El tiempo abre, sin embargo, nuevas perspectivas. Podemos entender hoy con mayor justeza, que  Eduardo no podía rechazar aquel argumento capital, aunque le supuso un serio problema de conciencia. Me consta personalmente esto último, porque después de un enfriamiento de nuestra relación, llegó también para ambos la hora del reencuentro y de la amistad, más allá de la camaradería  

Primero en las inolvidables reuniones de El Bulevar, en las que antiguos compañeros desahogábamos nuestras nostalgias. Se trataba de diseccionar con mirada crítica las realidades políticas del presente y proyectar, libres de ataduras, opiniones sobre su evolución.

Después, de la mano del infatigable impulso creador de Jaime Suárez, en la fundación de Plataforma 2003. Nos propusimos el firme empeño de conmemorar, con la mayor dignidad posible, el I Centenario de José Antonio. Mantenerle por encima de olvidos intencionados y de  manipulaciones deformadoras, incluidas las muy previsibles y de la mejor buena fe, de muchos camaradas.

Durante ese paréntesis había transcurrido nada más y nada menos que la transición.   Por lo que a Eduardo respecta, tras el trágico accidente que acabó con la vida de Herrero Tejedor y sus planes,  poco explicitados hasta ahora fueran los que fueran,  se produjo el irresistible ascenso y caída de Adolfo Suárez.  Eduardo y Adolfo no habían tenido apenas relación previa hasta su coincidencia en  la Secretaría General heredada de Utrera. Adolfo apreció de inmediato la capacidad política de Eduardo y supo aprovecharla a fondo. Su inesperada designación como presidente del Gobierno tras el sonado desencuentro entre Carlos Arias y D. Juan Carlos, supuso para Eduardo también la culminación de una carrera que había ido creciendo silenciosamente a la sombra del poder. Ello le convirtió en colaborador imprescindible y testigo privilegiado de las corrientes que fluían bajo superficie del  poder y de las sordas luchas que enfrentaban a los diferentes grupo que se lo disputaban.

Nada de esto ha trascendido por su testimonio directo. Muchos nombres de aquel momento –Ossorio, Marín Villa y otros muchos- se han apresurado a hacer público sus  descargos de conciencia o poner en valor sus protagonismos personales. Eduardo, silencioso y fiel, siguió al “destierro” a Adolfo, después de haber ocupado algún cargo de escaso relumbrón a aquellas alturas, como la Vicesecretaría General del Movimiento, cuando este yacía ya en estado agónico, o la Subsecretaría de Interior y Gobernación,  de cometidos menguantes frente a las autonomías crecientes. Eduardo sabía todo lo que había que saber. Todo lo puso al servicio de las estrategias políticas de Adolfo y de las proyectos de disposiciones que el BOE publicaría después con su conocido seudónimo –como alguien ha dicho- de “Adolfo Suárez”.

Desde el bufete de abogados que Adolfo constituyó con antiguos colaboradores al abandonar la política allí le siguió Eduardo con su ciencia jurídica y experiencia política. Discreto, leal, fiel al que fuera “su” presidente, llevaba consigo las claves ocultas tras preciosos silencios que algunos habría pagado a pecio de oro. Pero él era plenamente consciente de que el arcano de sus conocimientos únicamente debería ser administrado por Adolfo.

Desgraciadamente la terrible enfermedad que devora los recuerdos personales de  Adolfo, se cebó también en Eduardo hasta acabar con su vida. Papeles, notas y escritos acumulados para unas futuras memorias siempre demoradas, quedan ahora  sepultados en un  espeso velo de silencio que  ya no pueden romper por si mismos. Quiénes hemos gozado de su confianza e intimidad, muy poco hemos sabido de esa tortuosa navegación política que Eduardo celaba con elegante discreción. Las memorias serán un bien disputado, pero ninguno de los dos podrá responder de su integridad. Lamentablemente, quienes pudimos gozar de su amistad,  llegamos  a saber que en el propio entorno familiar del ex-presidente, recelos, incomprensiones e ingratitudes, movidas tal vez por la ambición de un protagonismo no merecido, crecían hasta levantar un cerco de incomunicación entre ambos.

Nada que pueda sorprendernos: lo decíamos antes. No siempre la fidelidad a los hombres que llegan a la cúspide del poder es correspondida con el agradecimiento a los que desde la sombra trabajaron para encumbrarlos. Sic transit gloria mundi.