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Era
alto, esbelto, bien plantado. De tez morena, el pelo negro y estirado,
la mirada penetrante, la sonrisa pronta.
¿Quién se acuerda ahora de Tomás Borrás? Sin embargo, en mi juventud,
era un escritor conocido, admirado y en permanente actualidad. Su
nombre aparecía a diario en los periódicos, su voz era habitual ante
los micrófonos de las radios y sus libros ocupaban lugar destacado en
los escaparates de las librerías.
Cuando yo era joven, él también lo era, pese a treinta y tantos años
mayor que yo. De él escribí entonces que era un nuevo Fausto con pacto
-diabólico o angélico- de juventud perenne. Borrás era joven desde
hacía muchos años y tenía trazas de seguir siéndolo hasta que se
muriera de viejo. Yo creo que había nacido para joven como otros nacen
para diplomáticos o ingenieros de minas, vaya usted a saber por qué.
Lo cierto es que, ni su figura, ni sus ademanes, ni sus andares, ni
sus palabras reflejaban el paso del tiempo y, menos aún, las huellas
de una vida vivida intensamente, con abundancia de episodios ingratos.
A Borrás la vida le había golpeado como a cualquiera, pero no le había
bajado los humos. Despegaba una actividad incansable y, sobre todo,
mantenía una independencia de ideas y criterios -sin doblegarse ante
nada ni ante nadie- que en mi concepto es algo que caracteriza o debe
caracterizar a la juventud.
Conocí a Borrás como a tantos otros, al hacerle una entrevista para
"Pueblo". Fue a finales de la primavera del año 58. Inmediatamente
surgió una mutua simpatía, que en mí, era fuertemente admirativa y, en
él, estaba desprovista por entero de paternalismo y generosamente
teñida de un compañerismo a todas luces desproporcionado. Desde
entonces, nos veíamos con frecuencia, a menudo comíamos juntos y
manteníamos unas conversaciones en las que sus palabras me ofrecían el
interés de una lección magistral.
Borrás vivía en el mismo edificio del cine Coliseum, al final de la
Gran Vía madrileña, con entrada por el numero 5 de la calle General
Mitre. Su estudio tenía un enorme ventanal abierto a la Plaza de los
Mostenses. Ante él se alineaba la mesa en que escribía, una mesa de
más de tres metros de longitud sobre la que se amontonaban libros,
periódicos, revistas, papeles de todo tipo y pruebas de imprenta.
Destacaba la presencia en ella de dos maquinas de escribir. Una estaba
recién comprada cuando conocí al escritor, que me confesó que siempre
escribía a máquina. Por las cintas de la otra habían pasado letra a
letra, cuarenta y tantos libros, más de ochenta comedias y un número
considerable de cuentos y de artículos.
De entrada, lo primero que llamó mi atención en este estudio fue una
colección, enmarcada y distribuida por las paredes, de los primeros
carteles de la Falange. Tomás Borrás era falangista de los tiempos
fundacionales. Había pertenecido al corro selecto de escritores y
poetas reclutado por José Antonio. Y pertenecía al escaso grupo de
falangistas que habían vuelto la espalda a las tentadoras ofertas del
régimen franquista. Jamás había aceptado un cargo oficial ni detentado
ninguna clase de poder o regalía. Vivía de su trabajo, se mantenía
ajeno a la oligarquía gobernante, era escéptico en materia política y
la única actitud que manifestaba abiertamente era la de un profundo y
visceral anticomunismo.
Junto a los carteles, tapizaba los muros una gran cantidad de
caricaturas en las que el rostro del escritor aparecía visto
humorísticamente de mil maneras. Estaban firmadas por los mejores
caricaturistas españoles: Sancha, Bagaría, Lassa, Córdoba, Motos,
Dávila, y un largo etc.. También era notable el número de pequeños
botijos de barro repartidos por los estantes de la biblioteca: eran
pitos mallorquines de muy diversas formas, de esos que, poniéndoles
agua y soplando con fuerza, reproducen el canto de los pájaros. Los
había por docenas.
