El abad del Valle de los Caídos responde a tergiversaciones en torno al monasterio

 

«LO QUE LEVANTA FOBIAS EN ALGUNOS ES LA CRUZ DE CRISTO»

 

Alfa y Omega, 11-06.09

 
El Valle de los Caídos motiva opiniones y discusiones apoyadas en equívocos. Don Anselmo Álvarez Navarrete, monje benedictino que vive allí desde hace 51 años y abad del monasterio desde 2004, desvela detalles poco o nada conocidos: ni murieron mil muertos durante su construcción, como algunos han dicho; ni se obligó a ningún preso a trabajar en ella; ni se concibió el monumento a mayor gloria del bando vencedor y humillación de los vencidos.

Patrimonio Nacional ha hecho público que el Valle es el monumento más visitado de cuantos dependen de ese organismo. Para orar, como visita turística, o simplemente para curiosear y comer en la hospedería. Sin embargo, subsiste el rechazo de algunos. ¿Será únicamente por ser una obra del régimen de Franco?
Se juzga el monumento con la misma diversidad de ópticas con que se ha considerado el acontecimiento que le dio origen. Pero ahora, como entonces, pesan más las razones ideológicas de unos y otros. Aunque lo cierto es que esas posiciones habían venido atenuando su aspereza hasta tiempos recientes.

La construcción del Valle corrió a cargo de técnicos y artistas ajenos, o incluso contrarios al régimen que lo erigió...
La selección de las personas que dieron forma al conjunto del monumento la hicieron en función de la capacidad profesional requerida en cada ocasión, al margen de cualquier otra consideración. Por eso intervinieron arquitectos, ingenieros o artistas en ocasiones de tendencia nacionalista, republicana o socialista declarada. Baste mencionar los casos, ya conocidos, de Julio Beovide, autor del Cristo que preside el altar mayor de la basílica; el ingeniero, persona muy vinculada a la República, retornado del exilio y cuyos cálculos del peso de la cruz y la estructura de sus brazos fue decisiva... O el más conocido, Juan de Ávalos, artífice de las imágenes de los evangelistas o La Piedad, con militancia socialista, al menos durante algún tiempo.

Recientemente, Antena 3 TV emitió un extenso documental en dos capítulos dedicado íntegramente al Valle.
Con toda docilidad se mantuvo en lo políticamente correcto sobre lo que debe ser dicho o callado acerca del Valle. Las conversaciones previas parecían alejar esta perspectiva, pero finalmente todo se olvidó para no alterar la cantinela prescrita. Ha sido una tramoya penosa.

Sin embargo, en ese documental se incluían sendas entrevistas con usted...
Se me dio una oportunidad porque eso parecía formar parte de lo correcto en esta ocasión. Pero su inclusión en un conjunto en el que los autores de la partitura decidieron que casi todas las demás voces recitaran un contrapunto descalifica, creo, la intención y el resultado.

Hay quienes sostienen que el Valle fue un campo de trabajos forzados donde nada se redimía.
Todos los datos documentales e irrebatibles desmienten esa afirmación. La presencia de penados en las obras se debió a la iniciativa de las empresas constructoras, con autorización del Gobierno y en aplicación de la Ley de redención de penas por el trabajo, para los reclusos que quisieran acogerse a ella. Se trataba, por tanto, de una opción completamente libre en todos los casos, con la posibilidad de redención de varios días de la condena por cada día trabajado. Su aplicación en el Valle -entre 1943 a 1949- superó los beneficios de esta Ley, que preveía tres días de redención de pena por cada uno trabajado. Ya en el segundo año, fueron cinco. Y seis a partir del tercero, manteniéndose esta proporción hasta el final. Ello permitía que las penas más altas quedaran reducidas o anuladas en tiempo relativamente breve, y muchos, ya libres, solicitaron seguir trabajando en las obras, en las que no pocos permanecieron hasta el final y prestaron normalmente sus servicios a la comunidad. Entre varios otros, el practicante, el maestro del poblado y el médico doctor Lausín.

En el documental aludido se añadía como signo inhumano que los penados percibían 50 céntimos por día. ¿Es cierto?
El régimen de trabajo los equiparaba a los de cualquier empresa y en total igualdad con los trabajadores libres del Valle, la mayoría de los pueblos vecinos y siempre mucho más numerosos. Horario laboral, seguros y derechos sociales, fueron idénticos. El salario era el correspondiente a su categoría laboral, según las bases en vigor en toda la zona del Valle, incrementado con las horas extraordinarias, optativas y tan sólo a ellos autorizadas, y por diversas gratificaciones. Del total, el 25% se entregaba al recluso y el resto se ingresaba en una libreta de ahorro de la que podía beneficiarse su familia, y cuyo líquido cobraba el interesado al recobrar su libertad. Se calculó que la cantidad total percibida se equiparaba o superaba a la de los maestros de la época. Gozaban igualmente de todos los seguros sociales como los de vejez, accidentes de trabajo, invalidez y paro. Al término de su trabajo tenían acceso a viviendas protegidas.