Pese a lo confortable y a lo céntrico del estudio, se notaba que,
Tomás Borrás no se encontraba allí a gusto. El mismo me lo confeso en
alguna ocasión. El insulso cosmopolitismo de la Gran Vía le repelía
íntimamente. Borrás había nacido en el barrio de Maravillas, uno de
los tres barrios castizos -con Lavapies y el Barquillo- del Madrid
tradicional. Se había criado en la calle de Toledo, una calle
eminentemente popular por la que Extremadura, Andalucía y gran parte
de Castilla se adentran en el corazón de la Villa y Corte. Y había
estudiado en la calle Ancha de San Bernardo, cuando ésta aún no había
perdido su carácter escolar y bohemio. Este era el entorno que le
atraía y que visitaba casi a diario para mezclarse y confraternizar
con el pueblo auténtico, el pueblo sencillo, pintoresco y múltiple que
pupula por las arterias de viejo Madrid. A Tomás Borrás le gustaba
pasear por la calle, sentir la calle, recibir de ella experiencias,
lecciones y sensaciones, así como la incitación vital que precisaba
para escribir. Por esto y porque jamás salía de Madrid, Borrás se
conocía la ciudad como nadie, escribía de Madrid como nadie y era uno
de los más informados cronistas de la Villa. Recuerdo que cuando le
conocí, cuando entré por primera vez en su estudio, estaba corrigiendo
las pruebas del que iba a ser su próximo libro. Llevaba por título
"Madrid gentil, torres mil", el famoso piropo de Jerónimo de la
Quintana. AL publicarse, poco después, pude comprobar que era una
apasionada biografía y un hermosos retrato de Madrid. Un retrato de
cuerpo entero, ya que comprendía el suelo, y el subsuelo de la
capital. Es decir, el aire al que se elevan sus torres, la superficie
por la que se expande y hasta el "Metro" que lo perfora.
Borras era alto, esbelto, bien plantado. De tez morena, el pelo negro
y estirado, la mirada penetrante, la sonrisa pronta. Las mujeres
seguían considerándole guapo. Con su postura, su simpatía, su
elegancia en el vestir, y su labia debió haber tenido mucho éxito
entre ellas, sobre todo en sus años de vida airada y bohemia. Aunque
no era amigo de hablar de sí mismo, supe por el que había estado
casado con una famosa cupletista, a la que, tras lustros de viudedad,
seguía recordando con afecto sincero.
Un día decidió cambiar de domicilio. Se fue a vivir a Embajadores,
pero no en las cercanías del Rastro como le hubiera gustado, sino en
la prolongación de la calle, al otro lado del Portillo. Era una casa
nueva y sin personalidad, pero muy amplia, en la que le resultó fácil
acoplar todas sus cosas: sus recuerdos, sus colecciones y
principalmente sus libros, que ocupaban innumeras estanterías. Yo
pienso que salió perdiendo con el cambio. Se quedó alejado de los
amigos, de las redacciones y de los centros literarios con que se
relacionaba. Este alejamiento modificó en gran parte sus costumbres:
se hizo menos abierto, más perezoso, menos dado al trato social. Sería
en esta casa donde en 1976, le llegaría la llamada de la muerte.
Tomás Borrás fue un escritor de muchos registros, pero sobre todo fue
un escritor con estilo. A lo largo del siglo XX solo ha habido en
España cuatro escritores conocidos a los que pueda aplicarse sin
reservas el título de "estilista". Son Azorín, Eugenio D'Ors, Tomás
Borrás y Pedro Lorenzo. A los cuatro tuve la suerte de conocerles,
pero es evidente que no se me ha pegado nada de ninguno de ellos, lo
cual soy el primero en lamentar. Borrás escribía una prosa castiza,
pero muy elaborada y precisa en la que se mezclaban los giros
populares con el léxico más exquisito. Sus descripciones eran fieles a
la realidad, pero no fotográficas: eran profundas, calaban hondo.
Borrás era un observador, no un contemplativo. Los personajes creados
por el en sus novelas solían ser de apariencia sencilla, pero de una
notable complejidad psicológica y una inquietante vida interior.
Cuando escribía para el teatro hacía lo posible porque parecieran
reales y se expresasen en un lenguaje cotidiano, cosa que no debía
resultarle nada fácil. Sin embargo, tenía en su haber numerosos
estrenos con éxito memorable, singularmente en el campo de las
adaptaciones. La poesía fue una forma expresiva que abandonó pronto.
En cambio, cultivó el artículo periodístico hasta el último momento de
su vida e hizo de él una de sus señas de identidad.
Hoy está olvidado. Diré que injustamente olvidado. Fue un modelo en
muchas cosas. Un modelo de escritor serio, independiente e
incorruptible. Un modelo de hombre honesto, amante de su pueblo y
animado por los más puros ideales solidarios. Modelo de escritor y de
hombre que debería ser propuesto como tal a las nuevas generaciones.
Dejarle en el olvido ya poco daño puede hacerle... Quien sale
perjudicada es la sociedad española que tan necesitada está -más y más
cada día-, de modelos a imitar.
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