Uno de los intervinientes en aquel programa dijo textualmente: «La cruz del Valle levanta ampollas entre los familiares de uno y otro bando». ¿Qué piensa de esto?
Me parece que la generalidad de la apreciación la hace bastante gratuita, y desde luego resulta rigurosamente minoritaria en el conjunto de las que se han escuchado en estos cincuentas años. Más que la cruz del Valle, lo que hoy levanta ampollas y fobias en algunos es la Cruz de Cristo.

En ocasiones se reivindica la aproximación de sus familiares a determinados presos. ¿Se pensó ya en esto entonces, ante un régimen de reclusión tan especial?
Disfrutaban de un amplio régimen de libertad, que les permitía relacionarse con todos los residentes del valle de Cuelgamuros, desplazarse libremente por el interior del recinto o a los pueblos de los alrededores los domingos y festivos, así como, en no pocos casos, vivir temporal o establemente con sus familias en el interior del Valle, en casas construidas con ayuda de las empresas y los compañeros. El poblado contaba con una escuela para los hijos de las familias residentes en el Valle, tanto de los empleados y trabajadores libres como de los reclusos que convivieron con sus familias. El maestro, don Gonzalo de Córdoba, que había sido un recluso más, continuó esa función hasta su jubilación.

También se ha dicho que en las obras del Valle murieron más de mil trabajadores. ¿Es ésa la cifra?
La reiteración de cifras como ésas tiene poco que ver con la Historia y con la documentación. Al término de las obras, el médico, que casi desde el principio atendió a los obreros del Valle -él mismo recluso-, dio la cifra de 14 muertos durante todo el tiempo de las obras. Recientemente, la investigación ha permitido localizar tres fuentes oficiales, cada una de las cuales recoge fehacientemente y sin lugar a duda esta misma cifra con inclusión de nombres, fechas y motivo de fallecimiento. Las causas fueron siempre accidentes laborales debidos principalmente a variantes de silicosis por el polvo originado en la excavación de la basílica. No es de excluir que, tras la baja laboral por afecciones de esta naturaleza, luego se pudiera producir alguna defunción aislada de la que no existe constancia. No se produjo, en cambio, baja alguna en la construcción de la cruz, como tantas veces han afirmado algunos, porque, cuando ésta se inició en 1950, ya no quedaba ningún recluso en el Valle.

Terminada la basílica, ¿se contempló para su entierro en su necrópolis la filiación política o credo religioso de los caídos?
Es sabido que en el cementerio de la basílica reposan caídos de ambos lados. Fue una de las finalidades que presidieron desde muy pronto la realización del monumento. Tampoco se exigió ni se indagó la confesión católica de los enterrados, a pesar del carácter sagrado del lugar. Frente a algunos pronunciamientos del momento en contra, la misma Nunciatura manifestó entonces que dicha exigencia no era indispensable en aquella circunstancia.

Además de estos datos, ¿existen testimonios de carácter popular que pueda consultar cualquiera sobre estos y otros aspectos del Valle?
La fuente de información más completa y objetiva sigue siendo la obra del arquitecto Diego Méndez El valle de los Caídos. Idea. Proyecto. Construcción, del que acaba de publicarse la segunda edición. Alfredo Amestoy ha llevado recientemente a Internet unas páginas tituladas La verdadera historia del Valle de los Caídos, réplica de tantas otras obras apócrifas. Y hay que subrayar el libro de Miguel Rodríguez Gutiérrez El último preso del Valle de los Caídos, cuya descripción de su propia experiencia como trabajador penado del Valle echa por tierra tantas historias fantásticas sobre los reclusos que intervinieron en las obras de Cuelgamuros.

 

Juan Mayor de la Torre
 

«REZAMOS TODOS LOS DÍAS POR LOS MUERTOS EN LA GUERRA»

¿Qué representan los benedictinos en el Valle?
Fuimos llamados aquí en nuestra condición de monjes y en ella permanecemos. Cualquiera que se acerque a nosotros observará que esta abadía se diferencia muy poco de cualquier otra, en cualquier otro país europeo, que el estilo de vida es el mismo. Aquí continuamos al servicio de Dios y de la sociedad, manteniendo viva la tradición de espiritualidad, de cultura y de humanismo con que los monasterios han configurado Europa. Esa Europa que ahora parece querer olvidar su esencia cristiana como repetidamente lamenta el Papa. En realidad, lo que el paso del tiempo ha ido perfilando como peculiaridad más definida del Valle es su carácter de abadía benedictina. Aunque no olvidamos la naturaleza de este lugar: un monumento levantado en honor de Dios en nombre de España. Por eso forma parte de nuestro quehacer diario la oración por todos los muertos de la guerra, sepultados o no en la basílica, pero también por las grandes intenciones de nuestro pueblo: la paz, la reconciliación, la prosperidad, el mantenimiento de la fe.
Por lo demás, la presencia de los monjes ha contribuido a facilitar la continuidad del Valle al margen de los vaivenes políticos, y a transmitirlo como patrimonio común de la sociedad española. Los monjes no tenemos compromisos más que con Dios, lo cual nos hace fuertes para transitar por las vicisitudes del tiempo y las alternancias de las ideas y de los hombres. Ello representa nuestra máxima libertad.